Bailando con el diablo

Tamaño de fuente: - +

Prólogo

- Princesa Zaya, está todo listo – informó el chico, pasándole la espada a la princesa.

- Gracias, Abel – le sonrió a su mano derecha – como siempre es un placer contar con tu presencia – salió de la tienda, encontrándose con su ejército, se giró un momento, cogió aire y gritó – vamos a recordar el día de hoy como el día en que triunfamos, el día en que terminamos con la rebelión y expulsamos a todos los indeseados de ojos negros – se calló un momento ante la respuesta de los allí presentes y siguió con su discurso - solo estarán junto a mi aquellos guerreros que sean lo suficientemente fuertes como para luchar, lo suficientemente fuertes como para ganar, lo suficientemente fuertes como para ser recordados. Y esos guerreros sois todos vosotros – finalizó. Un segundo después todos los ángeles que formaban aquél ejército aplaudían y gritaban, listos para el combate.

Se dirigieron al sitio acordado siguiendo el ritmo marcado. Todos iban a pie, cargando sus armas. La lucha iba a ser justa. Llegaron al mismo tiempo que sus enemigos. La princesa se dirigió al centro del lugar, donde se encontró con Caín.

- Hola, princesa – le sonrió con pena. La princesa hizo igual.

- No hago esto porque quiera, lo hago porque son órdenes y debo cumplirlas – dijo, rompiendo ambos corazones.

- No tienes porque hacerlo, podemos huir – intentó hacerla cambiar de idea.

- No deberías dirigir ese ejército – señaló – así uno de los dos viviría.

- Es ahora o nunca – volvió a darle la oportunidad de cambiar. La chica se separó de él. No podía hace lo que le pedía. Se giró y sin mirarlo le contestó.

- Nunca – gritó, girándose rápidamente con el corazón hecho pedazos y la espada dispuesta a hacer pedazos al culpable.

Se enzarzaron en una lucha. Golpes iban y venían por parte de ambos. Sus sentimientos habían quedado destruidos con una sola palabra y ambos sabían que lo mínimo que podrían perder en ese momento, era la vida.

Siguieron peleando por lo que parecieron horas, hasta que Zaya recibió un golpe que le atravesó el corazón, de atrás hacia adelante. Cayó muerta a los pies de su amado que, con lágrimas en los ojos, dejó caer las lágrimas que llevaba reteniendo desde que había hablado y se agachó junto a ella, la abrazó hasta que notó como una flecha le atravesaba el pecho, pero el objeto no solo pasó por su cuerpo, también lo unió a la mujer que amaba, a su ángel. Descansaron juntos eternamente, unidos por una herida abierta que nunca cicatrizaría y que nadie dejaría cicatrizar jamás.



Dafne De La Vega

Editado: 15.09.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar