Augurios

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Quinto augurio.

-Tu prima, ¿está indispuesta? –el sarcasmo en la voz de la Muerte podía sentirse en el ambiente.

-No perturbes el agua –la mano purpúrea la detuvo, Marcela miró a Mopoloani-, con una fiera suelta basta –sonrió-, pocas veces la he visto tan enojada.

-La muerte reina inclusive más allá del anecúmeno –sentenció ella mientras discutía con la pareja que los había recibido.

-No te he visto por allá últimamente –respondió con sorna Mopoloani.

-No estás ayudando en nada –ella lo traspasó con una mirada gélida-, ¿tienes algo más que hacer aquí? Si no es así, creo que puedes largarte –Marcela sintió esas palabras en la mirada de la doncella muda al lado de ella.

-¿Por qué está tan enojada? –cuestionó Marcela, los peldaños eran lamidos por las aguas oscuras iluminadas por las luciérnagas que revoloteaban sobre la barca que se mecía suavemente.

-Es malo enemistarte con la muerte –las pupilas del dios tenían una iridiscencia imposible de describir-, más aun ofenderla.

-Eso dicen muchos –recordó a los que la adoraban poniéndole altares y encendiendo veladoras-, por eso dicen que es vengativa.

-No –Mopoloani volvió el rostro y Marcela lo siguió para encontrarse una figura solitaria que los miraba desde la cima de las escaleras-, esa no es la verdadera muerte, es la que tienes enfrente.

Marcela desvió la mirada, había algo extraño en aquella silueta, sintió además, la furia muda de la muerte que se extendía entre las piedras de las paredes, alzó los ojos para ver el enorme arco de la muralla.

-¿Quiénes son esos? –hizo una seña con la cabeza, apuntando a todos los que venían dentro de la canoa.

-Dioses ignotos –fue la respuesta-, estuvieron en la creación del mundo, la primera creación, son parte de los seiscientos mil que lo hicieron posible. Pero el kankin –señaló el tapir antropomorfo que estaba en el centro-, recita conjuros que nos permiten surcar las aguas.

-¿Protege del cipactli? –siempre era lo mismo, el mentado caimán.

-Algo más tenebroso –susurró dejando de sonreír. Algo le dolió en la nuca y volvió el rostro para ver a la doncella que la miraba fijamente.

-¿Qué puede haber tan tenebroso en estas aguas? –Mopoloani no se había bajado de la gran canoa.

-El guardián del vacío amorfo, no perdona a nadie más que a Tezcatlipoca, pero nosotros podemos traspasar el vacío sin fin gracias a él.

-¿Cómo puedes pasar a través de algo que no tiene fin? –sonrió Marcela, nerviosa, seguía sintiendo los ojos de diablo de la doncella.

-Soy omnipresente –el remo alejó la canoa de los escalones-, no importa donde esté, siempre estoy en otro lugar.

Vio alejarse la enorme canoa rodeada de la nubecilla de luciérnagas y a la iguana gigante que contaba cosas invisibles en el cielo y llevaba la cuenta con sus escamas, vio al hombre jaguar en proa y al dios viejo en la popa con el hueso de mantarraya atravesando su nariz, sintió otra vez la mirada de la doncella y se descubrió pensando que era mucho más terrorífica que la de la muerte misma.

-Infeliz –se molestó la Muerte-, pudo al menos despedirse –se quejó cuando vio la canoa a lo lejos.

-Mictlancihuatl –habló el joven de la pareja a sus espaldas-, ¿podemos retirarnos? O, ¿usted y sus acompañantes requieren algo más?

-Parece ser que por ahora, nuestros destinos se unen –comentó Mictlancihuatl subiendo los peldaños.

-¿A dónde iremos? –Marcela había soportado un tiempo tan largo en aquella canoa, que parecían dos días- Quiero ver a Carlos, y desde que llegamos no he sabido nada más que noticias extrañas de él.

-Se encuentra en el palacio de mi prima –contestó la moza, escalones arriba. Se escuchó una voz suave, dulce, como el sonido estelar de la muerte cayendo, como una flecha con alas de lechuza que silbaba en la oscuridad.

Marcela volvió el rostro y se encontró de nuevo a la doncella que la miraba con el destello de la aurora en el iris. Sintió un coraje, estaba a punto de abofetearla, pero la doncella levantó la mano izquierda y señaló a la distancia.

-Oh, vaya –sonrió Mictlancihuatl-, parece que el esposo de Xochitl ha venido a recibirnos –Marcela siguió el dedo y volvió a ver la silueta que estaba allá arriba.

-¿Marcela? –era la voz de Carlos, la reconoció al instante.

-Carlos –no esperó confirmación, algo dentro de ella le daba la certeza de que era él. Corrió a abrazarlo.

-¿Qué haces aquí? –extrañó él. Ella se mordió los labios, él ya no era el mismo, era como si fuese un viento brillante, una brisa de sol flotando con un extraño aroma.

-Te vi en el funeral de Rafaela –sonrió ella, escuchó que él también lo hacía.

-Así que eras tú la sombra que ha causado terror en estos días.

-Clara –Marcela volvió el rostro para ver a la moza que les había recibido, llevaba un largo huipil y debajo un vestido largo y unas mangas que arrastraban por el suelo.



Tlacuilo

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En el texto hay: romance

Editado: 06.01.2019

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