Atentamente. Con cariño.

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Querido J:

No creí juntar el coraje para poder hacerlo, pero acá estoy, a punto de contarte una parte importante y dolorosa de mi vida. Confío en que tenés razón y esto será para bien, no para peor.

Como te dije, mamá murió hace poco más de un año. Te habrás preguntado, y seguro esperarás que te cuente, qué enfermedad tenía. La respuesta es: ninguna, al menos ninguna que supiéramos. Aquel día todo estaba bien. Papá estaba en el trabajo, mi hermano en práctica de futbol, y mamá y yo "limpiábamos" la casa, aunque más que limpiar era jugar al tetris. Solíamos hacer eso de vez en cuando desde que era chica. Sacábamos todos los muebles de lugar y luego decidíamos cuál sería su nueva ubicación (muchas veces era exactamente la misma que la vez anterior). Ese día, los muebles quedaron sin ubicar.

Mientras arrastrábamos un viejo armario por el pasillo, mamá tropezó y cayó sentada. Los accidentes de ese tipo eran muy normales en nuestra rutina, así que lo tome como otra caída graciosa. Me reí, solo me reí, aun no logro entender cómo fue que no lo noté desde un principio. Recién cuando intentó levantarse comprendí que algo andaba mal. No podía. Luego vi su rostro, la mitad de su cara estaba caída, como sellada en una expresión triste y confundida.

No sabía qué hacer, estaba paralizada. Cuando al fin logré reaccionar, intenté tranquilizarla y corrí a llamar a una ambulancia. Aunque llegaron rápido, cada segundo me pareció una eternidad. No podía moverse, no podía hablar, ni siquiera podía entender lo que le pasaba. Se fue y nunca se enteró.

Al llegar al hospital se apresuraron a atenderla, y yo aproveché para llamar a papá luego de responder algunas preguntas. Recuerdo la desesperación en su voz cuando le conté lo ocurrido. Recuerdo el pánico en su rostro al llegar a la sala. Y aun así, lo primero que intentó fue calmarme y enviarme a casa. Quería apartarme del medio, evitar que sufriera más, pero ya era tarde para eso. Ya la había visto, y no pensaba moverme de ahí hasta saber que volvería a casa sana y salva.

Al cabo de un rato, el doctor que la atendía se acercó a nosotros y nos explicó la situación. Fue mi primer quiebre. Nos dijo que mamá había tenido un ACV hemorrágico a causa de un pico de presión provocado por el esfuerzo de mover los muebles. Al parecer tenía un aneurisma de nacimiento que acabó reventando por la presión y causó el derrame.

Tuvieron que trasladarla a otro hospital porque no estaban preparados para el tipo de operación que requería. Así que papá aprovechó la excusa para mandarme a buscar a mi hermano. Contárselo fue muy difícil, sostenerlo luego fue casi imposible. A pesar de que entendía su necesidad de estar ahí no podía dejar que la viera. Papá tenía razón en intentar que nos quedáramos con un recuerdo lindo en caso de que las cosas no salieran bien.

Luego de eso ya no supe más que lo que papá me contaba. Solo sé que la operaron, que salió bien de la operación, y que tenían que esperar entre 24hs y 72hs para ver como respondía, pero nunca despertó. Se fue sin avisar, sin enterarse, y sin tiempo para que pudiéramos despedirnos.

A partir de ahí fue que papá comenzó a caer en el alcohol y mi hermano en la mala vida. Uno se refugió en la calle para no vivir en una casa sin ella, y el otro lo hizo en la bebida para poder dormir tranquilo, sin recordar lo que vio en esos dos días que tardó en irse, sin recordarla a ella y sufrir por no tenerla.

Eso es todo. Así fue como mi vida se fue al caño porque no tuve la fuerza suficiente para evitarlo, pero ahora puedo intentar recuperarlo.

Aun no me siento bien, pero si aliviada. Mientras escribía, en lugar de recordar todo lo malo que pasé aquel día, recordé todos los momentos buenos que viví con ella, momentos que, hasta hoy, había enterrado.

No puedo decir todavía si tenías razón o no porque tengo una angustia en el pecho que no me deja tranquila, pero si puedo asegurarte que recordar esas cosas fue lindo. Tal vez no puedas arreglar mi vida, pero con que lo intentes es suficiente para mí. Es más de lo que muchos me han dado.

 

Con cariño. Jess.



E. D. Laurent

Editado: 29.12.2018

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