Augurios

Tamaño de fuente: - +

Tercer augurio.

El lunes no encontró a Carlos en la escuela, escuchó que estaba enfermo, se recordó que era muy enfermizo y rememoró todo lo que le había dicho la noche del sábado en que la sacó de la discoteca en llamas; reconoció sin embargo, la manera despectiva en que todos parecían tratar su enfermedad.

El martes fue a visitar a Marisol al hospital y le comentó sobre Carlos, pero ella parecía no conocer a nadie de ese nombre y se asombró al escucharla hablar así de alguien que no existía, Alma en cambio, le recomendó ir a hacerse un chequeo con el doctor. Ese día tampoco fue Carlos a la escuela.

-Profe –Marcela estaba de pie junto al profe Treviño, sospechaba que él sabría algo-, ¿puedo buscar a alguien sus listas?

-No lo vas a encontrar –sonrió extendiéndole las hojas. Marcela vio el destello azul en sus anteojos. Tenía razón, no lo encontró.

-Siempre he creído que no hay peor muerte que el olvido –giró el rostro a la derecha, al ventanal-, ¿por qué no sales a comprar un agua? Te ves un poco pálida.

Marcela miró en esa dirección y vio a José sentado allá abajo, en una banca. Admitió con un gesto suave y salió del salón, con el estómago revuelto y la cabeza a punto de estallar.

-Marcela –le llamó José, se veía serio-, ¿qué asuntos te traen aquí? –junto a él estaba Karenina, como una sombra- Escuché que estuviste en el incendio de la disco.

-¿Dónde está? –preguntó sin más, él miró, sereno, pero Karenina parecía ofendida con su presencia.

-No sé de quién hablas –lo dijo una naturalidad fría y el viento sopló gélido-. Dicen que va a helar hoy en la noche, ¿traes con que abrigarte?

-Debería ser yo la que te pregunte eso –Karenina pareció divertida por aquello.

-No es cierto –sonrió nerviosa, José volvió a mirarla-, yo lo vi, el sábado en la noche, estuve en su casa –se mordió los labios con furia.

-Calla –la voz de José fue potente y le paralizó por un instante el corazón-. Ya te lo dije, no sé de quién me hablas –sonrió y ella se asombró de ver en sus pupilas el destello de la mentira.

-No me harás lo mismo que el profe Treviño –se quejó ella-, sé que no estoy loca, ella estaba ahí –señaló a Karenina, que la miraba impasible.

-¿En qué disco, la que se incendió el sábado? –cuestionó José- ¿Qué hacías allí? –le preguntó a Karenina sin darle tiempo a Marcela de responder.

-Tuve que ir a ver alguien –se encogió de hombros.

-Ella lo admite –se irritó Marcela-, ¿por qué tu no? Los dos sabemos muy bien que no estoy loca, si es necesario iré a buscarlo a su casa.

-¿Y qué le vas a responder al acertijo que tiene siempre en la puerta? –sopló un viento gélido y agitó las hojas con un rumor de muerte- ¿Qué le dirás a sus padres? Él ya no está, se ha ido –hizo una mueca parecida a una sonrisa.

-¿De qué estás hablando? –Marcela parecía confundida.

-¿Acaso no te lo dijo? –José frunció el cejo- No soy yo entonces quien para decírtelo –prosiguió cuando ella negó con la cabeza-, si él no se atrevió a decirlo, tampoco lo haré yo.

-Necesito verlo –le pidió Marcela mientras el timbre resonaba en el viento frío-, por favor –Karenina miró a José con detenimiento mientras se levantaba.

-¿Estás segura de lo que me estás diciendo? –su voz estaba ensombrecida y ella percibió la sombra de una doncella que flotaba en el ambiente.

-Sí –tragó saliva y estuvo a punto de ahogarse con ella, Karenina se puso en pie.

-Te veré esta noche a la salida –le dijo mientras se alejaba perdiéndose junto con Karenina en el barullo de los estudiantes que salían al receso.

Lo encontró recargado en el carro de Karenina, fumando bajo la fina lluvia de plumas que caía para desaparecer devorada por la tierra, todo estaba húmedo y helado.

-Pensé que no vendrías –comentó José al verla-, debes tener muchas ansias de verlo.

-Sólo quiero saber qué es lo que está pasando.

-Nunca se sabe con estos nahuales –Karenina se metió al carro, molesta. El sonido de la puerta retumbó con fuerza en sus oídos.

-Te lo preguntaré una sola vez–José inhaló con fuerza-, ¿estás segura de que quieres verlo? –Marcela asintió, verlo le daba más frío que el clima.

Él asintió con un ligero gesto de la cabeza y exhaló una nube argenta que envolvió a Marcela. Después se subió al carro sin decir una palabra, Karenina condujo en silencio, sin mirarla jamás por el retrovisor.

-Entra ahí –señaló de pronto José-, entra te estoy diciendo.

Karenina se detuvo a orilla de la carretera, Marcela reconoció el lugar, estaban muy cerca de su casa. Vio entre la noche la vereda pavimentada y al fondo silueta de la estructura metálica de la construcción, más allá estaba una laguna. A su alrededor no había nada más que árboles.



Tlacuilo

#1800 en Novela romántica
#701 en Fantasía

En el texto hay: romance

Editado: 06.01.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar