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II. Luminiscencia

12 de enero del 2013

¿Qué se suponía que hacía vagando en los pasillos? Aguardar paciente a que su lapso se rasgara y de una vez, se fuera. Era increíble que hubiese profesionales dedicados a pelear contra la muerte cuando él ni siquiera estaba apto para ver inyecciones sin desmayarse.

Luke disipaba atardeceres escuchando a esposas, hijos, abuelos, tíos, hermanos y un sinfín de terceros que permanecían momentáneamente en la sala de espera orando por un milagro que para algunos acaecía y para otros no. En resumen, la aleatoriedad era ineludible, no discriminaba bondades que ciertos individuos ponderaban en comparación a los demás. Vio fallecer a un anciano por tuberculosis, tres niños por leucemia y una púber por sobredosis de heroína. ¿Injusto? El anciano era un veterano de guerra que rescataba perros callejeros, los niños no sobrepasaban la década y eran primogénitos, la preadolescente sufría bullying y era una destacada estudiante en física que adoraba a sus papás. Y tal vez, solo tal vez, él estaba entendiendo que lo complejo de existir era el desaferrarse de quienes iban dándole orientación, soporte y estabilidad a la par que caos, incertidumbre y desequilibrio a lo corto que era el «ser y estar». Porque el concepto vida era igual de racional que emocional, sin embargo, la mezcla no se mantenía homogénea entre esos dos; uno, un enemigo enmascarado de amigo, el siguiente, un amigo que asimismo era enemigo. La equidad era una rama del socialismo utópico en este peculiar conflicto de dualidad.

—Estamos rotos.

Más de una semana condenado a no contribuir y promover, más de una semana que Liv sacaba sus cálculos en inversa. Los números y figuras gravitaban en el pesado oxígeno de ese inmueble o ella desmadejada, agonizando y amando... fenecía con él. Había reducido las libras sobrantes de sus setenta de cintura con labios resecos por besos confinados y ojeras que ya no cabían en su fisonomía. La Liv que delineó el paisaje colindante, entre el azul de él y su verde, goteaba anulando las huellas que plasmaron con las plantas de los pies en lo finito de la arena, en una playa que se eclipsaba a medida que su primer amor, también.

—Te regalo lo que tengo y tendré, solamente no me quites la ilusión con que vivo, no me adiestres a vivir sin ti —musitó yéndose; quizás a pensar en lo gigante que se transformó su cuarto o el de su vecino, Luke.

Él caminaba detrás de ella buscando atraparla y darle indicios de que sí, sí estaba allí, pero cada ensayo fracasaba con su musculatura contra el piso o esquivando doctores y enfermos para no atascarse en una multitud. Si no era palpable en propiedad, ¿por qué parecía ocupar un lugar tridimensional?

—Te acompaño, Liv.

Las puertas de salida se abrieron reparando un sol que calcinaba por la potencia con que emitía sus rayos ultravioletas. Si él no fuera el vacío de algunas biografías, estaría transpirando y quejándose, totalmente opuesto a Liv que amaba lo cálido.

La ciudad no paraba; los carros, los ciclistas, las tiendas, el transitar no se inmutaba más que para ellos. Liv con las manos dentro de los bolsillos delanteros de su vaquero degastado y Luke detrás, pateando la piedrita que se atravesó entre ellos y la ruta a casa, iban descubriendo que el mundo estaba infestado de malicia, depresión y los sentidos eran unos embusteros, en especial el de la visión. La luz que difractaban variaba respecto a las acciones, sentimientos y pensamientos.

Las almas mustias carecen de luminiscencia.

Luke tradujo, debido a su estado actual, que lo abstracto fosforecía y se ocultaba con mañas. —¿Por qué apagas el fulgor del mar? Tú profesabas que el azul era nuestro cliché —le hablaba y, aunque vociferara con vigor, Liv no se prestaba a sus reclamos.

Empero, tampoco estaba perdido si en la estación de autobuses una nena le miró y sonrió pretendiendo que su mamá igualmente lo distinguía. La mujer creyó que señalaba a Liv por el balbuceo y mímicas de su chiquita. —Sí, Mía, es muy linda —mintió distanciándose de la chica que vestía funestos harapos, porque, según ella, no tenía a quién impresionar. No obstante, la pequeñita porfiaba que a quien hacía referencia era a Luke, por lo que él se agachó a su altura y le peinó los rizos castaños, disminuyéndole la inquietud.

—¿Puedes verme? —Ella asintió—. Soy Luke, un placer conocerte a ti y a Mercedes. —Mía ensanchó la mirada—. Así es, sé quién es —confirmó guiñándole a la pelirroja que, a unos pasos, vigilaba esos pinitos esta vez uniformada y no disfrazada de niñita—, ella es tu ángel guardián, espero nunca la olvides ni deseches tu inocencia. No crezcas.



Marahya

Editado: 25.08.2018

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