Blood Dust -1: Preludio y Deseo.

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||Prólogo||

A manera de Prólogo…

 

Es extraño comenzar una historia con una pregunta, pero esta quizás sea necesaria. ¿Alguna vez has pensado de qué están hechas las emociones o los sentimientos? Los psicólogos dicen que las emociones están hechas de lo que pensamos en general, sobre la vida, sobre quienes nos rodean y sobre nosotros mismos. Y por su parte, los sentimientos son reacciones físicas y químicas de lo que uno piensa.

 

¿Te has preguntado la razón por que las personas frente a una misma situación llegan a sentir diferente? Nosotros podremos imaginarnos cómo se siente el otro. Podremos creer saber que siente el otro. La realidad es que cada persona siente de manera distinta.

 

Mi hermana me solía decir que cuanto más simples son los pensamientos de alguien, más simples son sus emociones y por efecto domino, más simple son sus sentimientos. Claro que nadie puede elegir qué sentir, pero sí que pensar.

 

De pensamientos, de sentimientos, de emociones. De eso se trata esta historia.

 

Cada persona siente diferente porque piensa diferente y por eso la felicidad o el dolor son subjetivos. Algo que me enseñó esta historia fue que hay un sentimiento que, sin importar tu raza, tu religión, tu sexo, tu edad...siempre es único. Y ese sentimiento es el amor. ¿Por qué? Por qué, aunque seas un villano o un héroe, el amor es capaz de hacerte renunciar a tu propio amor, por tu persona amada.

 

¿Qué es el amor? Una pregunta sencilla y tan compleja a la vez que tiene miles de respuestas, pero en todas es igual: no lo buscas, simplemente viene a tu encuentro. Llega, toca tu corazón y te hace sentir que todo va a estar bien ya que, aunque creas que es demasiado tarde, tu corazón nunca se va a rendir porque siempre habrá alguien o algo que proteger. Algo o Alguien por lo que seguir adelante. Alguien a quien amar.

 

 

 

Todas las cosas que tienen forma eventualmente decaen, solo el amor y la amistad permanecen para siempre. – Masashi Kishimoto.

 

 

***

 

Un hombre atlético, vestido de traje con corbata, bebía un vaso de whisky en su oficina. Mientras hojeaba unos papeles, se detuvo al escuchar su celular vibrar.

Era un mensaje que leyó detenidamente. Luego, su mirada se posó sobre una fotografía de un joven oficial recibiendo su placa en compañía de un hombre de unos 40 años aproximadamente bastante apuesto.

¿Cuánto tiempo había trascurrido de ese día? Era tan lejano, pero al cerrar los ojos podía recordarlo como si fuese ayer.

También podía sentir una mezcla de rabia y dolor en su pecho al recordar que aquel admirado mentor suyo fue arrinconado en una trampa sin salida. Era una rabia inmensa por no estar ahí para protegerlo, pero también un dolor que le quemaba al punto de haberle quitado el sueño más de una noche en todos los años que habían trascurrido y podía sentir que ese sufrimiento no iba a desaparecer tan fácil hasta que pudiera hacer pagar a quienes debía. “El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”, recalcaba Buda en sus enseñanzas.

Eso le había dicho muchas veces la joven, ahora una hermosa y orgullosa mujer, que siempre navegaba en sus pensamientos. La extrañaba lo suficiente como para entender que la amaba más que a nadie y más que a nada. El haberla dejado ir es algo que aún le pasaba y también le provocaba dolor.

Se entiende por dolor a una sensación aflictiva del cuerpo, por causa interior o exterior. También al sentimiento de congoja. El dolor es amenaza, limita nuestra libertad, es corporal. Es soledad. Por su parte, el sufrimiento es un padecimiento o pena, aunque algunos filósofos lo describen como la paciencia con que se sufre algo.

El dolor es una experiencia bidimensional compuesta por un estímulo sensorial y un componente emocional. El sufrimiento es un fenómeno psíquico, un sentimiento sin localización somática definida. Tiene un sentido de trascendencia. El dolor tiene un sentido físico y el sufrimiento un sentido metafísico.

 

 

—Pronto haremos justicia, capitán. Pronto la brigada de su sueño estará de pie y ellos caerán, uno por uno.

 

 

 

Golpearon a la puerta y al grito de "Adelante", esta se abrió. Un joven de cabellos cortos y afeitado, vestido de un traje mucho más claro, ingresó.

 

 

 

— Elvis, me alegra verte.

—Usted me llamó, comandante Lenssher.

—cierto, eso fue lo que hice, pero hace dos horas. —Volvió a beber un poco de whisky antes de continuar — ¿Qué te demoró tanto?

—Lo lamento, comandante, pero me perdí en el sendero la vida.

—Ya tengo tu traslado para la nueva brigada en honor al capitán Britannia. Y quiero que fijes tu vista en algunas personas que te diré. Algo así como un perro guardián.



Sol Casartro

Editado: 25.05.2019

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