Augurios

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Cuarto augurio.

-¿Sigues sorprendida? –preguntó la Catrina. Marcela asintió.

-Nunca había visto animales de este tamaño –señaló a los ajolotes del tamaño que focas que retozaban entre los pedruscos y arena de la playa.

-Pocos ajolotes mueren –comentó la Catrina-, siempre huyen y llegan aquí atravesando el mar.

-Me dan miedo sus ojos inmóviles –Marcela los sentía fijos en ella-, su cara, parece que están burlándose de mí.

-Jamás lo había pensado así –hubo un momento de silencio mientras las aguas oscuras lamían la orilla-, pero sí son unas criaturas aterradoras, pueden nadar en un mar como ese –señaló con la cabeza.

Marcela volvió a mirar alrededor, el mundo se encontraba cubierto por una niebla dorada como la que vio al despertar en los biombos colgados en la pared de la habitación en la que durmió.

-Veo que ya ves este mundo como es –dijo la Catrina desde la puerta y olfateó el aire-, ya no hueles a caliente. Ven a comer algo, que nos iremos pronto.

Un sol se levantaba en el horizonte y Marcela se daba cuenta de que este era un mundo lleno de color, no el mundo oscuro y lúgubre que vio la noche anterior. Pero la luz era más oscura y el cielo menos etéreo que seguía salpicado de escamas inquietas.

-Ustedes aparecieron allá –la Catrina señaló el acantilado a su derecha, cuya cima se perdía entre la niebla aurea.

-Caminamos mucho –observó.

-Todavía tenemos que caminar demasiado –señaló al frente, tras la casa-, hay que atravesar la sierra para poder llegar a la villa de Guadalupe, desde ahí debemos esperar al barquero.

-¿Cuánto vamos a tardar? –su hermano y doña Mague podían preocuparse por su ausencia.

-Aquí el tiempo es caprichoso, pueden ser pocos días o muchos de allá arriba, jamás hay una equivalencia exacta, pero no te preocupes, siempre vale la pena cada instante en este lugar.

-Vámonos –dijo el anciano saliendo de la casa-, si nos vamos ya, llegaremos antes del anochecer a la villa.

Hincó rodilla en tierra a pesar de vestir de blanco finísimo y su esposa lo persignó y le dio la bendición mientras sostenía entre sus manos el sombrero lleno de plumas.

-Ven mi muchacha –le extendió los brazos la anciana-, a ti si te bendigo porque no eres diosa ni tonal –Marcela se acercó, dubitativa, inclinó la cabeza-, Dios te bendiga, María santísima te acompañe y el Espíritu Santo te cuide y te proteja donde quiere que vayas –la estrechó del cuello y le dio un beso en cada mejilla-. Eres mucho más bonita que Xochitl –sonrió-, que la de aquí y cualquier otro lugar.

-Gracias –fue lo único que pudo decirle, sonriendo nerviosa. Se alejó bajo las pupilas inmóviles de los ajolotes gigantes por una vereda que ascendía muy alto hasta perderse en el cielo.

A media loma se alzaba un tupido busque de pinares con agujas traslucidas. El anciano cantaba al frente, luego iba la Muerte, con su andar cansino y las naguas negras llenas de bordados amarillos de cempasúchil, detrás de ella venía la doncella, silenciosa como los ajolotes que dejaron atrás.

-De aquí salió la humanidad –le dijo de pronto la Catrina, Marcela se sintió extrañada.

-Pensé que a los hombres los habían creado.

-Posiblemente –sonrió al mirarla-, pero el hombre no se diferencia de los animales, es al revés. Cuando el mundo fue creado fue sacado de las aguas de ese mar.

-¿Puede haber algo vivo ahí dentro? –lo miró por un momento y volvió a sentir sus aguas profundas y frías.

-Mi esposo es Mictlantecuhtli –el sonido de un ave se escuchó a lo lejos-, él estuvo luchando con Tezcatlipoca contra el Cipactli para crear el mundo, pero mi esposo traicionó al Joven dios y este perdió una pierna, al final creó el mundo con Quetzalcóatl.

-¿Tezcatlipoca es cojo? –a imagen de José sin una pierna le hizo gracia.

-Dudaría mucho burlarme de un dios tan caprichoso como él –un silencio largo y ascendieron más alto, con un bosque cada vez más denso.

-¿Qué es el Cipactli?

-Un lagarto gigantesco que habita todavía en estas aguas –una nube pareció cubrir el cielo brillante y el sol oscuro que alumbraba-, quizás la superficie esté tranquila, pero en sus profundidades duerme, tiene escamas como escudos que no pueden ser traspasadas, más que por la lanza de Tezcatlipoca.

-Suena como un leviatán –se recordó.

-¿Qué? Ah, sí, con la diferencia de que este es tan real como el mar que estás viendo.

-¿Qué mundo se creó primero? ¿El de aquí abajo, o el de allá arriba? –la Catrina la miró con una sonrisa enorme.

-Parece que eres muy curiosa –sonrió-, pero te diré que el de aquí es el mundo primigenio, de aquí salieron los hombres sin forma para convertirse en animales, en piedras, plantas y cerros.

-Otros son los blancos –confesó el anciano desde el frente.

-Sólo los huicholes son humanos reales –respondió la Catrina al ver su rostro-, el resto no llegó a convertirse en la verdadera humanidad.



Tlacuilo

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En el texto hay: romance

Editado: 06.01.2019

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