Barranco Abajo

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Señora Barrios. Su ausencia

Al volver a Lima meses después ya nada fue lo mismo. Tres meses puede ser poco tiempo para un viajero que recorre el mundo por su trabajo, pero es mucho para una muchacha que espera el amor de su vida y alguien que le diera seguridad y la llenara de hijos. Al llegar y llamarla por teléfono supo que se había casado con un “gallego” radicado en Perú para establecer un restaurante, seguramente una opción mucho mejor que la de un “charrúa” sin destino cierto y que como única certeza le había dicho que radicarse en Perú era lo último que le pasaba por la mente.

Todo comenzó a rodar barranco abajo para Alfredo. Se encontraron únicamente para despedirse y se prometieron no volverse a hablar. Se encontraban en un bar con vista al malecón durante la final de la Copa de las Confederaciones donde Brasil comenzó a dejar en claro que la generación dorada de España estaba llegando a su fin y la derrotó por tres a cero. Luego de acabada la última cerveza que lo uniría a ella, salió a recorrer cada uno de los rincones donde compartieron besos. A disfrutar de su ausencia. Recorrer Lima bajo un tránsito caótico a cualquier hora del día, donde todo el mundo toca la bocina del auto sin pensar bien por qué. Tanto así que hasta en la cartelería oficial de tránsito hay letreros que dicen “Silencio” y tienen la imagen de una bocina dentro del símbolo de prohibido.

Sacó fotos de los lugares donde ella ya no estaba; del restaurante “Papacho’s” como ella solía llamarlo y a él tanto le encantaba; fotografió el cartel del “Miguelón” y sus promociones de enormes milanesas de pollo al pan;  fotografió también el frente del club de salsa “Son de Cuba” con su gran bandera cubana desplegada en la fachada y donde trabajaba su “pata”, amigo porteño al cual le presentó la primera vez que se vieron como “el uruguayo que me estoy chapando” y desde ahí le regalaba la mitad de los pisco sour que consumía; fue al restaurante Rústica del Parque Kennedy a comer un “anticucho” (corazón de vaca) acompañado por una Inka Cola, la única gaseosa local en el mundo que la Coca Cola no pudo superar en ventas. Tan fuerte era en Perú que la Coca Cola se rindió y no tuvo más remedio que comprarla; fotografió para enviarle por mail el frente de su casa preferida de madera en el Malecón de Barranco. Se sentó en el mismo lugar a recordar las eternas discusiones que tenían respecto a su colgante.

—¿Qué tienes ahí colgado? —le preguntó ella.

—Ah, es un recuerdo que traje de Egipto —respondió Alfredo.

—Normal, ¿es una cruz?

—No, es una llave. Se llama Ank y es la que abre las puertas del más allá según la mitología egipcia.

—Pues para mi es una cruz de todas formas.

—Bueno, vos pensá lo que quieras, pero representa una llave.

 

Y también las discusiones sobre el color de su cabello.

—Amo tu pelo tan negro —le dijo Alfredo una vez.

—Mi cabello no es negro, ¡es castaño! —respondió ella desafiante como siempre.

—Primero que nada es “tú pelo” no “tu cabello” –contestó Alfredo sin quedarse atrás en la pelea idiomática—. Y segundo, para mí es negro. Es más, no había visto antes un pelo tan oscuro

—Pues si vas a la selva los encontrarás más oscuros.

—Para mí es y seguirá siendo negro —culminó el y ambos comenzaron a reírse.

 

Se apoyó en el mismo árbol sobre el barranco donde meses atrás se empaparon bajo un chaparrón de besos, donde ella dejaba su cuerpo de espaldas apoyarse contra el suyo mientras fumaban un cigarrillo. De regreso luego de traspasar el Puente de los suspiros en pleno Barranco paró a sacar fotos de la iglesia “Del padre sin cabeza”, una de las tantas leyendas que forman parte de la cultura y tradición del barrio.

La capilla de La Ermita es uno de los edificios más antiguos de todo el barrio. A finales del siglo XIX, ocupaba este templo un sacerdote de conocidas malas tendencias, con un carácter agrio, y una vida visiblemente desordenada. Un personaje frívolo que no resaltaba precisamente por su carisma, dando como resultado que los habitantes del barrio no le destinaran su simpatía. Por aquellas fechas hubo un gran terremoto en toda Lima. Mientras el párroco se encontraba en el patio de la ermita el movimiento sísmico provocó que una de las cúpulas se derrumbara haciendo que la campana cayera de tal manera, que la masa de acero le destrozó la cabeza que se trituró de tal forma que no se encontraron restos de ella. Solo una mancha de sangre y algunos pedazos de huesos esparcidos por la zona. Como durante su existencia terrenal había sido malvado, dicen que Dios le impuso como castigo el vagar por siempre sin su cabeza. Se cuenta que este cura sigue penando en la noche. Desde la época del accidente, a los niños que se portan mal se les asusta diciéndoles que los va a llevar el padre sin cabeza. Son muchos los vecinos barranquinos que afirman haber visto en la noche a un hombre caminando por la avenida vestido con hábito de sacerdote, pero sin cabeza.



Carlos Silva Cardozo

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En el texto hay: desamor, feminismo, peru

Editado: 30.05.2019

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