Besos sabor caramelo

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Capítulo 3

Mía.

Al entrar en casa lo primero que noto es a gente caminando de un lado a otro—organizadores—, comandados por una mujer morena, los cuales arreglan la mansión Barbieri; con pinta de un Palacete, poniendo adornos por aquí y por allá. Supuse que para la pequeña fiesta de esta noche. No noté a la bruja en medio de las cinco personas allí así que supuse que debía estar en el salón de belleza o en alguna boutique comprando algún vestido para alardear de su belleza esta noche. Piraña venenosa.

Me muestro maleducada y no saludo a nadie— no me interesa ser educada—. Solo subo las escaleras con mis bolsas de las compras pisando fuerte y escuchando órdenes de la organizadora a mi espalda hacia sus súbditos.

Argh.

Si por mi fuera que se cancelará esa fiesta. Odio cuando la bruja le da por llenar la casa de gente con sus fiestecitas; no es la primera vez, lo juro. Ha hecho fiestas en la que invita medio país con cualquier pretexto y por supuesto con el único fin de presumir ser la mujer de uno de los hombres más ricos y poderosos de todo New York. Dueño de un conglomerado hotelero y una agencia de aviones—aerolíneas—. Negocios fundados por mi abuelo y de los cuales mi padre tomó las riendas a los veintiséis años.

Ojalá mi vida fuese un poco distinta; que no es que este quejándome de ser rica, probablemente muchas personas darían lo que sea por tener lo que yo tengo, así que lo que menos me conviene es ser desagradecida por ser ridículamente rica. Tener lo que muchos desean y no tienen. No soy tan mimada y menos caprichosa. Es solo qué, yo no puedo dejar de pensar que tan diferente hubiese sido mi vida de haber crecido con una madre a mi lado. Haberla conocido... Pero bueno tampoco tener mamá es sinónimo de dicha y felicidad. Ahí tenemos a mi amiga Eerina, ella tiene una madre— Tamara Harrison—, otra empresaria exitosa tal cuál mi padre, y el pasatiempo favorito de Eerina es quejarse de que su madre no le presta atención en lo absoluto por ocuparse de sus negocios, además de que en su caso, no tiene papá. ¿Pudo haber sido distinta la mía? Ella está muerta, eso nunca lo sabré.

Una vez en la puerta pintada de blanco de mi recámara, me las arreglo para abrirla con las bolsas en la mano y tirar del pomo quitándole el seguro, una vez hecho empujó la puerta con mi cuerpo y entró en mi habitación.

Dejé todas mis bolsas con las compras sobre mi cama. La verdad es que Thiago había sido un lindo acompañándome, aunque lo había manipulado un poco muy a mi mejor estilo. Igual es un lindo amigo.

Me desplomé sobre la cama, un pelín cansada. Hoy tuvimos clases de deporte en el segundo turno y la profesora maltrato un poco mi pobre cuerpecito al ponerlos a dar demasiadas vueltas para mi gusto, además de la caminata en el centro comercial buscando el vestido que deseaba ponerme está noche y el regalo de cumpleaños de mi padre— regalo que dejé en su cuarto, sobre su cama—, entre otras cosillas. Estoy cansada y con un poco de sueño. Ni siquiera tengo ganas de ponerme hacer deberes ahora, los haré más tarde.

Mis ojos turquesa—igualitos a los de mi padre— se quedaron mirando el techo de mi habitación pintada de rosa con blanco y mi cabello se abrió tal cual una cortina sobre la cama, con mis brazos sobre mi cabeza.

Amo el rosa y el blanco; un poco el azul y el rojo. Cómo también bailar, de hecho, asisto a una academia de baile tres veces por semana, lunes, miércoles y sábados. Adoro tocar el piano y tengo uno que me regaló mi padre tras saber que me gustaba. Leer no se puede quedar atrás, soy fanática a la lectura, y las películas románticas. Aunque, prefiero un libro antes que una película sin duda. Se siente más real y mágico.

La verdad amo muchas cosas que me hacen feliz en la vida, pero entre todas las cosas que llenan mi vida un tanto oscura en ocasiones, sin mamá y con un papá que, aunque sé que me quiere dedica más tiempo a su trabajo del que yo quisiera y también a la bruja de su concubina. Yo me llevo las migajas de él. Pero lo que más llena mi vida es tener un amigo tan increíble como Thiago.

Thiago y yo somos amigos desde que éramos muy chicos. Creo recordar que yo tenía unos siete años y él unos ocho; justo en la época que perdió a su madre en aquel accidente de carrera. Diez años de una gran amistad. Inseparables.

La primera vez que le vi fue en una playa cerca de mi casa, yo correteaba por ahí y me lo encontré allí solito, haciendo castillos de arena con cara de enfadado. Esa era una tarde de primavera, hasta puedo recordarlo porque nuestro primer encuentro no fue el mejor. Yo me acerqué para saludarlo con una radiante sonrisa y él me dijo algo así:

—¡Aléjate de mí enana! ¡No me gustan las niñas por tontas! —había gruñido molesto. Ya desde entonces tenía un carácter fuerte.

Recuerdo que me enoje mucho con él y tomé entre mis pequeñas manos un poco de arena y la tire contra su rostro. Él gritó fuerte, pero lo siguiente que hizo fue corretear me por toda la playa. Cuando me atrapo peleamos él sobre mí y yo intentando zafarme de su agarre y su furia.

Luego vino el llanto de mi parte. Él no hizo más que detenerse al verme llorar y me miró con sus ojos caramelo claro desde arriba de mí, pero sin decir nada se levantó y salió corriendo.

No sabía por qué razón pero creí que ese niño que parecía tosco y bruto, necesitaba una amiga. Por lo cual no terminó allí. Volví a la playa nuevamente y lo encontré igual haciendo castillos de arena. Me senté a su lado con toda la intención de jugar con él pero Thiago me pateo de su lado. Y me gritó tal y como lo había hecho la primera vez o quizás más agresivo:

—¡Te quiero lejos de mi enana! ¡No quiero una niña tonta a mi lado!

Y volvió a marcharse corriendo por la playa hacia su casa que quedaba algo cerca—sigue estándolo, vivimos a tres minutos de distancia—. Sonreí sin querer darme por vencida. Era muy terca: lo sigo siendo.

—¡¿Qué haces aquí enana, latosa? —me gruño la próxima vez que nos vimos. Yo solo me acerque y deposite un beso en su mejilla —. ¡¿Qué haces tonta? ¡Qué asco! —gritó limpiándose la mejilla.



Adamessphia

Editado: 08.07.2019

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