Aventura De Una Ama De Casa Desesperada #3

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Día 6

Sábado, 11 de octubre

Estiro mi cuerpo sintiéndome como una seda. No recuerdo la última vez que desperté con una auténtica sonrisa y me fascina la sensación. Tal vez sea algo enfermo, pero no me arrepiento de lo que hice anoche. No le he hecho nada malo a nadie y si mi esposo no me da la atención que necesito, ¿por qué no darme ese regalo a mí misma?

Aunque, me sentiría un poco menos culpable si el que hubiera estado en mi mente hubiera sido mi esposo, en vez de ese hombre extraño.

—Buenos días, nena. —Giro hacia la puerta y ahí está mi dulce tormento—. No dejes de sonreír por mí.

—Buenos días —digo, ignorando su comentario, y carraspeo un poco incómoda—. Ya te preparo el desayuno

—No. Descansa. Yo comí algo en el camino.

Sonrío por su detalle, pero me levanto. Nunca he sido de despertar tarde y hay cosas que hacer antes de irme para mi encuentro semanal con las chicas para nuestro desayuno. John me da un beso en la parte superior de mi cabeza cuando pasa a mi lado y lo abrazo tomándolo por sorpresa. Beso su barbilla, levantando levemente mi cabeza, y mi cuerpo se enciende en ira cuando palmea mi espalda como si fuera un perro y se encierra en el baño sin enfrentarme, escondiéndose. Me siento en la cama con pesadez y no me preocupo por retener mi llanto silencioso, que dura varios minutos, mientras escucho el agua de la regadera correr. 

A él no le importo y eso me duele.

Estoy demasiado sensible en estos últimos días. Debe ser mi período que está próximo a llegar. Nunca he sido una persona que llora por todo.

Anoche me toqué íntimamente con la imagen de ese extraño hombre en mi mente, del pervertido que me ha enviado una foto de su cuerpo que descansaba sobre su cama, diciendo que piensa en mí. Lástima que estuviera cubierto por su bóxer, aunque permitía apreciar muy bien la imagen de su cuerpo trabajado y sus velludas piernas ligeramente abiertas e inclinadas, invitando a más que a ver. Y ahora, llega mi esposo, cuando llevo un pantalón corto y una blusa de tiras, pasando de mí y palmeando mi espalda como si necesitara un estúpido consuelo.

Tomo aire tratando de calmar mi corazón y salgo de la habitación con mi mente en mis labores del día. No quiero que me vea así, no vale la pena si no le importa el cómo me hace sentir. Además, se me va a hacer tarde para ir con mis amigas.

Aseo la casa mientras John duerme, al igual que los niños. Les dejo panqueques a mis bebés y me preparo. Me coloco un pantalón de jean un poco ancho, una camiseta azul cielo holgada y mis tenis verde neón. Un atuendo que Pau odia, y adoro colocarlo para fastidiarla. Quiero que me haga reír así sea un poco.

Necesito reír…

[…]

Llego a la cafetería «Los Clark», cerca de nuestro trabajo, donde solía trabajar Lucy antes de tener al bebé. Es un lugar muy tranquilo y acogedor. Por ser sábado, no está muy lleno dejándonos espacio para hacer escándalo como tanto nos gusta, sin molestar a los demás clientes. Me he dado cuenta de que mi jefe llega con café de ésta cafetería, todas las mañanas. Es delicioso, lo reconozco.

Lucy y Georgina ya están en nuestra mesa acostumbrada y sonrío al verlas. Georgi tiene al pequeño Matty en sus brazos y sonríe mientras el bebé rebota sobre sus piernas.

—Hola chicas.

Me siento al lado de Lucy poniendo mi mejor cara de mujer feliz. Le hago caritas al bebé y me enamoro viendo como sonríe mostrando sus rojas y tiernas encías. Ha heredado los ojos verdes de su madre y el cabello rubio de su padre. Un precioso bebé.

—Sarita.

Lucy me abraza cuando me siento junto a ella y frente a Georgi, quien me observa levantando las cejas y me encojo de hombros para mostrarle que todo va bien. Georgi sonríe levemente y acaricia mi mano con un leve apretón. Me gusta que me entienda sin necesidad de hablar.

Sin poder evitarlo, miro a la mesa del fondo y allí están. Mi jefe con una remera negra de mangas largas como siempre y jeans, con su cabello algo desaliñado. El señor Collins con jeans y sudadera gris, con su cabello perfectamente peinado, pero está dándome la espalda. Y, por último, la señorita Campbell con su blusa de seda, jeans y tacones negros de diez centímetros. No vienen todos los sábados como nosotras, pero si son recurrentes. Incluso, se hicieron amigos de Lucy, cuando solía atenderlos.

Sonrío levemente cuando la señorita Campbell me saluda batiendo su delgada mano efusivamente. Qué mujer tan risueña. Vuelvo mi atención a mis amigas y llega la que faltaba ocultándome de la mesa de los jefes.



Marcia Cabrero (Skinny Heart)

Editado: 09.10.2018

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