Aventura involuntaria

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Aventura involuntaria

Al despertar vi por la ventana que era de día, me levanté de la cama estirando mis músculos. No dormí en toda la noche, sin embargo, en la mañana pude echar una pequeña siesta. Esperaba dormir más, aunque al parecer no tenía tanto sueño.

La casa estaba vacía, caminé por el lugar buscando algo interesante que hacer, esta casa gozaba de todo menos distinción y buen gusto. Los muebles repugnantes me incitaban a vomitar cada vez que los miraba, por alguna extraña razón me prohibieron acercarme a ellos. Como si en verdad sus deseos me importaran algo.

Fui hacia la cocina, me di cuenta que en el plato estaba servida la misma comida insípida del día anterior... “Debes estar a dieta”, dijo aquel sujeto regordete con el que me llevaban de vez en cuando. Bah, patrañas. 

Sin muchas ganas comí, de todas maneras tenía que alimentarme, si solo era esto lo que había para llenar mi estómago, de acuerdo, no lo despreciaría. ¡Pero que quede claro que yo no me merezco esta clase de tratos! Soy demasiado para estar aquí y debería estar agradecida aquella mujer que todavía vivo con ella.

Cuando terminé de almorzar, quise explorar un poco el patio. Salí por la puerta trasera para poder estirarme, oler el pasto, disfrutar un momento en el sol. Vi el árbol donde me gustaba descansar a veces, me senté bajo su sombra admirando el paisaje. 

Desde que me mudé a este vecindario, no me había dado a la tarea de explorar sus alrededores. A la señora con la que vivo no le agrada que salga. Tiene la extraña idea que debo permanecer en casa. Sus pretensiones me dan lo mismo, no dictan lo que tengo que hacer.

Decidí echar un vistazo al los alrededores. Con un poco de esfuerzo pude saltar la cerca y salir hacia la acera que daba a la calle. Caminé viendo los vehículos pasar, a una que otra persona mirarme con curiosidad, ¿acaso nunca observaron tanta genialidad junta o qué? 

Continué vagando por la vereda cuando me encontré con un callejón. Un par de sujetos de no muy buena pinta comenzaron a mirarme. Traté de no ponerme nervioso, así que ignoré su presencia. Aquello no les agradó, pues uno de ellos me cerró el paso. Olía fatal y estaba tan sucio que no pude ver su verdadero color.

—¿A dónde vas niño bonito? — preguntó mientras se acercaba despacio.
—No te interesa — contesté indiferente.
—Mira... — dijo uno de los rufianes mientras caminaba alrededor de mí — Este pequeño amigo no quiere ser amable. ¿Crees que deberíamos enseñarle quienes mandan aquí?

El otro sujeto que le acompañaba, me bloqueó el paso. Me sentí acorralado y comencé a temer por mi integridad. No les iba a dar el gusto de verme asustado, así que, con toda la dignidad que mantenía, los enfrenté diciendo que en realidad ellos eran los intrusos. Aquello les enfureció más porque comenzaron a amenazarme. Eran dos contra mí, ¡Una vil injusticia! 

—Tendremos que darte una lección — miró el distintivo que traía en mi collar — Bo…

Yo no iba a permitir que pronunciaran mi ridículo nombre, así que comencé a darles batalla. Los mordí, les rasguñé e hice todo lo que pude para demostrar mi dominio.

Su experiencia era más grande que la mía, tuve que huir. En esos momentos temí por mi vida. 

Un poco adolorido caminé sin rumbo, tratando de calmar un poco mis nervios y recoger la poca sobriedad que conservaba. Pasé por una cafetería y me vi en el reflejo de la puerta, la apariencia que portaba era deplorable, mi traje negro y blanco estaba tan maltratado que me dio asco. ¡Demonios! Un día regresaré y les daré una lección a esos rufianes que no se atreverán a meterse conmigo de nuevo. Un señor salió a decirme de manera grosera y altanera que me alejara de ahí, bufé, solo esas personas idiotas se les ocurría entrar a un lugar como ese. ¡Vaya insulto de esa persona! Tratarme de la misma manera que a esos bandidos. ¡Qué calamidad! Rebajarme a ellos sería la peor deshonra a mi linaje. 

Transité sin rumbo por algunos lugares de esta ciudad desconocida para mí. Nunca me había visto en la necesidad de mirar en los contenedores de basura o rogar por un poco de comida. Pasaron aproximadamente tres noches desde que salí de casa en busca de aventuras, no significaba que no quisiera regresar a mi hogar, simplemente, no recordaba cómo. Había estado tan encerrado en aquel lugar junto a... ¿Cómo se llamaba esa mujer?, como sea, junto a esa maniática que trataba que yo me comportara de una manera extraña, que no iba con mi personalidad.

Durante aquella travesía, me encontré con unas personas agradables. Ellos me daban pescado o una versión barata de ese alimento insípido que me proporcionaba aquella mujer con la que vivía.

—¡Pequeño llegaste! — Salió del establecimiento un joven con un objeto chistoso encima de su cabeza — ¿Quieres un poco de salmón?

Miré con gratitud al sujeto que me acercaba un plato con una generosa porción de aquel alimento. La carne estaba exquisita, el sabor me llenaba de una sensación agradable. Estaba hambriento, cansado y si bien el orgullo era lo único que tenía en esos momentos, pude hacerlo un lado para alimentarme de la caridad de aquel hombre.



Melina Tolentino

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En el texto hay: aventura

Editado: 04.05.2018

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