Augurios

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Primer augurio.

-Te vi en el funeral de Rafaela.

-Llevamos dos años en el mismo salón y apenas me diriges la palabra por verme en un funeral.

-¿De dónde conocías a Rafaela?

-Era amiga mía, pero conocía a José desde antes.

-Pues José ya tiene novia, anda con Karenina, del K –todos hablaban de eso, el viento azotó la lluvia en los cristales empañados.

-Eso no me interesa.

-Pero Rafaela era tu amiga y…

-También tuya y a José lo conozco desde antes y sé quién es.

Calló cuando la puerta se abrió y el profesor Treviño entró, Marcela no le quitó los ojos de encima cuando los vio intercambiar algunas palabras y sonreían.

-Profe, ¿usted de dónde es? –preguntó. Él se volvió sonriente pero con una cara de extrañeza.

-De aquí –contestó-, de Reynosa, creo que casi todos somos de aquí.

-O de Veracruz –dijo Débora al otro lado del salón, todas estallaron en risas, solamente había dos hombres en el salón a parte del Profe.

-Yo no soy de Veracruz –se quejó Carlos.

-¿De dónde eres? –él se volteó para mirarla con el ceño fruncido sobre sus dos oscuros ojos almendrados.

-Rica de Oro –todas estallaron en risas.

-¿Y eso dónde está?

-En Veracruz –el Profe se había unido a la broma mientras le daba una palmada al hombro a Carlos-, pero estudió en el D.F., como yo.

-¿Estudió en el D.F.? –cuestionó Carlos.

-No –estalló en carcajadas el Profe-, siempre digo que estudié en la UNAM pero fue en la UMAN, si no preguntan una segunda vez ya chingué y creen que si fui ahí.

-¿Dónde estudiaste Carlos? –Marcela parecía muy insistente.

-En el Colegio de Nuestra Señora de las Mercedes.

-Ahí estudió Hilda –Marcela se volvió para ver a Pantoja que le hablaba-, la prima de José, el novio de Rafaela –era cierto, él tenía una prima que estaba en el K y que ahora parecía su segunda novia, no era para menos, desde antes de que Rafaela se muriera él ya parecía andar con otra del K.

Salir al anochecer fue un martirio, la lluvia seguía cayendo como cortinas de seda con el cierzo, se apretujó en el abrigo y maldijo el invierno. Salió a la acera solitaria, sólo Carlos estaba allá lejos, de pie en la esquina con un paraguas. ¿De dónde lo había sacado? No recordaba haberle visto uno cuando llegó. Trató de cubrirse más con el abrigo pero fue imposible, vio su propio aliento extenderse como una nubecilla.

-¿Por qué no traes paraguas? –Carlos la cubrió con el suyo, Marcela saltó del susto- ¿Qué tienes?

-Estabas allá y de repente ya estás aquí, hasta pareces gato, no haces ruido, espantas a cualquiera.

-¿Van a venir por ti? –él miró al otro lado de la calle, bajo la sombra de los árboles del camellón.

-No me han dicho nada –se le entumían las manos viendo los mensajes en el celular. Entonces se escuchó el ruido, como un estruendo de un hacha cortando los árboles, era el sonido de madera seca que se rasgaba. Ella miró también, pero no había nada bajo aquellas sombras.

-¿Dónde vives? –sintió la mirada de Carlos, se volvió para verlo y le pareció más alto, aunque no le sacaba más que una cabeza de diferencia.

-En Lomas del Villar, donde vivía…

-Te llevo.

-No tienes carro –parecía un mal chiste.

-Vayamos en taxi –aquello le causó un escalofrío-, pueden tardar mucho en venir y te vas a enfermar, además, mañana empiezan los exámenes.

-¿Por qué quieres llevarme a mi casa?

-Te vi en el funeral de Rafaela –dijo mirando de nuevo al camellón-, ¿de dónde conocías a Rafaela? –ella sonrió también.

-Éramos vecinas –pero eso seguramente él ya lo sabía, comenzaron a caminar, hablando de cualquier cosa-, ¿dónde está el Colegio de Nuestra Señora de las Mercedes?

-Es de mala educación interrumpir a alguien cuando está hablando. Mira, ahí viene un taxi –le hizo una seña con la mano y se detuvo-, entra –al menos fue caballeroso y le abrió la puerta.

-Odio el invierno, siempre lo he odiado y lo seguiré haciendo hasta que me muera.

-Hoy hace buen tiempo –parecía una broma de muy mal gusto.

-¿Y de dónde conociste a José?

-Pareces muy interesada en él.

-No me mires así, no me gusta ni nada por el estilo –se encogió de hombros-. ¿Te puedo hacer una pregunta? –Carlos asintió- ¿Qué fue lo que se oyó entre los árboles? Hace rato.

-¿Eres supersticiosa?

-No, al menos no que yo sepa.

-Bien –la risa de su rostro era de incredulidad-, será mejor así, quizás no te afecte.

Se volvió a escuchar entonces, un golpe seco contra la madera y después la rama cayendo con estrepito, el taxi se detuvo.



Tlacuilo

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En el texto hay: romance

Editado: 06.01.2019

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