Belleza Oscura ©

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Capítulo V

«Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo» 

— Oscar Wilde.

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Pensilvania, Castillo Drácula.

Edgar Von Humboldt.

El silencio monstruoso amo de la oscuridad me permiten ocultarme con facilidad.   Los pasillos son inmensos y escalofriantes.  Tengo los sentidos bien alerta y puedo escuchar con claridad a los saltamontes producir su música en las afueras del castillo en el que he vivido por tantos años.  

Mi extraordinaria vista me permite visualizar el camino hasta mi recámara con facilidad.  Solamente debo subir las escaleras y en el segundo nivel entrar a mi habitación como si nunca hube salido de ahí.

La tormenta de afuera trae consigo algunos relámpagos haciendo unos destellos de descargas eléctricas resalten en la oscuridad.  Las pinturas más antiguas que adornan las paredes adquieren un aire aún más espeluznante. 

Nunca me han gustado. Al igual que las oscuras cortinas y el inquietante olor a sangre.  Ese último hecho me hace recordar a las miles de vidas humanas que han sido arrancadas en estas paredes.  El dolor que se ha infringido y los lamentos hasta que fallecen. 

Comienzo a subir por uno de los extremos de la elegante escalera.  Con mis fríos dedos tocó el mármol de la barandilla y los deslizó a medida que subo.  No puedo avanzar más de seis escalones cuando reconozco su presencia. 

Aprieto por unos segundos las manos y cierro los ojos.  Suelto un suspiro y me giro para poder verlo.   La capucha oscura cae tras un fugaz viento y otro relámpago hace eco en las paredes. 

Algunos cabellos castaños se interponen entre mis ojos, pero puedo verlo ahora perfectamente.  De pie en lo más oscuro con sus brillantes ojos rojos puestos en mí. 

—Padre...que gusto me da verte—digo con la esperanza de no agrandar mi problema. 

—¿En dónde te encontrabas? —me pregunta ignorando mi comentario anterior. Sus palabras son frías y demandantes.

Trato de pensar en algún tipo de excusa válido que pueda satisfacerlo, recuerdo que es muy frívolo como para aceptar cualquier comentario sincero,  por lo que decido retarlo antes de responder. 

—¿Acaso no puedo divertirme un poco?

—¡He hecho una pregunta, ¿En dónde has estado?! —su ira me inquieta. 

—Me apetecía una víctima. 

Pareció interesado.  Sus rojos ojos me vieron fijamente. 

—¿Has saciado tu sed con algún humano? 

La pregunta era perturbadora, desafiante y fría. 

—Sí—mentí.

Una inquietante sonrisa se formó en su rostro.  Se acercó hasta llegar a mi lado y me dio dos palmadas en la espalda. 

—Así se hace.  Prepárate para el informe, no tardarán en llegar. 

—Lo que órdenes, padre. 

En un parpadeo desapareció ante mi vista.  Termine de subir los escalones y me adentre a mi habitación.  Una vez cerrada la puerta suelto un suspiro. 

Camino hacia la repisa al lado de unas hojas y tinta en donde paso mis dedos por los diferentes libros mientras cierro los ojos y siento cada partícula del papel entre mis dedos. 

Veo el cuadro con el hermoso atardecer pintado por un desconocido humano.  Lo hago a un lado y saco el pequeño cuaderno oculto.  Me siento en el escritorio y preparó la tinta. 

Capítulo veinticuatro del libro seis. 

He vuelto a mentir bajo su demandante mirada.  Creí que esta vez sería descubierto, pero no fue así.  Lo sigo odiando, demasiado para mi propio bien.  Pero no puedo demostrarle mi rencor.  En una semana habré cumplido siete años sin consumir sangre humana.  Él no debe saberlo, o de lo contrario volverá a controlarme,  y es algo que no pienso permitir. 

Cierro el libro y lo oculto en su respectivo lugar. Me dirijo al armario en donde saco un traje oscuro para ponerme.  Una vez listo le agregó una capa del mismo color.  Escucho el sonido del trote de los caballos.  Veo a través de la ventana en donde una carroza oscura con caballos negros se detiene frente al castillo. 

Varios hombres vestidos con túnicas rojas bajan de ella.

—Por desgracia la realeza roja si se ha presentado—murmuro.

Cierro las oscuras cortinas y salgo de mi habitación.  Los sumisos de mi padre se encargan de darles la bienvenida y llevarlos al comedor en donde los espera mi padre. 

Espero unos minutos hasta que decido bajar.  Dos sumisos abren las puertas para permitirme entrar. 

—Aquí lo tienen—dice mi padre aún con su capa puesta y ocultando parte de su rostro en la oscuridad.  La única luz en el comedor son dos candelabros y un par de velas al centro de la mesa. 

Todos los de capas Rojas voltean en mi dirección, sus rostros siguen ocultos y solo logró distinguir los espeluznantes ojos rojos que me observan.



Mischelle Bonilla

Editado: 12.12.2019

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