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Mayo del '77

Nota de autor:

Antes de presentarles el relato, pienso que resultan pertinentes algunas aclaraciones.

"Mayo del '77" está basado en hechos reales. Desde el año 1976 hasta 1983, mi país (Argentina) se vio sometido a la dictadura cívico militar más sangrienta de su historia. Denominada "el Proceso", se caracterizó por la incesante persecución política, un cruento terrorismo de Estado, la constante violación de los derechos humanos, la desaparición y muerte de miles de personas, la apropiación sistemática de recién nacidos y muchos otros crímenes de lesa humanidad. Es una mancha negra y rancia en la historia de la Argentina que nunca, jamás, debe ser olvidada.

El protagonista de "Mayo del '77" es Carlos Alberto Moreno, desaparecido en Olavarría y muerto en mi ciudad natal en mayo de 1977, víctima de la dictadura. Él era un abogado laboralista que llevaba adelante decenas de casos de obreros enfermos (incluso muertos) producto de las condiciones paupérrimas de trabajo en la empresa donde se desempeñaban. Estar del lado del pueblo, defender los derechos de la gente sin voz le costó la vida. Y yo, desde mi casa, cuarenta y un años después, no planeo olvidarlo. Ni a él, ni a los treinta mil desaparecidos en dictadura.

Nunca más.

Ojalá les guste.

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Por alguna razón, el aire entra y sale de mis pulmones como estacas de hielo áspero y seco. La velocidad frenética con la que inhalo y exhalo agrieta mis labios, convierte mi lengua en un bloque de plomo dentro de mi boca. Las piernas me tiemblan y los cardos puntiagudos se entierran en las plantas de mis pies a medida que corro. Pero nada de eso importa, pues el sol asoma entre las nubes y comprendo que por fin soy capaz de volver a ver el cielo.

Diviso a lo lejos una pequeña y modesta casa. Apresuro el paso, a pesar de cuán dificultoso me resulta, y al llegar golpeo a la puerta. Intento regular mi respiración al ser recibido por un hombre de unos cuarenta años.

—¿Señor? —le digo, sosteniéndome del marco de la puerta para no desplomarme en el suelo—. Por favor, ¿tendría un vaso de agua?

Veo cómo el hombre me inspecciona de pies a cabeza y, asegurándose que no hubiese nadie en las inmediaciones, me permite ingresar a la morada.

—Pasá, hijo, pasá —me murmura, ayudándome a entrar.

Me siento en una silla de la cocina, pequeña y acogedora, mientras el hombre me sirve un vaso de agua que yo ingiero de a tragos cortos. Se sienta frente a mí, aguardando por que termine, aunque yo percibo la inquietud y el temor que se van acrecentando en su mirada a medida que pasan los segundos.

—Mi nombre es Carlos, Carlos Alberto Moreno —le digo, algo apresurado—. Soy de Olavarría, y hace cuatro días que me tienen secuestrado en una quinta a unas diez cuadras de acá, para allá —le indico, señalando por la ventana lateral—. Por favor, se lo ruego: póngase en contacto con alguien de Olavarría y transmítale la información que acabo de darle. Mi esposa es Susana Lofeudo, y vivo en Lamadrid al 2986. Por favor, por favor.

Me incorporo luego de recibir un asentimiento del hombre algo dubitativo, y sin mayores dilataciones comienzo a dirigirme hacia la puerta.

—Esperá —exclama detrás mío, a lo que me doy vuelta—. ¿No… no te querés quedar acá? —continúa, vacilante—. Es peligroso allá afuera.

Me las arreglo para regalarle una pequeña sonrisa y abro la puerta de la casa. Si había algo peligroso era convertirlo en un cómplice de mi huída, y no podía poner en riesgo la vida de la única persona que me había socorrido.

—No se preocupe, señor; ya me ayudó mucho.

Me apresuré hacia las canteras que lindaban con aquella casa, considerándolas mi mejor opción. Comencé a correr hacia terrenos cada vez más elevados, sintiendo el agotamiento en cada hueso de mi cuerpo, los pulmones quemándome con cada gota de aire que recibían. Entonces, un disparo a mis espaldas resuena en mis tímpanos y me congelo de improviso. Trago saliva y el corazón está por perforarme el pecho. No me atrevo a darme la vuelta; porque sé lo que hay, conozco el par de ojos que voy a encontrar. El pasto seco comenzó a quebrarse de forma cada vez más audible y comprendí que se estaban acercando.

—Che, Moreno, ¿en serio pensaste que ibas a poder escaparte?

Mis sollozos inaudibles se convirtieron en un grito ahogado de dolor cuando un objeto contundente impactó ferozmente contra mi espalda, haciéndome caer de bruces al suelo. Mi mente entonces se fue en blanco.



Fille Infinie

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En el texto hay: naturaleza, reflexiones, humanidad

Editado: 18.01.2019

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