Atrévete a quererme

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HARRISON

 

—¡Darcy, cariño, estoy en casa! —exclamo enérgicamente cuando entro por la puerta.

Me quito el chaquetón azul marino de lana que he llevado puesto todo el día y, tras encender las luces de la sala de estar y el comedor, lo lanzo a aquel perchero colmado de abrigos que, en vista de su indolencia, mi hija se niega a llevar a su habitación. Fuera hace un frio atroz: hoy la temperatura no pasa de diez grados y el viento arrecia en todas partes, furioso e incesante, como una mujer traicionada por su amado. Estaba ansioso por llegar a casa, recibir el complaciente calor de la calefacción y prepararme una de taza de chocolate bien caliente, como cada noche de este invierno, que por suerte está a pocos días de culminar.

—¡Darcy! —vuelvo a llamarla de camino a la cocina.

Pero el silencio es la única respuesta que obtengo.

¿Tendrá puestos los auriculares?

Se va a quedar sorda, me digo, tu hija se va a quedar sorda. Y es que Darcy tiene la maldita manía de escuchar música a un volumen desmedido en sus dichosos auriculares, tanto que hasta yo puedo oírla cuando apenas voy a entrar en su habitación o cuando camino por ahí en dirección a la mía. «Te vas a quedar sorda», le repito a ella también, pero lo que yo diga le da igual. Para ella mis advertencias, por muy bienintencionadas que sean, son solo una forma de fastidiarla. Una de las tantas maneras que ingenio para torturarla.

Entro en la cocina y empiezo a registrar el frigorífico en busca de algo que comer. Hurgo como un indigente en las repisas atestadas de los platos precocinados de Darcy hasta hallar algo saludable. Unas tortillas de harina. Jamón ibérico. Verduras. Es lo primero que encuentro y lo saco sin saber incluso qué cocinaré. Llevo muchas horas sin tomar nada desde que a las doce engullí pan con mermelada y una taza de café.

Cierro el frigorífico tras haber contemplado con disgusto los alimentos precocinados de Darcy y haber resistido a la idea de echarlos todos a la basura y sacarlos de mi casa. Hoy también he logrado resistir a ese impulso, que hace días me embarga. No obstante, no me siento particularmente orgulloso de seguirle este capricho a Darcy; me gustaría poder ser rígido y desechar esa comida cada vez que la traiga, sin compasión ni remordimientos, pero mi relación con ella ha estado tensa estos últimos días, y lo que menos quiero es echar más dramatismo a la situación.

Desparramo toda la comida sobre la encimera que está al centro de la cocina y pongo a entibiar la leche para mi chocolate. ¿Hasta cuándo Darcy va a hacer oídos sordos a mis advertencias? Los platos precocinados suelen ser perjudiciales para la salud, por sus altos porcentajes de sal, de grasas saturadas y de azúcares. Del mismo modo que escuchar música a todo volumen a través de sus auriculares puede causarle la pérdida de la capacidad auditiva en un futuro.

Maldición, pero ¿de quién ha heredado Darcy esa terquedad? ¿Y desde cuándo me convertí en un maniático de la alimentación saludable?

Pienso en la primera pregunta mientras me sirvo chocolate hirviendo en la taza con diseño de teclas de piano que Darcy me regaló el 21 de junio del año pasado; se le olvidó que era el día del padre, y me trajo la primera cosa que vio en la primera tienda que se cruzó en su camino. Sonrío, moviendo despacio la cabeza, al llegar a la conclusión de que Darcy ha heredado la terquedad de Sarah.

Recuerdo cuando éramos novios. Sarah y yo. Un día se le metió a la cabeza la absurda idea de que Helen, su amiga de toda la vida, y yo, teníamos una aventura amorosa; esto a raíz de una noche que estábamos juntos en mi departamento, Sarah decidió contestar al teléfono, y entonces escuchó la voz de Helen al otro lado de la línea. «—¿Por qué tiene Helen que llamarte a ti? ¿Qué asuntos tendría mi amiga para tratar con mi novio?», replicó con los ojos muy abiertos, sosteniendo el teléfono en la mano, a través del cual Helen escuchaba desasosegada la discusión. Fue una noche de locos. Recuerdo que Sarah furiosa me reclamaba una y otra vez cómo es que había tenido el descaro de meterme con su amiga de toda la vida. «—Ser un guaperas no te da el derecho de ir por la vida seduciendo a cuanta chica se te cruce por las narices», decía. «—Carajo, Harry, ¿es que no soy lo suficientemente valiosa para ti? ¿Por qué tienes que ir en busca de otras chicas?».

A lo que recuerdo haberle contestado: «—Sarah, para mí vales oro. Desde hace mucho tiempo tú eres la única chica en mi cabeza». Lo cual no eran cursiladas ni palabras vanas que decía solo para recuperarla: era la verdad. Desde hacía mucho tiempo no tenía ojos para ninguna mujer que no fuera Sarah.

Y todavía es así, incluso aunque ya no esté.



M. L Heron

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En el texto hay: amor, edad, romance

Editado: 04.09.2019

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