Aventura De Una Mujer Libre #2

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Capítulo 20

Dejo mi pequeño bolso amarillo al lado del cenicero inundado de cerillos y filtros de cigarrillos, vasos usados manchando la bonita madera y paquetes de comida chatarra. Niego y empiezo a recorrer la casa, que no es tan pequeña, buscando la cocina dispuesta a tener esa conversación de una vez por toda y terminar con esta tortura. Me asqueo al ver que la cocina está aún peor. Comida echada a perder, más basura y botellas de licor vacías. Creo que me estoy arrepintiendo. Debí enviarle un mensaje como sugirió Georgina y esperar. Vuelvo rápidamente luego de llenar un vaso con agua fría y estiro mi mano para que quede al nivel de su ojeroso rostro. Sonrío con malicia mientras, lentamente, giro el vaso para dejar caer el líquido y enseguida doy un par de pasos atrás.

—¡¿Qué mierda?! —espeta, estremeciendo la casa, se sienta dejando ver su furia y se pasa las manos por la cara antes de darse cuenta de mi presencia, lo que parece dejarlo atónito—. ¿Tú que haces aquí?

No sabría definir si está molesto o, simplemente, sorprendido. Hace un gesto de fastidio hacia la ventana y la luz que entra intensamente, mientras estruja su cara con sus manos. No me quiero imaginar lo que debe estar sintiendo.

—Buscándote —digo—. No has ido a trabajar.

Es incómoda la manera cómo me observa, como si realmente no deseara tenerme aquí. Me hace sentir tan pequeña, que desearía poder encogerme, pero he decidido dejar ese estúpido miedo. Él lo merece y sé que me ha enfrentado más veces de las que merezco.

—¿Y en qué te afecta?

Ruedo los ojos y camino hacia la cocina esquivando toda esa basura, dispuesta a darle cierta distancia para poder enfrentar esto de una vez por todas. Vuelvo a mirar hacia él cuando lo escucho levantarse y sus pasos se acercan a mí con pesadez. Este hombre en verdad será mi perdición, verlo retirar su camiseta es todo un espectáculo a pesar de su terrible aspecto de hombre descuidado.

Recuerda bien, Paula. Primero hablar y luego lo demás.

—Te espero aquí cuando estés... decente.

—¿Aún no terminas tu juego? —murmura con fastidio y eso realmente me duele.

—Yo no juego, Brad —espeto, irritada por su reacción—, y si mal no recuerdo eres tú quien estuvo detrás de mí todo este tiempo. Ahora, ¿quieres que me vaya?

Arruga su entrecejo y me mira con una arrebatadora intensidad, pero, afortunadamente, niega. Sin esperar alguna otra respuesta, retomo mi camino hacia la cocina para preparar un poco de café, como sé que le gusta, y luego a la sala para empezar a recoger las cajas de pizza, comida china y demás basura que encuentro a mi paso, como los trozos de vidrio de lo que, supongo, fue vaso. Quién sabe con qué tipos de amigos estuvo, pero parece que fue una buena fiesta lo que tuvieron aquí.

Hace mucho no hacía esto por alguien más que por mí. ¿Cocinar? Sólo para mis amigas y en un par de ocasiones para Jim. Suelo alimentarme con algunas sencillas ensaladas o sándwich, o simplemente pido algo en el restaurante. Dejo su desayuno sobre la mesa y voy a la sala con una aspiradora. Creo que eso sería suficiente por ahora para dejar el lugar un poco presentable y menos asqueroso. Todo, para poder lograr concentrarme en lo que he de decir a este hombre que es capaz de robarse por entero la poca sensatez que siempre he poseído y de hacer temblar cada molécula de mi cuerpo.

Realmente me asusta.

—Alguien se encargará de eso —dice a mi espalda, demasiado cerca de mí y siento como mi piel se crispa al instante.

—Parece que te has estado divirtiendo mucho estos días. —Me levanto con los vidrios en la mano y me los quita una vez estoy frente a él, con mi mirada puesta sobre su pecho desnudo, porque sí, mis damas, el hombre sólo lleva una escueta toalla colgando en sus caderas mostrando esa provocativa V en su ingle y podría jurar que no hay nada más debajo. ¿Ya he dicho que tengo sangre caliente? Porque siento que hiervo en este instante—. ¿Te irás?

—¿A dónde? —murmura alejándose hacia la cocina andando con mejor ánimo, pero parece que su cabeza no le perdona su exceso—. ¿Tu policía te dejo venir?

—No tengo porqué pedir permiso.

—Cierto. Olvidaba que eres un alma sin ley que no se deja atar.

Depende de las circunstancias, eso es seguro.

—¿Por qué renunciaste?

—¿De dónde?

—¿Ahora contestarás a todo con otra pregunta?

Sonríe afirmándose al marco de la puerta de la cocina cruzando sus muy marcados brazos y lamo mis labios antes de apoyar mis caderas al sofá de cuero, típico de hombres.



Marcia Cabrero (Skinny Heart)

Editado: 26.09.2018

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