Aunque no pueda verte

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Capítulo Uno

 

Sonreír olvidó.

Felicidad no sintió

Amor ignoró.

Todo era algo que marcaba el pasado de Saúl, y ese algo fue lo que prefirió olvidar, como el miedo de ser descubierto por alguna travesura, como la adrenalina al tomar la moto de su padre y "raptar" a su novia, como meterse a una piscina privada a altas horas de la noche... Eran recuerdos que fueron encarcelados en un cofre y enterrados en la parte más oscura y lejana del cerebro. Y en ese tenebroso lugar se quedaría todo, Kyara, Kevin... todo.

Saúl dejó escapar el aire de sus pulmones el cual se mezcló con la fría brisa de noviembre, sí; quizás debía entrar a casa en esos momentos donde ya sabía que estaba oscureciendo por el cantar de algunos grillos. Suspirando se lanzó hacía atrás hasta acomodar su cabeza en la tierra húmeda. Tenía tantas ganas de poder admirar las estrellas y su resplandeciente luz hasta quedar ciego.

"Pero ya lo estaba" Sonrió con amargura por su estúpido pensamiento, y en la oscuridad que le mostraba su discapacidad para ver; imagino millones de estrellas y fuegos artificiales decorando el cielo nocturno, sonrió al recordar como uno de esos fuego artificiales lastimaron a su hermano mayor hace algunos años, sin embargo, ese brillo que aparece en los ojos de aquellos que ríen nunca tocó los suyos. Metido en sus pensamientos no percibió el momento exacto en que una mariposa se posaba en su frente y allí descansaba.

Otra vez no, pensó molesto. Sabía que era una mariposa porque la primera noche que había salido al jardín trasero luego de su accidente, durante su momento de relajación un insecto se había posado en su nariz y aleteaba causándole cosquillas en las mejillas, pero en vez de tomárselo con calma casi mata al animal en sus intentos por espantarlo, si no hubiese sido por su hermano mayor la mariposa habría tenido un destino horrible. Desde esa noche hace ya cinco años, no se asustaba de que algo se posara en su cara pues siempre era una linda mariposa que lo iba a visitar.

—Eres un bruto —recordó las palabras de su hermano mayor cuando vio que estaba a punto de aplastar a la mariposa.

—Pues quítame esta cosa de encima —había dicho Saúl deteniendo los movimientos de sus manos.

Con calma y delicadeza, David, su hermano mayor, había quitado la mariposa de su rostro y lanzado al pequeño animal hacia el cielo. Saúl hizo una mueca al recordar aquello, era demasiado obvio que a su hermano mayor le gustaban los animales.

—Veo que sí tienes dientes —bromeó David a varios metros de distancia de donde se encontraba Saúl.

Saúl permaneció en silencio por varios segundos y eliminó la mueca que en esos momentos adornaba su rostro, con un suspiro de cansancio giró la cabeza para prestarle atención a su hermano, siempre a lado derecho, causando que la mariposa se marchara.

— ¿Qué se supone que quieres David? —preguntó y con las manos a cada lado de su cuerpo se impulsó hacia delante para quedar sentado en el césped.

—Mamá quieres que entres, ya hace frío —aseguró David observando como su hermano menor suspiraba molesto y tiraba de su cabello.

—Puedes decirle a Mamá que no soy un crío... ¡Joder!, no me dejan estar solo ni por un segundo —bramó Saúl extendiendo sus brazos al cielo.

—Tienes tres horas aquí y lo sabes cabrón, así que no exageres y digas que no te dejamos solo ni por un segundo; no te hagas el de rogar y entra a la casa... Mamá preparó sopa de tomate —dijo rodando los ojos. Tomó la mano de Saúl para ayudarlo a levantarse del césped e ignoró cuando éste no permitió que le tocara.

—Puedo levantarme solo, capullo —susurró Saúl poniéndose de pie por sus propios medios.

—Tampoco es necesario que me ofendas, hermanito —anunció David riendo por la mueca que hizo Saúl con los labios al escuchar aquel diminutivo.

Saúl empezó a caminar por el jardín con pasos lentos y pausados, siendo seguido por su hermano mayor el cual se encargaba de rodar los ojos con cada paso que daba. A pesar de conocer el jardín de su hogar perfectamente, Saúl no podía darse el privilegio de caminar con total confianza pues podría caer con algún objeto que se encontrará en su camino.

—Si salieras con tu bastón...

—Cállate —bramó Saúl interrumpiendo el sermón de su hermano. David río tirando de su cabello color chocolate hacia atrás y rezando para que su hermano el "no necesito ayuda" no cayera de bruces contra el césped.

Ambos hermanos entraron a la casa pero solo uno sonrió con alegría cuando sintió como el calor del hogar lo abrazaba y como el olor que provenía de la cocina lo embarcaba por completo. El otro hermano, el menor, solo se encargó de caminar hasta la cocina y tomar asiento en una de las sillas del comedor.

—Estas en mi lugar —La voz de David llegó hasta los oídos de Saúl, el cual tomó lugar en el asiento próximo al que se encontraba.

—Si pudiera ver no tomaría tu lugar, capullo —afirmó Saúl dejando caer su cabeza en la mesa y cerrando sus ojos.

—Sin malas palabras niños —La voz de la señora Ivanov resonó en toda la estancia causando que ambos hermanos se pusieran rectos en sus respectivos lugares. Aleksandra Ivanov era una señora bajita y un tanto rechoncha, de tez blanca como la nieve y ojos amarillos con forma gatuna; los enormes cachetes que cubrían su rostro le hacían ver como una señora adorable, pero en realidad era una mujer que intimidaba con solo escucharle y es que aunque Saúl no pudiera verla, su voz era suficiente para hacerlo callar y bajar el rostro en varias ocasiones.

—Lo sentimos, mamá —Fue David quien se disculpó mientras el más pequeño de los Ivanov ignoraba a su madre y escuchaba como su hermana bajaba por las escaleras mucho antes de que alguien lo supiera. Uno de los pocos beneficios de ser ciego era que sus otros sentidos se reforzaban, en especial la audición.

Minutos más tarde toda la familia Ivanov se encontraba en la mesa disfrutando de la cena que con mucha escrupulosidad se había esforzado en realizar la señora Ivanov. Aleksandra y su segundo esposo —con quien había contraído nupcias diecisiete años atrás luego de la muerte de su primer esposo solo meses después de Saúl haber nacido— conversaban alegremente ajenos a los demás en la mesa. A pesar de que susurraban entre ellos, Saúl era capaz de escuchar su conversación con total nitidez. Por otra parte Sarah, se mantenía entretenida en su celular ignorando todo a su alrededor, el único que respetaba la cena era David, quien predicaba que esa era la hora sagrada de la familia.



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Editado: 02.12.2019

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