Augurios

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Segundo augurio.

 -Es Cristo –le dijo Alma al oído-, Cristopher, el del I.

-Ya lo sé –Marcela bebió del vaso y sintió el sabor del licor en la garganta, era una sensación agradable.

-Está hermoso el pinche peladito –siguió Alma-, en la secundaria se me hizo con él la primera vez.

-Eso dicen muchas –el destello azul hielo de unos ojos la miraron desde el otro lado.

Volvió a mirar la mesa en la que estaba y un tenue destello de fuego aleteó por un instante efímero antes de descubrir a la joven de cabello rojo que estaba junto a él.

-…la prostituye, no sé cómo es que Imelda anda con él, pero hacen muy bonita pareja… -seguía hablando Alma, Marcela no le prestó atención, ya conocía esas historias.

Miró de nuevo a la pista de baile y vio a Marisol con una nueva conquista, respiró profundo y volvió a beber mientras se preguntaba porque había aceptado su invitación para venir aquí.

Las luces parpadearon más y el techo volvió a escupir un humo gris entre el que creyó ver una silueta oscura que descendía caminando con agilidad inhumana, la siguió con la mirada hasta que se encontró con un par de ojos cuyo brillo reconoció a pesar de la oscuridad.

-Es Carlos –Alma giró el rostro en la dirección en la que ella miraba-, viene con Karenina –sintió la ponzoña de aquél nombre y resopló.

Alma quiso decirle algo, pero Marcela desapareció en el tumulto para acercarse a la barra y pedir otra cerveza. Tenía un coraje inmenso en el pecho que no se admitió.

-Malito infeliz –pensó-, y tú, maldita ilusa, era obvio que se iba a fijar en una cualquiera antes que en ti –bebió todo el contenido del vaso en un largo y amargo trago, pidió otra antes de irse al baño.

Tenía que ver antes si estaba presentable, comprobó que sí, no se le había corrido el maquillaje ni estaba despeinada, escuchó los gemidos de Marisol en uno de los cubículos y no pudo evitar gritarle sonriente que hacía mucho escándalo, se retocó los labios finos y salió con el bolso en una mano y la cerveza en la otra.

Un murmullo se elevó entre la música ensordecedora, pero se escuchaba dentro de su cabeza, como un zumbido de voces detrás de su oído, se detuvo unos instantes que parecieron eternos y cuando la música volvió se topó con Cristo que entraba de la mano de una mujer hermosa que llevaba una blusa de Frida Kahlo muy parecida a la suya.

Él ni siquiera hizo ademan de verla, ensimismado en la belleza de la joven, no lo pudo culpar, Marcela también la miró con envidia, era perfecta, se agradeció por no cometer una estupidez y bebió un largo trago de cerveza, se sintió mareada al ver que Carlos iba solo subiendo por la escalera. Se decidió a seguirlo.

-Bonita forma de celebrar que terminaron los exámenes –lo dijo en un susurro, pero la música evitó que ella misma pudiese oírse-, ¿por qué diablos tenías que venir con Karenina habiendo tanta vieja en el salón? –no se atrevió a seguir porque sabía que el coraje hubiese sido igual de intenso.

Había más mesas y el humo era menos denso, una sirena color ámbar estalló y el ambiente pareció hacerse más intenso, más fuerte, se percibía una euforia que se desataba. Marcela siguió caminando, mirando a un lado y otro, esperando encontrar a Carlos besándose con Karenina en algún rincón, no pudo evitar llevarse el vaso a la boca.

-Dame de lo que tienes ahí –aquella voz la paralizó, porque se escuchó también dentro de su cabeza, justo detrás de su oído, apartó el vaso pensando que había tomado demasiado y era hora de irse, pero al girar para buscar a Alma y Marisol se encontró con una mujer solitaria en la mesa-, dame de lo que tienes ahí.

Sonreía mostrando un rosario de perlas y unos ojos de ónix, el humo le daba un aire sobrenatural, pero su vestimenta era algo estrafalaria para una discoteca. Apoyaba el mentón sobre el dorso de la mano y el sombrero le protegía el rostro de la danza de luces, la sirena calló.

-No tengo nada –se atrevió a balbucear mientras se aclaraba la mente y pensaba que estaba frente a una lesbiana.

-Dame de lo que tienes ahí, te lo estoy pidiendo yo –sus labios apenas se movieron y Marcela volvía a escuchar la voz detrás de sus oídos. Entonces la reconoció.

-¡Dáselo! –sintió el apremio de aquella orden y giró el rostro porque está vez no escuchó la voz dentro de su cabeza- Te digo que se lo des –vio a Carlos que estaba al otro lado y que apenas si movía los labios, un frío de muerte le recorrió el cuerpo.

-Muchas gracias –la mujer tomó el vaso con la mano derecha y bebió un ligero trago-, jamás podre acostumbrarme a esto –dijo después dejando el vaso en la mesa.

-Mi señora, ¿qué hace usted aquí? –Marcela sintió como Carlos la tomaba del brazo y se interponía entre ambas.

-Lo que hago siempre –no dejaba de sonreír-, ¿has visto a José? –Carlos asintió- Dile que le manda saludos Rafaela –la sirena volvió a sonar pero el cuerpo de la mujer estalló en llamas y se derritió como cera.



Tlacuilo

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En el texto hay: romance

Editado: 06.01.2019

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