Bajo el muérdago

Tamaño de fuente: - +

Bajo el muérdago

El golpe de los tambores crecía cada vez más, atormentándole de forma aterradora. Cada toque de tambor que hacía eco a través de aquella prisión de piedra aceleraba su corazón, con la proclamación de su sentencia de muerte.

El rítmico golpeteo de los tambores aumentó, cambiando a uno más lúgubre y Gisli intentó ponerse de pie, pero sus piernas, débiles por el encierro y trémulas por el miedo le hicieron caer al suelo. Pugnando con el dolor del impacto y sintiendo el pulso latir enloquecidamente en sus sienes intento ponerse de pie, palpando a su alrededor. Sus manos se deslizaron por la gélida y mohosa pared de piedra, arañando con creciente desesperación hasta que sus uñas se rompieron y sangraron con dolor.

De repente, los tambores se escucharon aún más cercanos. Ellos ya venían.

Con horror vio antorchas alzarse ante su celda; los rostros de los aldeanos iluminados sombríamente.

Gisli se estremeció. El miedo y la rabia estallaron dentro de él. No quería morir. ¿Ni siquiera había llegado a las veinte primaveras y ya su vida sería cegada? Sin embargo, ¿acaso la muerte hacía distinción entre las edades?

Lágrimas se agolparon en sus ojos ante aquel pensamiento y cuando fue sacado de la celda luchó y suplicó en vano mientras fue arrastrado por los túneles de aquella cueva. Su túnica ceremonial de un verde exquisito se manchó con la tierra y las cuentas que adornaban su rojizo cabello se desparramaron por el suelo. Y cuando finalmente fue arrojado al centro de la cueva, sobre el altar ceremonial, Gisli dejó de luchar.

Jadeante observó a su alrededor mientras yacía tirado sobre el suelo. Los aldeanos le rodeaban impidiéndole escapar. Sus rostros impasibles no demostraban ni un ápice de compasión ante su cruel destino. Solo un leve refulgir en sus ojos denotaba su expectación ante la espera de un sacrificio. Un sacrificio que era él.

Un susurró se escuchó y Gisli alzó su rostro, viendo como sobre su cabeza una rama se arrastraba de forma siseante, exhibiendo un muérdago el cual se posicionó en el aire sobre su cabeza. Horrorizado vio cómo repentinamente aquellas ramas que elevaban el muérdago sobre él se extendían más y más, bifurcándose y multiplicándose hasta encerrarle en una especie de jaula de ramas. Y en atrapado en medio de esta Gisli se encontró con una aparición imposible.

Frente a él yacía un joven el cual le observaba con unos brillantes ojos verdes llenos de clama y afabilidad. La piel de aquel joven era de un tinte verdoso que parecía refulgir y sus largos cabellos verdosos se arrastraban hasta el suelo. Aquel era un demonio. Un espíritu. El temido espíritu del que tanto solían hablar en su aldea natal. Mas en aquellos momentos para Gisli aquella criatura era mucho más que eso.

El aliento se atascó en su garganta cuando el joven extendió su mano hacia él, instándole a incorporarse. Gisli obedeció, sus movimientos casi mecánicos totalmente incrédulo de lo que ocurría, totalmente incrédulo de quien o lo que estaba frente él.

—Esben —musitó de forma casi inaudible moviendo la cabeza en un gesto que por un momento hizo parecer que comenzaba a enloquecer.

Aquel ente hizo el ademán de consolarle, mas Gisli retrocedió repitiendo una y otra vez <<Estás muerto, estás muerto, estás muerto>>, como si fuese una especie de funesto mantra.

—No lo estoy. Aunque tampoco estoy vivo como tú —dijo aquel ente con un dejo de amargura, aunque la calidez hacia Gisli no se desvanecía de su mirar.

Gisli sacudió nuevamente la cabeza apartándose un tanto trastornado. Esben había muerto hacía años. Hacía seis años había desaparecido en las profundidades de Thryeu cuando él, sin escuchar las leyendas que hablaban de dioses oscuros y sacrificios humanos se había sumergido en los bosques durante la temporada de las fiestas de invierno, en busca de un muérdago. De un muérdago que sirviera como excusa para la tradición de un beso y de sus sentimientos por su mejor amigo. Pero, en lugar de ello, únicamente había obtenido dolor, gritos y la pérdida de aquel quien fue tan preciado para él. Pero ahora, Esben estaba allí frente a él. No, en realidad no lo estaba, puesto que aquello no era por completo Esben. No, ya no lo era.

—Fui ofrecido al muérdago. Él me eligió —comentó Esben pareciendo comprender la causa de su angustia—. Eligió formar parte de mí, ser uno conmigo —dijo con suavidad acercándose a Gisli quien era incapaz de verle a los ojos, fijando en su lugar la vista en los verdosos pies de Esben, en sus uñas que relucían como preciosas joyas verdosas.

Y cuando las manos de Esben acunaron su rostro murmullos exaltados estallaron a su alrededor.

—¡El muérdago le ha elegido! ¡El muérdago le ha elegido! —corearon los aldeanos como si fuese una sentencia de muerte.

Gisli escuchó aquellas palabras como si fuesen de otro mundo, siendo incapaz de reaccionar hasta que finalmente poco a poco, todo su miedo, su horror fueron dando paso a la más absoluta rabia, mientras seguía escuchando el coro de los aldeanos.



NColmenares

#215 en Terror
#2522 en Otros
#910 en Relatos cortos

En el texto hay: lgbt, fantasia y terror, navidad y muerte

Editado: 20.12.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar