Barranco Abajo

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Patricia. Su presencia

Lima se presentaba húmeda y fría la noche en que Alfredo conoció a Patricia, quien a sus 28 años había sufrido tanto por culpa de su padre y una sociedad machista donde la violencia contra la mujer es tan cotidiana y, lo que es aún más grave, ni siquiera castigada por la sociedad. Algo que no está mal visto al igual que la infidelidad, el sometimiento, el abuso o la desigualdad de género. Es inconcebible que una mujer que queda embarazada decida tener el hijo pero el padre se borre a Miami al poco tiempo, hable con el niño todas las semanas pero ella no le exija que por lo menos mande una pensión, algún peso, algún sol. Es inconcebible que si a una mujer se la deja de atender como es debido diga “Me tienes abandonada, ¿he hecho algo malo?”. Que en lugar de quejarse por el abandono se sienta culpable por él.

Y como ella misma le decía “esto es culpa de nosotras las mujeres”. Era una adelantada en esa sociedad tan atrasada, y eso la hacía sufrir aún más. Luchar desde su lugar, por su lugar únicamente.

El abuso contra la mujer se ve en la calle, a plena luz del día, en cualquier boliche, y nadie hace nada, recuerda pocas veces haber sentido tanta indignación e impotencia al ver saliendo de un boliche y en plena calle llena de gente a un tipo llevando literalmente de los pelos a “su mujer” como en la época de las cavernas pero en pleno siglo XXI.

A pesar de no ser algo bueno para ella misma, ese sufrimiento que sentía por el machismo dentro de su sociedad le había dado una osadía, una desfachatez inusitada. En su metro cincuenta y siete y sus cuarenta y cinco kilogramos se concentraba toda una energía positiva que encantaría a cualquiera que la viviera. Era segura, divertida, buena onda, atrevida, guapa, suficiente, conocedora, loca.

Barranquina de nacimiento amaba su ciudad tanto como todos los lugareños. Fácil tarea para habitantes de un barrio con un malecón hermoso, un barranco enorme que regalaba una hermosa vista del océano Pacífico, callecitas estrechas y antiguas con luz tenue que contrastaban con las fuertes luces de Plaza Kennedy en Miraflores y bares y pubs de salsa donde todo el mundo conocía a Patricia. Asidua de jueves a domingo las cincuenta y dos semanas del año. No lo dejó ir a Miraflores sin antes recorrer Barranco el “barrio bohemio” un lugar de artesanos y músicos callejeros, decía. Y no se equivocó. Maravillado con Barranco decidió que no había lugar para conocer Miraflores, por lo menos esa vez.

De sus característicos rasgos andinos sobresalían sus enormes ojos negros los cuales parecían tener propiedades milagrosas, su nariz de giba, su pelo que a pesar que ella insistía que en la selva los había más oscuros, era la cosa más lacia y el color más negro que haya visto nunca, el pelo más lindo que haya visto nunca; suave, pesado, fino, oscuro, lacio, abundante. No se cansaba de jugar horas con él. Sus duros pechos, sus glúteos como roca con un tamaño y una forma tan perfecta que es imposible no experimentar deseo al evocarlos. Además una cintura totalmente deliciosa, punto final de dos piernas cortas pero armoniosas. Con sus labios rojos lo mordía fuertemente sin dejar que los besara, lo mordía fuerte y constantemente, rasgos sin dudas del tigre en que se había convertido para sobrevivir en esa sociedad.

Luego de que pinchó con su caravana el filtro de su cigarro para hacerlo más suave y así pedirle unas pitadas comieron un “clásico” de arroz con leche y chicha morada, llamado así según le dijo por los colores de la “U” y “Alianza”. No podía desconocer ese cuento con base deportiva siendo sobrina de Barrios uno de los tipos más poderosos y menos querido de Perú, presidente de la Federación Peruana de Futbol y responsable de la remodelación del estadio Nacional de Lima que lucía esplendido y moderno gracias a las obras de dicho presidente.

Ella trabajaba en una botica y estaba acostumbrada a auto inyectarse calmantes para su dolor de ciática o cualquier molestia aún menor.

La noche que amanecieron juntos en la cama del hotel donde se hospedaba había comenzado temprano, con risas en el parque, cena, pisco, mucho pisco. Entraros a no menos de cinco boliches a bailar, a beber, a disfrutar. Sin embargo no pudo disfrutarla a ella ya en su cuarto. La sucesión de noches de pisco se lo impidieron. Pero si pudo disfrutar sus ojos al decirle horas antes “¿vamos a dormir a tu hotel?”, y los besos en el taxi … y su rostro andino mientras dormía y sus ocurrencias mientras castigaba duramente el control remoto de la TV al despertar. Las sabanas del hotel retuvieron las pocas palabras de amor que se les escaparon aquella noche, que no pudieron contener a pesar de haberse prometido no decirlas para no generar un mayor vínculo que los lastimara a ambos.

Alfredo solamente recordaba el desayuno a la habitación del cual Patricia no quiso probar bocado, cuando más adelante se lo recordó, ella justificándose dijo “Normal, la resaca no me deja comer. Aparte no desayunamos, salimos corriendo al taco porque tú tenías una presentación en el Pentagonito”.



Carlos Silva Cardozo

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En el texto hay: desamor, feminismo, peru

Editado: 30.05.2019

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