Bastián Castell

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Capítulo 2

Poco a poco Valentina comenzaba a habituarse al horario estricto de la biblioteca, su tía no le permitía quedarse más allá de las seis en punto, cuando el reloj marcaba la hora la despedía con una puntualidad perfecta.  No entendía las razones o tal vez es porque su tía quería volver pronto a casa y como se necesitaba la ayuda de ambas para cerrar las cortinas y puertas por ello es que la empujaba a irse al cumplir el horario.


Llegaba a la hora a las 8:00 de la mañana, tomaban el té junto con un pastel o cualquier otra golosina, o un pan crujiente que Ágata suele llevar. Luego trabajaban hasta la hora de almuerzo, para después seguir hasta el horario de cierre de la biblioteca, recibían pocos visitantes, la mayoría personas de edad más avanzadas, tal vez más llevados por la nostalgia o la tranquilidad que impregna a Santa Margarita. Llegaban estudiantes aun, pero pocos comparados con la época de gloria de la cual su tía suele hablarle. La mayoría prefería la rapidez y cercanía de la nueva biblioteca. Y no podía culparlos, con la vida actual de correr de un lado a otro, el tiempo libre es tan poco y escaso que llega a ser difícil que alguien viaje una hora fuera de la ciudad para venir a la biblioteca. Inentendible el capricho de sus constructores cuando lo usual es que la biblioteca sea parte del centro de la ciudad. Aunque si Santa Margarita estuviera en ese lugar tal vez ya habría sido demolida para dar espacio a un enorme edificio de departamentos.

 

Para cualquier otro la monotonía de aquel trabajo lo hubiera tal vez aburrido pero para  Valentina, una persona que no es muy amiga de los cambios, mantener esta forma de trabajo le agrada bastante, así sabe a qué hora del reloj debe hacer una u otra cosa. Su día a día es tan organizado que no hay sorpresa que intervenga con el horario impuesto y escrito. A veces sin embargo le gustaría que su tía le permitiera permanecer hasta más tarde para así poder leer algún libro o darse el tiempo de visitar los lugares que solo ha visto poco.

 

Sentada en una de las bancas observa somnolienta a las pocas personas que leen en silencio, si su tía se lo permitiera podría distraerse con su teléfono celular pero el único aparato permitido y conectado a internet es el viejo computador del escritorio principal, tan antiguo que aun tiene aquellos viejos monitores grandes y anchos. A Ágata parece no gustarle nada de lo que a tecnología se refería, ella ni siquiera tiene un teléfono móvil, solo uno fijo, tan viejo que a veces pensaba que su tía debía mejor donarlo a un museo.

 

—Buenos días —aquella voz la sobresalto de golpe—. Disculpe señorita no quería asustarla.


El muchacho, un joven estudiante, que le habló la miró muy arrepentido.


—No, no te preocupes, estaba muy distraída. ¿En qué puedo ayudarte?


—Necesito buscar algo de Bastián Cartel, es escritor de novelas policiacas pero no es muy conocido, en la nueva biblioteca no pudieron ayudarme, no encontraron en sus registros nada de ese escritor  y me mandaron acá ¿Podría ayudarme?


—Bastián... Cartel —repitió y sus recuerdos de aquella vez que escuchó una voz hablarle vinieron a su mente.


Pero  no encontró nada más que perfiles de una red social, nada de información que pudiera relacionarse con la biblioteca o algo así. Buscó en los libros de sobrenatural, misterio, policiacas, historia pero nada. Titubeó al detenerse en la categoría de mitología. Pero nada perdía con intentarlo. Luego revisó los registros escritos de la biblioteca, enormes  y escritos del puño y letra de cada bibliotecario que trabajó alguna vez en este lugar. Impaciente el joven estudiante le indicó que debía irse pero que volvería mañana para saber si había encontrado algo. 

 

Valentina siguió buscando hasta que sus ojos se detuvieron en una de las respuesta del buscador de la biblioteca "Bastián Castell". "Registros de condenas siglo XIX" es el libro que aparece en pantalla.

Cerró el registro y aprovechando que su tía estaba distraída buscó en el computador si ese libro  estaba en algún lugar. 

 

—Pasillo 11b —leyó. Eso es en el segundo piso.

 

Llevada por la curiosidad incrementada más aun ante la oportunidad de saciarla al ver que su tía seguía ocupada, subió las escaleras hacia el piso superior. Maldijo cada crujido que desde el segundo piso la llevaba al piso abierto y la ansiedad se le hizo desesperante cuando vio aquel negro libro con letras doradas.  La verdad que ni siquiera sabe lo que buscar, solo movió las hojas viendo una infinidad de nombres que no conoce.  Pero en esto vio como paso con rapidez una hoja con el nombre de  Bastián Castell.

 

Buscó aquel nombre deteniéndose en la hoja indicada. 

 

"Bastián Castell, (1838 -1868) condenado a cadena perpetua. Fue uno de los magos más crueles y malignos, condenado a 100 cadenas perpetuas, considerado el instigador del desastre de Corfura y asesino de tres de los más grandes hechiceros."


No hay nada más que una foto de un hombre con aspecto criminal, barba negra y tupida y gruesas cejas. Con ropajes similar a un pirata y una cicatriz que atravesaba su mejilla.


—Vaya, tienes un aspecto bastante intimidante, amigo —murmuró Valentina alzando las cejas.


—¿Qué haces? —preguntó su tía apareciendo repentinamente.


Alcanzó a cerrar el libro ocultándolo a su espalda antes de que Ágata descubriera lo que buscaba, no vaya a ser que la reprenda por andar distrayéndose en otras cosas.


—Pronto será la hora de cierre, así que vete a preparar, ya sabes que no puedes quedarte más allá de las seis —le indicó con seriedad—. No te olvides de dejar en la bodega los libros que te deje encima del mesón.

 

Valentina movió la cabeza en forma afirmativa y en cuanto su tía se retiro subió al piso abierto para dejar el libro que había tomado. Detuvo su mirada en otro libro que parecía llamarla, la ansiedad de abrir sus ojos se le hizo extrañamente desesperante, extendió su mano.



A.L. Méndez

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En el texto hay: magia, hechiceros, romance

Editado: 19.06.2019

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