Boda Con El Magnate

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 23

Daniel se puso de pie y recorrió la distancia que lo separaba de su esposa en tres zancadas. La abrazó contra sí al verla tan pálida y tan terriblemente asustada.

—¿Qué está pasando Daniel? —preguntó ella temblando— ¿Por qué quieren hacernos daño? —Daniel la sujetaba entre sus brazos firmemente, tratando de absorber todo el miedo de ella en su cuerpo. Emily temblaba compulsivamente, su cuerpo en tensión. Tenía miedo de que algo malo les pasara. Tenía miedo de que algo malo pudiera pasarle a él.

—No lo sé, cara—confesó— sin embargo, ya tengo un plan.

—¿Lo atraparás? —preguntó ella sin mirarlo a los ojos. Él asintió con la cabeza.

—Sabes que sí—contestó él esbozando una sonrisa— mientras tanto irás a Italia—ella se separó de él con ojos muy abiertos.

—¡No puedo ir a Italia! —espetó— no sé italiano, no tengo familiares ahí, ¿Sabes qué es huir a un sitio desconocido?

—Cara—suspiró él— no es como que vivirás en Italia, es algo temporal.

—¿Sabes cuantos permisos he pedido en mi trabajo? —preguntó ella— yo no soy la jefa en este bufete—espetó— no puedo simplemente desaparecer.

—Puedes hacerte cargo del equipo legal de nuestra filial en Italia—ella negó con la cabeza.

—No estoy especializada en leyes italianas.

—Que yo sepa eres una abogada corporativa especializada en leyes internacionales—refutó él— si eso no puede ayudarte…

—No quiero, maldita sea—se negó ella— me niego a huir—Daniel frunció el ceño.

—¿Me estás llamando cobarde por querer tu seguridad?

—¿No existe otra solución que no sea esta? —Daniel se encogió de hombros.

—No.

—¡Maldita sea, odio cuando me haces ver como la irracional! —exclamó— ¿Por qué no puedes entender lo difícil que es para mí el irme de esta manera? —Daniel puso los ojos en blanco.

—¿Crees que no es difícil para mí? —preguntó él— Pero qué crees que prefiero, ¿Que te vayas a Italia o simplemente recibir otra llamada y rezar para que una vez más hayas sobrevivido?

—¿No puedes simplemente atraparlo?

—Necesito tiempo para atraparlo—espetó él— tiempo que gasto preocupándome de tu seguridad si estás aquí.

—Maldita sea—maldijo ella— maldita sea y diez mil veces maldita sea—Daniel la tomó por la muñeca.

—Dame un mes, cara—pidió—confía en mí y dame un solo mes—Emily se dio la vuelta y lo dejó solo en el despacho.

Diablos.

 

Daniel fue hacia ella rato después. Estaba sentada en el patio mirando hacia el vacío. Su rostro serio y lenguaje corporal tenso le comunicaba que tal vez hablar con ella en ese momento no era la mejor idea. Sin embargo, tenía que intentarlo por el bien de ambos.

Debía hacer todo lo que estuviese en sus manos para protegerla. No podía dejar que nada malo le pasara. No otra vez. Suspiró, cansado. ¿Por qué no podían tener un matrimonio normal? ¿Tenía todo que ser tan difícil para ellos?

—No te quiero ver—le notificó Emily desde la distancia— no te acerques, porque no te quiero ver.

Daniel echó una leve carcajada.

—¿Quieres insultarme? —preguntó con humor. Ella volvió la cabeza para no verlo.

—Se me han acabado los insultos últimamente—respondió— prefiero ignorarte.

—Todo por no darme la razón—atajó él ella lo miró a los ojos, rabiosa.

—¿Qué razón? —preguntó en tono agresivo— ¿Qué te hace pensar que estaré feliz de mudarme a dos países distintos en el lapso de menos de un año? —continuó— ¿Cómo se puede cambiar la vida de una persona de esta manera?

—No estoy feliz con esto, cara—ella bufó.

—Lo sé, maldita sea—reconoció— sé que no tienes muchas opciones.

—No tengo otra opción—la corrigió él— esto es lo único que puedo hacer.

Emily suspiró entonces. No tenía la energía para pelear.

—Vendrás conmigo, ¿Cierto? —Daniel se mordió el labio inferior.

—Si voy contigo ¿Irías?

—Sí—contestó ella— lo haría.

Daniel se quedó en silencio por un momento.

—Hay un lugar adonde solía ir con mi padre y mi hermano cuando era niño —le contó— era una plaza en la ciudad—Emily lo escuchó mientras los ojos de él se tornaban tristes.

—Es la primera vez que me hablas de tu hermano—comentó ella. El rostro de él se ensombreció.

—Mi padre, mi hermano y yo solíamos alimentar palomas en una plaza de la ciudad—contó él— y un día, una de las palomas decidió seguirnos a casa—Emily sonrió— debíamos tener mi hermano y yo como seis o siete años.



Han Paula

Editado: 06.12.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar