Aventura De Una Chica Obstinada #1

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Capítulo 5

Lucy

Me levanto cuando el ruidoso y chillón despertador de Barbie suena, me pongo de pie rápidamente, voy al baño del pasillo y, sin poder evitarlo, observo los moretones en mi rostro y brazos, y las marcas que aún se alcanzan a ver en mi cuello que, aunque no se notan tanto como cuando llegué, permiten a los entrometidos tener idea de lo que me ha sucedido. Espero que se desaparezcan pronto y así lograr dejar ir ese horrible episodio, necesito seguir adelante con mi vida.

Lavo mi rostro y me aseo antes de salir. Sé que Sarah y los niños hoy demorarán en bajar. Es domingo y espero se levante un poco más tarde, aprovechando que John ha dormido en casa anoche. Realmente les hace falta compartir tiempo entre ellos como pareja. El poco tiempo que tienen lo pasan en familia y nunca en pareja.

Quiero prepararles un desayuno especial como muestra de agradecimiento, aprovechando mis ganas de cocinar y lo glotones que son los hombres de esta casa, sobre todo Jake y su excusa del crecimiento para atiborrarse de comida. Disfruto ver a Sarah alimentar a su bebé, creo que ella piensa que alimenta a un pajarito cuando en realidad atiborra a un rinoceronte flacucho.

Reviso la nevera, la alacena y cada gabinete que veo, algo que debí haber hecho ayer cuando se me ocurrió esta genial idea. Sarah tiene todo lo que necesito, pero no en las cantidades necesarias. Ahora tengo que hacer algo que no quería, ir sola al establecimiento 24/7 que está a dos calles. El sol ya ha salido y este retraso arruinará mi sorpresa. Dejo la masa para el pan lista con la levadura para que crezca mientras regreso, tomo una bufanda floreada y salgo en completo silencio aferrándome a mi sudadera para que el frío nocturno, que aún se siente, no congele mis huesos. Observo todo a mi alrededor, la tranquilidad y la paz que se respira, la perfecta imagen con la que vale la pena despertar, sabiendo que todo está bien, que todo es bello y que nos dice que la vida vale la pena. Que las personas lo valen. Sarah vive el sueño.

Con la sosegada paz y la convicción de que todo estará bien, regreso a la casa con una sonrisa tan placentera como irreal. Pero, como en una típica historia de terror, volteo al escuchar el fuerte crujir de un motor de auto acercarse por la calle solitaria. Me tenso sin siquiera razonarlo, mis músculos se contraen con tanta fuerza que duele y mi piel se congela, no permitiéndome sentir más que mi propio terror. Las bolsas resbalan de mis dedos, como mantequilla derretida, al ver el Cadillac negro acercarse. Mi pecho duele al sentir cómo el aire de mis pulmones se vuelve pesado, toco mi cuello con la mano temblorosa e intento retroceder, pero mis pies no reaccionan.

El auto se detiene frente a mí, con sus vidrios oscuros que sólo permite ver mi propio reflejo. Un chillido se atasca en mi garganta cuando la puerta se abre y una cabeza, de cabello corto y rubio, sale y me observa. Suelto el aire contenido cuando reconozco al ocupante, pero mis manos no dejan de temblar por el terror que aprisiona aún mis huesos. Me siento estúpida al pensar que podría ser él. Chase tiene un taller mecánico y suele utilizar cualquier auto de sus clientes para salir a lo que sea que suele a hacer con sus amigos. Toda esta semana había salido con Sarah o con sus hijos, eso me hacía sentir segura, por alguna razón. No me había detenido a mirar lo que significa avanzar, lo que significa salir de mi refugio y tener la oportunidad de enfrentarlo y acabar con este miedo. Ahora creo que eso es algo que no podré hacer y la idea de regresar con mi madre se vuelve, a cada segundo, más tentadora.

 

Mark camina hacia mí con el ceño fruncido, intento calmar mis nervios y no permitir a mis lágrimas abandonar su lugar. Es como si el dolor y el miedo nunca se fueran a ir, como si el temerle fuera su castigo para mí. Nunca creí que llegaría a sentirme de esta manera. Estúpida de mí al pensar que ya podría haber superado lo que pasó, luego de apenas una estúpida semana.

—¿Estás bien? —pregunta.

Toma mi rostro sin esperar respuesta y me aparto inmediatamente. Detesto que me vea de esa manera tan...

—¿Qué haces? —le pregunto, mi voz sale más alta de lo pretendido.

Levanto mi rostro para mirarlo a los ojos y casi tengo que echar la cabeza hacia atrás para lograr el contacto.

—Déjame —dice, utilizando un tono de voz tan duro que me hiela los huesos.

Vuelve a tomar mi rostro luchando con mi tozudez. Su tacto es firme, a pesar de esas manos toscas y carentes de delicadeza, pero no me hace daño. Mira mis ojos y su gesto se suaviza al acto, al igual que su toque. Limpia mis lágrimas mientras resopla y recorre mi pómulo con su pulgar, como un dulce roce que me conforta y me debilita. Baja lentamente sus dedos sin dejar mis ojos, se ve diferente, menos duro y más tranquilo. Cuando sus dedos llegan a mi cuello intento separarme, pero me sujeta del brazo y niega. Cierro los ojos y bajo la cabeza. Me hace sentir débil que me mire de esa manera, con tanta condescendencia y lástima.



Marcia Cabrero (Skinny Heart)

Editado: 08.12.2018

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