Belleza Oscura ©

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Capítulo XII

«Nadie sabe en qué rincón se oculta el que es su enemigo»-"La vuelta de Martín Fierro" (1879), José Hernández

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Edgar Von Humboldt.

Las grises nubes que difuminan el oscuro cielo cubren la inigualable belleza de la luna menguante gibosa en transición a luna nueva para oscurecer los cielos por completo.

Algunas estrellas son visibles, compartiendo su luz en medio de la manta oscura que gobierna por las noches. Tomo el libro que descansa abierto sobre mi pecho, releo mentalmente lo escrito.

Capítulo veintiséis del libro seis.

Han pasado ocho días desde que mi padre me ordeno capturar al lobo. La última vez que lo tuve frente a mí, escapo. Era mucho más fuerte y hábil de lo que pensé, inclusive quedé asombrado por su apariencia. Fui herido por una mujer y el lobo estuvo a punto de matarme como lo hizo con las tropas de mi padre. Que escapara se ha vuelto un problema, no tengo rastro de él, por eso comencé a seguir el rastro de los humanos que estuvieron ahí. Ya han pasado siete años exactos desde que deje de consumir sangre humana, pienso que lo único bueno de tener la obligación de llevar al lobo ante mi padre, vivo o muerto, es alejarme de él. Siento la garganta muy seca y cada célula de mi cuerpo me pide algo que no pienso ceder. Solo es cuestión de tiempo, y todo se convertirá en algo eternamente común.

Me incorporo y guardo el libro dentro de mi abrigo.

Observo hacia abajo, en donde un grupo de hombres duermen tratando de reponer sus fuerzas. Entre ellos hay algunos despiertos haciendo guardia, pero ninguno se ha percatado de mi presencia. Hay demasiada oscuridad y la distancia es de unos quince metros.

Sin embargo, tengo las suficientes habilidades como para poder ver claramente lo que hacen, o escuchar lo que dicen.

Mi vista recae en uno de los que usualmente, siempre hace guardia. Llevo siguiéndolos por setenta y dos horas. El primer día creí que me guiarían al lobo, puesto que uno de ellos lo había ayudado a escapar. Al siguiente día entendí que no sería así, en realidad ninguno sabía de la estancia de la bestia entre ellos. Todos menos uno, estaban en ignorancia.

Pero el hombre no estaba enfocado en obtener venganza y perseguirlo. Solo quería encontrar a su familia. Todos le decían que ya debían estar muertos, pero el aún conservaba la esperanza. Era de admirar, aquel sentimiento humano de creer que algo puede estar bien, cuando todo su alrededor esta destruido, es en verdad impresionante.

Aun así, podía ver sus gestos temerosos al dormir, las pesadillas que le mostraban una realidad aterradoramente cierta lo hacían despertarse todas las noches. No puedo leer las mentes, pero soy lo suficientemente observador como para notar la causa de que se levante con el corazón bombear a una frenesís alocada, el sudor escurriendo por su frente y las lágrimas mojando la barba de meses.

En algún punto llegaba a estar celoso.

El sonido de otro corazón acelerado llamó mi atención, vi a unos diez metros del hombre que observaba y contemplé al joven castaño que caminaba de un lado a otro alejado del campamento improvisado.

El humano había sido una de las razones por las que continúe siguiéndolos. Había notado en él una peculiaridad interesante, y después de haberlo observado por esos días, descubrí que él conocía al lobo mejor que nadie, o al menos eso creía. Ya que nunca se imaginó que fuera una bestia sangrienta que se hacía pasar por uno de ellos.

Desplegué mis alas y volé silenciosamente hasta la copa del árbol más cercano. Observe al humano que quizás llegaba a tener unos veinte años, tenía una mochila en su espalda y armas en el cinturón alrededor de su cintura. Cada latido y la manera en la que caminaba de un lado a otro me indicaba que estaba indeciso, nervioso.

Se detuvo un momento y paso una mano por su rostro, suspiro.

—Es una locura—murmuro.

—Seguro que lo es—respondí.

Su reacción fue humorística, un toque de temor y sorpresa invadían en su rostro. Nunca hubiera esperado que alguien lo estuviera escuchando, y darme a conocer ante él era parte de un plan en progreso.

Sus cejas estaban elevadas, pronto cambiaron a un ceño fundido que buscaba al proveniente de la voz entre la oscuridad.

—¿Quién está ahí? —pregunto apuntando con el arma a los alrededores.

Salte del árbol y aterrice a su costado derecho, se giró en mi dirección y me amenazo con el arma. No tenía por qué preocuparme, las balas eran de plata, y una de las ventajas de ser un vampiro, era la inmortalidad.



Mischelle Bonilla

Editado: 12.12.2019

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