Atrévete a quererme

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IVY

 

Es noche de juerga. Nos hemos colado en la inauguración de un club pomposo: Darcy, Beth, Tiffany, Missy y yo. El club se llama La lumbre de la noche. Hay una jarra grande de cerveza sobre la mesa y, alrededor, cinco vasos a medio beber, aguardando un sorbo más para entrar nuestro organismo y prendernos el foco. Tiffany, la libertina de mi pandilla de amigas, está en la barra coqueteando con ese barman latino de piel morena y ojazos marrones que le echó el ojo desde que llegamos. Missy, el espíritu libre de la pandilla, está en la pista de baile entregada por completo a la música con los brazos en alto y las caderas balanceándose. Baila sola, aunque parece que le da igual, porque su expresión es de puro gozo. Las demás nos encontramos sentadas en un sofá semicircular ubicado en una esquina del club, chismorreando sobre la gente de la universidad, los novios de algunas, nuestros padres o cualquier otra tontería que se nos ocurra, entre trago y trago.

El club está lleno de gente, de muchachos entre los dieciocho y veinticinco años sobre todo, el resto no pasa de los treinta. Es un sitio de lo más chic, con varias zonas redondeadas, donde se entremezclan colores como el azul y el naranja. Por ejemplo, en la zona donde nos encontramos ahora, la iluminación es toda naranja, tirando a café, mientras que en la barra, donde está Tiffany, la iluminación es azul intenso. Es una mezcla futurista, única y extraordinaria. Bangarang de Skrillex suena a todo volumen cuando vibra mi teléfono. Lo saco de la cartera y veo en la pantalla Harrison Sharman, el padre de Darcy.

Su llamada no me sorprende: me telefonea noches como esta; no por otro motivo que no implique a Darcy, por supuesto. Quiere que alguien de confianza le asegure que su retoñito está bajo control: es bastante sobreprotector. Y su hija bastante insensata.

— ¡Darcy! —Le grito a mi mejor amiga por encima de la música—. Darcy, es tu papá —le coloco el teléfono delante de la cara.

Ella pone los ojos en blanco y responde:

—Demonios —La sobreprotección de su padre provoca su irritación—. Ignóralo. ¡Que lo zurzan!

Procuro no exteriorizar mi desacuerdo. No puedo. Si yo tuviera una segunda oportunidad con mi padre, dudo mucho que querría «que lo zurzan». Me pongo de pie y echo a andar hacia los baños.

—Espero no lo digas en serio. —murmuro.

Sarah, la madre de Darcy, murió de un tumor cerebral hace cuatro años, no mucho después de cumplir los treinta y cinco. Desde entonces Harrison Sharman es padre soltero. Y como no tiene parientes vivos, y la familia de su esposa se encuentra en Canadá, el país de origen de ella, es el único que vela por el bienestar de Darcy. Así como también, como es lógico, es quien ha tenido que asumir el rol de único proveedor y encargarse de la casa.

La muerte de Sarah, según Darcy, fue un acontecimiento muy aflictivo, sobre todo para ella, puesto que había pasado la mayoría de su vida junto a su madre, con quien tenía una conexión asombrosa y estaban muy unidas (a su padre solo le veía en las noches, cuando llegaba del trabajo y le ayudaba con los deberes, y los fines de semana que no debía salir de viaje por trabajo). Cuando ocurrió la muerte estaba tan aturdida, que evitaba al máximo hablar con el Sr. Sharman, o siquiera pensar en lo sucedido, a veces incluso pretendía hacer como si nada y seguir con sus actividades regulares.

Así como fue difícil para Darcy, también lo fue para Harrison Sharman —lo supongo, no es que me lo haya dicho—, porque tuvo que encargarse de alistarla todos los días para el colegio, de ser su sostén en los momentos difíciles y de aprender, a punta de meteduras de pata, a hacer las labores domésticas.

Con el tiempo la relación entre Darcy y su padre se ha fortalecido, han conseguido afianzar sus lazos y compenetrarse, pero con ello ha llegado la sobreprotección de él, que aún no logra afrontar el hecho de que Darcy ha crecido y ya es capaz de valerse por sí misma.

—Buenas noches, Ivy —me saluda él con su voz amable y armoniosa. Es como el murmullo de un arroyo, tan agradable y tranquilizador—. ¿Cómo estás?

Me he metido en el baño y estoy cerrando la puerta del cubículo. Es el único lugar donde la música no suena tan fuerte.

—Estoy muy bien, gracias. ¿Y usted?

A pesar de que le conozco desde hace tiempo, todavía no me tomo demasiadas confianzas con él, como llamarle por su nombre de pila, por ejemplo.

Me siento en la orilla del váter y cruzo las piernas. La lumbre de la noche apenas ha inaugurado hoy y ya hay una dedicatoria en la puerta de este cubículo: «Patty, no eres Google, pero tienes todo lo que busco. Colton».

—Bien —contesta—, aunque un poco preocupado, Ivy. Darcy no contesta mis llamadas. ¿Están todas bien?



M. L Heron

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En el texto hay: amor, edad, romance

Editado: 04.09.2019

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