Augurios

Tamaño de fuente: - +

Sexto augurio.

-No existen –sentenció Félix-, desaparecieron todos en el motín de 1692.

-¿Estás diciendo que estoy equivocada? –el tono de la Muerte no era precisamente muy halagador.

-Eso fue lo que escuchamos –Clara intervino, no parecía muy feliz de tener que seguir de pie en el medio del patio-, jamás hemos visto esos anillos, según sabemos, se destruyeron durante el motín, que fue una de las razones por las que se provocó, los anillos.

-Nosotros también lo creímos así –admitió la Muerte-, pero hace poco supe que había uno aquí.

-¿Quién sabrá más sobre nosotros que nosotros mismos? -Félix sonreía.

-Rolando –la brevedad de la respuesta hizo que ambos se mirasen extrañados.

-¿Quién es Rolando? –Marcela volvía a estar perdida, tenía la boca seca, Carlos no llegaba.

-Don Rolando para ti –sentenció la Catrina mientras se echaba atrás la capucha negra que parecía hecha de sombras-, es el gran maestre de la Orden de Guadalupe.

-¿Qué es esa Orden? –Marcela se llegó a preguntar cómo era que tenía la boca seca estando dentro de un mundo de agua.

-Es la Orden que manda sobre todos los nahuales en uno de los mundos de allá arriba, de ese del que tú vienes –señaló Clara, quitándose la capucha, todos vestían aquellas largas capas de plumas negras y seda de araña.

-¿Cómo lo supo, mi señora? –Félix se adelantó, jamás se había puesto la capucha.

-He venido por él –sentenció Mictlantecihuatl-, no pienso dejarlo aquí, si es cierto que existe ese anillo, habrá algunos otros que han estado escondidos durante cuatrocientos años. Que te importe poco donde…

Se escuchó una campanada sonora, lúgubre, y el sonido se extendió como ondas de horror, después el eco de otra voz la acompañó y al final parecían bocinas tocando a muerto.

-Tenemos que irnos –Clara asintió y se echó la capucha mientras Mictlantecihuatl caminaba a la puerta.

-Carlos no ha venido –Marcela apenas se atrevió a dar un tímido paso al frente, se humedeció los labios-, dijo que vendría.

-¿Qué te importa que no venga? –era una pregunta extraña viniendo de la Muerte- Tenemos que irnos, esas campanadas suenan a algo más tenebroso que la muerte misma si es que es realidad lo que presiento.

-No puedo –retrocedió-, ya no –negó con furia-, no pretendo seguir dejando que me arrastren en…sabe Dios qué cosas –se aferró la mano al pecho.

-Bien –se molestó la Muerte-, quédate tú aquí –le pidió a la doncella-, no pretendo hacer enojar al ixiptla si es que ella muere, para algo la mandó aquí, es augurio para saber sobre qué reposa el agua.

Se fueron tras el ruido de la puerta al cerrarse, acompañado de las campanadas que seguían resonando lentas, como un coro de muchas voces largas y estridentes, impalpables murmullos envolviéndoles en medio del patio. Marcela miró a la doncella, que seguía de pie, con su largo huipil arrastrando, tragó saliva al ver que tenía fija su mirada en el suelo.

-¿Qué es eso? –sintió el corazón que se le salía del pecho mientras veía aquel pequeño revoltijo de sombras que comenzaba a salir de las baldosas del piso.

-Tetzahuitl catca, tetetzanhuiaya, taltetzanhuiaya, in tlacanexquimilli –contestó la doncella, parecía recitar mientras señalaba aquello.

-No –retrocedió cuando la doncella la miró-, no –negó también con la cabeza.

Lo vieron alzarse lentamente, surgido de la nada, pequeños pedazos de papel negro. Uno de ellos fue a caer en el dorso de su mano, Marcela intentó quitárselo, pero le dejó una mancha de tizne húmeda, vio que era papel quemado.

La silueta se alzó lentamente, una figura delgada y alta, bajo capas traslúcidas parecidas a lienzos que giraban en derredor y entre las cuales era posible ver un rostro humano. Abrió los ojos y Marcela sintió el mismo pavor que aquella noche ahora tan lejana en su memoria, cuando entró el hacha nocturna mientras ella estaba en la regadera.

Aquellos ojos brillaron con una luz tenue, como proveniente de un fuego que arde solamente después de la muerte. El aura que la protegía era extraña, aterradora, los ojos se posaron en ella y una sonrisa se dibujó en su rostro. Marcela quiso correr despavorida, pero no pudo, algo la retenía, el recuerdo de ella, vomitando bajo la regadera y Carlos luchando con aquella figura sin cabeza.

-¿Quién eres tú? –la voz era temblorosa, pero fuerte- Háblame, no te quedes ahí parado como inútil –avanzó con pasos trémulos.

-¿Ac tehuatl in, nocne? –le gritó la doncella, Marcela aspiró profundo y siguió avanzando- Xinechnotza, amommaca titlatoz, ca onimitzan, amo nimitzcahuaz –los contornos de los lienzos que cubrían el envoltorio cambiaban de forma constante, como si no fuese de ese mundo.

Aquello pareció divertirlo y se adelantó tan rápido, que ella no pudo retroceder y extendió los brazos esperanzada en detenerlo y sintió como la tomaba de las muñecas.



Tlacuilo

#1811 en Novela romántica
#669 en Fantasía

En el texto hay: romance

Editado: 06.01.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar