Boda Con El Magnate

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Capítulo 27

Las semanas siguientes fueron tranquilas. Emily había encontrado paz en la tediosa —y pacífica— rutina que había construido en la hacienda.

Salía al mercado de la ciudad por la mañana, ayudaba a Aurora y a las otras muchachas a preparar el almuerzo, cabalgaba en las tardes y ayudaba a fabiano con su tarea, y hablaba con su marido todas las noches.

Nada podía hacerla más feliz.

Daniel le había dicho que no había nada que ella se hubiera perdido en las últimas semanas. Le hablaba de eventos tediosos y de cómo estaba pasando tiempo con Luke.

Sin embargo, había algo dentro de ella que le gritaba y le decía que algo no estaba bien. Era como una corazonada.

—Escuché que hay un riachuelo cerca de aquí—dijo ella una mañana. Aurora y Alfredo asintieron.

—Si vas a caballo estaría como a tres horas—Emily frunció el ceño.

—Está bien lejos—se quejó.

—Pero es precioso—refutó Aurora— una joya de la localidad.

Emily miró por la ventana entonces. Estaba deseosa de hacer algo nuevo para variar.

—¿Cómo puedo llegar? —preguntó— ¿Podría alguien llevarme?

—Puedes ir con dos de nuestros hombres—contestó Alfredo— David saldrá en la tarde así que no puedes ir con él.

—¿Puedo llevarme a Fabiano? —Alfredo y Aurora se miraron.

—Creo que estás involucrándote demasiado con ese muchacho—dijo Aurora haciendo un mohín— necesitas dejarlo en paz—Emily frunció el ceño.

—¿Por qué les molesta que me involucre con él? —preguntó— Es sólo un niño y está solo la mayoría del tiempo.

—Agradezco a Dios que seas tan buena mujer, pero él necesita recordar su lugar—espetó Aurora— él no es el niño de la casa para que la signora lo ayude con su tarea.

—Es inteligente y sagaz—lo defendió Emily— ¿Cuál es el problema con que lo ayude con su tarea? —Aurora se puso la mano en la cintura.

—Fabiano es un niño huérfano, mi signora—espetó— no necesita encariñarse con nadie que se terminará yendo, es suficiente con que haya perdido a sus padres—Emily se quedó en silencio y soltó un bufido, de repente ya no tenía hambre.

—Si tanto le molesta el que yo me involucre con Fabiano, no lo llevaré conmigo y se acabó—Emily se levantó de la mesa y dejó la sala. No sin antes haber escuchado a Alfredo decir:

—No podrás ocultarlo por siempre, Aurora—dijo él— hay secretos que están destinados a salir a la luz.

Emily frunció el ceño entonces. ¿De qué hablaban?

Rato después estaría en camino al río con dos de los hombres de la hacienda. Eran altos y toscos, aunque si bien, no se veían muy atléticos.

Puesto que no hablaban mucho inglés, Emily se abstuvo de buscarles conversación. En vez de eso, se dio el lujo de pensar. Ellos por su parte, se pasaron el camino entero discutiendo entre ellos.

¿Qué estaba pasando? Se preguntaba ella.

Estaba tan absorta en sus pensamientos que no se dio cuenta de que estaban por llegar al río. Sacudió la cabeza y se dio cuenta de la belleza del río. Era inmenso. Bajó del caballo y se acercó al agua cristalina y dulce.

Entonces sintió dos manos fuertes agarrarla por la cintura y halarla con brutalidad.

Emily cayó al suelo con los ojos bien abiertos. Los dos hombres se estaban desabotonando los pantalones. Tomó una piedra y se la lanzó con todas sus fuerzas.

—¡No! —gritó ella— ¡No, maldita sea! —Emily cerró los ojos y se abrazó a sí misma, asustada. Sintió como los hombres se le acercaban y entonces escuchó un golpe seco.

Fabiano estaba delante de ella, protegiéndola. Él tomó dos piedras y se puso delante de los hombres, retándolos con la mirada. Los hombres se rieron y uno de ellos le dijo algo que ella no entendió. Fabiano contestó con una grosería y lo escupió en la cara ganándose un puño que lo tiró al piso.

—¡Fabián! —chilló ella llena de impotencia.

Emily echó un grito ahogado, pero entonces lo vio levantarse. Fabiano tomó la piedra y la estrelló en la sien del hombre de un solo golpe. Estaba mordiéndose el labio inferior con una rabia para nada común en un niño. El hombre en cuestión se tocó la cabeza y al ver la sangre chorrear trató de golpear a Fabiano una vez más, esta vez ganándose un derechazo en la mandíbula.

—¡Fabiano, tienes que irte! —gritó ella, él negó con la cabeza.

—No voy a dejarla, signora Emily—se negó él con fiereza— ¡No lo haré!

El otro hombre entró en acción y pateó a Fabián en el estómago, haciéndolo gemir sordamente. Fabián se dobló en sí, completamente estribado por el dolor y Emily aprovechó para seguir lanzando piedras.



Han Paula

Editado: 06.12.2019

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