Blood Dust -1: Preludio y Deseo.

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||Capítulo 03||

 

Capítulo III

 

Las horas pasaron mientras la escuadra 04 trabajaba arduamente investigando todo lo que pudiera ayudarlos a esclarecer el caso.

Mientras Eduard continuaba con la autopsia en compañía de la Doctora Jill, Frances y Steve fueron al lugar de trabajo de la víctima, pero no encontraron grandes datos. La joven parecía que no era muy sociable, que le costaba entablar una relación más allá de lo cordial con sus compañeros y que era extremadamente reservada.

Por su parte, John buscaba datos de Diane Cursbee en registros de la base de datos del FBI, pero no encontraba gran cosa, como si ella no hubiese existido. Fue interrumpido en su labor por el oficial novato que volvía de recoger los datos preliminares de la autopsia en el laboratorio.

—Aquí esta en informe de Eduard firmado por la doctora —Dijo entregándole un sobre— disculpe si me demore pero tuve que esperar unos minutos.

—Te llamas Maurice Bonet ¿No es así? —Preguntó John.

—Así es, capitán Midgley.

John asintió antes de abrir el sobre. Leyó con atención lo que ahí se redactaba, y al encontrar una información que no esperaba, se puso de pie rápidamente asustando al oficial novato.

—¿Qué sucede, capitán?

—Lleva más tiempo muerta de lo que pensamos—murmuró— pero su estado de descomposición externa no lo aparenta.

—¿Cómo? Eso es imposible.

—Pues es lo que dice el informe. Hay algo que se nos esta pasando para resolver esto.

 

***

 

No había sido un día agotador, pero estaba conforme con su nuevo grupo de trabajo. Se pasó leyendo legajos en toda la jornada porque necesitaba distraerse o se volvería loca.

No podía quitarse de la mente el fantasma de aquel beso que no fue, pero ella realmente deseaba. Si, lo deseaba como lo deseaba a él. Deseaba sentir sus manos en su cuerpo. Deseaba su cuerpo junto al de ella.

Iba a enloquecer y temía perder el control. Había estado con muchos hombres antes, casuales. Siempre mantenía la compostura, y sentía como esta situación se le iba de las manos. Debía poner un alto, debía frenar.

Había decidido usar el ascensor para salir de allí lo más rápido posible. Y no contó con que el culpable de sus más bajos deseos la acorralara allí dentro, deteniendo el ascensor.

—¿Qué cree que hace?

—Usted lo sabe igual que yo. —Respondió Elvis—Hay que terminar lo que empezamos.

Eso fue inesperado para ella, pero quizás en el fondo, si lo esperaba a él. Su mirada le estaba haciendo miles de cosas a su cuerpo y ella podía verlo en sus ojos. Podía ver ese deseo ardiente mientras estaba siendo acorralada, no solo contra el espejo del ascensor, si no que mentalmente. Su cerebro era una gran pizarra blanca donde estaba escrito el nombre de él con esa caligrafía perfecta perteneciente a ella.

Cerró los ojos y aspiró su embriagador perfume. Si esto era una tortura, quería que empezara ya y no terminara. Elvis se acercó tan lento, y la besó. Las manos de ella se enredaron en su cuello, mientras que las manos de él la sostenían con fuerza por las caderas, atrayéndola más y más cerca de su cuerpo. Lo único que los separaba era la ropa.

La lengua de él pidió permiso para entrar en su boca a lo que ella no opuso resistencia y la recibió gustosa. La respiración de ambos se aceleraba más y más, a la par que el teniente la sujetó con fuerza para meterse entre sus piernas y que ella pudiera envolver su cadera con sus largas piernas.

Los labios de él descendieron hasta el cuello, y comenzaron a besar con desesperación, dejando escapar un gemido.

 

***

 

Los horarios de la guardia ya habían sido establecidos y como la cuarta escuadra obtuvo el primer caso, ellos empezarían esa misma noche.

Anne se despidió de sus compañeros, quería instalarse en su nuevo departamento por lo que el capitán le dio permiso de salir una hora antes. Por su parte, Cristhian Se hicieron las 20, y Solange se puso de pie luego de apagar la computadora y avanzó unos pasos hacia Adriano, quien seguía somnoliento.

Ella suspiró con un cierto aire maternal. En la academia era igual por lo que ya estaba acostumbrada.

—Adriano, ya es hora de irnos. ¿Por qué no pones atención? —Intentó mantener la seriedad— Te meterás en problemas con los superiores.

—Es que todo es un fastidio. —murmuró antes de bostezar— La verdad es que quisiera dedicarme a estar tirado en el césped, contemplando el cielo.

—Entiendo — aquello provocó una sonrisa en ella. Claro que lo entendía— pero eres un adulto ahora. No me hagas arrepentir de haberte aprobado.

—Si, profesora Britannia.

—¡No me llames así! —se quejó ella, algo sonrojada— es incómodo.



Sol Casartro

Editado: 25.05.2019

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