Belleza escondida

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Parte 3

Cuando la joven vislumbró la mansión mucho más cerca de lo que la había visto antes, su corazón se disparó.

Era mucho más bella de cerca.

El señor Lander sacó las llaves del gigantesco portón cubierto de maleza, ramas y flores que estorbaban a la vista de los transeúntes chismosos del pueblo y abrió las rejas dándole a Alina una mejor vista del panorama.

Una casa de dos pisos, ventanas grandes y medianas de cristales finos y bien pulidos. Incluso se veía más blanca e inmaculada de lo que se apreciaba de lejos. Estaba bien ubicada en medio de hermosas rosas y flores que se levantaban en todo al rededor, tulipanes, jazmines, rosas blancas y rojas. Todo estaba rodeado de césped verde y, según se apreciaba, recién cortado.

Lo que más llamaba la atención de la muchacha eran las estatuas que decoraban puntos estratégicos de la casa y de que tanto la casa como estas eran puramente de mármol blanco. Era como si ella estuviese en una especie de panteón griego, pero en lugar de un templo sólo estaban las estatuas y en vez de admirar solo a una diosa se deleitaba en varias.

Las dos estatuas que había apreciado desde que entró eran indudablemente figuras femeninas, ambas vestidas con túnicas de una sola manga. Una sentada al lado de una fuente mirando hacia el suelo y la otra con los brazos extendidos al cielo mientras miraba sobre su hombro.

—¿Le gusta lo que ve, Alina? —preguntó con cierto tono entusiasta adolescente.

—Las estatuas son muy hermosas.

—Me alegra, muchacha, que así lo creas.

Incluso la puerta llamaba la atención de la joven. Esta tenía un tallado floral junto a dos figuras humanas desnudas recibiendo un fruto de un tipo de creatura con protuberancias que parecía ser una especie de manos. Ambas figuras humanas tenían mirada de desdén, pero al mismo tiempo se apreciaba el deseo por la fruta en la curvatura de sus labios y en la forma en que la mujer extendía la mano para recibirla. Si eso fue tallado por el señor Lander se reconocía su talento para plasmar sentimientos tan contradictorios.

Por dentro no fue menos la sorpresa que por fuera. La casa continuaba siendo de un blanco pulcro. La luz entraba con tal fuerza por las ventanas que no había ni un solo sitio que careciera de claridad. En cuanto a la inmobiliaria, lo que más llamaba la atención de Alina en cuanto a esto es que la casa contaba con al menos dos muebles de caoba, pero todo lo demás eran estatuas.

Estatuas y pinturas por todas partes de figuras femeninas.

—Esto era lo que quería mostrarle, Alina, ésta es mi arte —dijo con orgullo.

Aquella confesión la había asombrado aún más.

—Había escuchado antes que usted era artista. Escuché a la gente del pueblo comentarlo alguna vez, y que por eso gustaba de la soledad. Pero nunca había escuchado que clase de artista era usted. Ese cuadro es hermoso y aquél también, ¿puedo tocarlo? ¡Gracias!... Son trazos hermosos...

—Esta es mi vida. Cada figura que esculpo o pinto, lo hago con un pedazo de mi alma. Pero como todos los artistas, nada nunca es suficiente hasta que no se encuentra el arte perfecta.

—¿El arte perfecta? —reaccionó sorprendida e intrigada—. ¿Cuál arte es esa?

A esta pregunta el señor Lander le sugirió que continuara apreciando la estancia y así lo hizo. Las estatuas blancas de mujer decoraban toda la casa. Algunas eran figuras semi desnudas con atuendos griegos y otras al completo desnudo, como las primeras en admirar al entrar. Algunas miraban al horizonte mientras se abrazaban así mismas cubriendo sus pechos expuestos y otras tenían poses como si miraran directamente a quien entrara en la casa.

Alina lo apreciaba todo con alma de niña y al señor Lander parecía fascinarle el modo de su mirar cuando apreciaba su arte. Era como si todo su ser vibrara de emoción cuando ella decía algo sobre sus creaciones y de como admiraba su creatividad.

—Me alegro que la ame, Alina —dijo—, hay algo más que quiero mostrarte.

La tomó de la mano con delicadeza y la guio hasta una habitación de puertas cerradas que se encontraba en el primer piso, la cual también abrió con el juego de llaves.

Alina se emocionaba. Todo lo que había apreciado en aquella casa era mucho más de lo que había imaginado y su curiosidad era igual al de una niña rodeada de regalos ocultos en cajas, ansiosa por abrirlas y descubrir los obsequios.

El señor Lander se hizo a un lado para que la joven pudiera apreciar la estancia; no sin antes preguntarle.

—¿En verdad te gusta mi arte?

Ella asintió con la cabeza y después él se apartó por completo.



Clem

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En el texto hay: desapariciones misteriosas, apuesto hombre, arte

Editado: 25.04.2019

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