Boda Con El Magnate

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Capítulo 3

Jueves.

Daniel había llamado a Emily con una sonrisa en los labios. Estaba estresado y aburrido, pero aquella mujer lo tenía fascinado. Siempre pasaba algo interesante entre ambos. Siempre debía llevarle la contraria y discutirle, es como si no se cansara.

Era divertido estar con ella. Nunca había gozado tanto en hacer enfurecer a una persona. Le encantaba verla roja, enojada por algún comentario deliberadamente machista que había hecho para hacerla enfurecer. O aún mejor, estaba seguro de que le iba encantar ver su expresión sorprendida cuando entrara por su despacho. Había investigado acerca de ella en cuanto había pisado Londres, y no paraba de fascinarse. Se preguntaba ¿Por qué una niña rica y mimada trabajaría en un bufete de abogados aparte a la empresa de su padre? ¿Sería parte de una protesta? ¿Una declaración de independencia, quizás? La realidad es que no le importaba. Le importaba conocerla en ese momento, ver de qué era capaz. Ella era un misterio para él.

—¿Hola? —la escuchó responder.

—Emily Rose, estoy subiendo.

—pero tú no sabes donde yo… —comenzó ella a decir cuando Daniel irrumpió en la habitación con una leve sonrisa.

—Ahora sí—dijo él colgando el teléfono— hola Emily Rose.

—¿Cómo sabes dónde trabajo?

—Tengo contactos.

—Me mandaste a investigar—afirmó ella seriamente—Y me imagino cómo me encontraste.

—Te busqué por tu nombre.

—No hay una Emily Rose Sonenclar en Australia.

—Pero sí hay una Rose Jeffrey.

—Escucha—dijo ella— no tengo deseos de discutir, tengo mucho trabajo y… —él se acercó a ella y le dio un vistazo a los papeles en los que estaba trabajando.

—Deja que te ayude.

—Dudo que sepas nada acerca de leyes australianas—contradijo ella.

—No sé nada acerca de leyes australianas, pero sé bastante acerca de leyes internacionales.

—¿Podrías irte? —preguntó ella suavemente— no estoy de humor para pelear contigo.

—Yo tampoco, pero no puedo dejar que te canses tanto.

—¿Estaré pagando algo contigo?

—Sí lo estás—contestó él— estás pagando el precio de tu herencia al casarte conmigo.

—De acuerdo—concedió ella— yo gano mi herencia, ¿pero tú que tienes a cambio? —Preguntó. Él se volvió a la ventana y miró el paisaje, con mirada perdida.

—Escuchaste lo que decía el testamento—Contestó con voz ronca.

—No creo que una mísera porción de Maxwell sea suficiente para ti.

—Tal vez no me conoces lo suficiente como para asumir eso— ella lo observó en silencio. Su tono era sombrío y le advertía no volver a preguntar. Decidió que debía irse para no cometer algo indebido.

—¿Sabes qué? —preguntó ella— creo que lo mejor es que me vaya, apaga la luz al salir.

—Iré contigo.

—No es necesario.

—Pero voy a hacerlo de todos modos, así que no gastes tus energías en cosas inútiles, cara.

—Iré a mi casa.

—Y yo iré a mi hotel—replicó él— te recogeré en media hora para cenar.

—¿También sabes donde vivo?

—¡Que inocente eres, carissima!

—Vete al diablo—Espetó ella, caminando hacia su auto. No sabía que su pelo rubio ondeando al aire y sus labios carnosos habían despertado el deseo de él de domarla.

—Voy a hacerlo—susurró él detrás de ella. La volteó para que lo mirara a los ojos— pero vendrás conmigo, y, cara—dijo antes de tomarla en sus brazos, Emily intentó zafarse, pero fue inútil.

—¿Qué demonios?... —fue lo último que pudo decir antes de que él tomara sus labios. Al principio puso un poco de resistencia, pero terminó sucumbiendo a él. Suponía que él era un experto en la materia. Los labios de Daniel eran suaves, exigentes y llenos de promesas sensuales que le hacían desearlo. Cerró los ojos y se dejó llevar al sentir se los movimientos hábiles de Daniel, sus labios ¡Su lengua! Sin poder prevenirlo Emily sentía que corría por su cuerpo un fiero calor líquido que finalizaba entre sus muslos y sus entrepiernas. Entonces él rompió el beso y la miró, parecía aturdida.

—Ahora sí que pareces la mujer de un hombre apasionado, cara—comentó él burlonamente— tienes media hora—sentenció él. Ella se limpió los labios de su contacto.

—Vete al infierno mil veces, Daniel Baltimore—lo escuchó reír roncamente y ella lo despreció por ello.

Daniel Baltimore era un hombre despreciable, vil, horrible, pero vaya que sabía besar. Debía reconocer que jamás había sentido tal sensación, tal debilidad con ninguna otra persona. Él la hacía débil con su roce y si continuaba cerca, tal vez le haría perder la cabeza o peor aún, el corazón… Eso no podía pasar. No otra vez.



Han Paula

Editado: 06.12.2019

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