Broche Liberado

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Capítulo II: La Furia de una Prometida.

Cecilia llevó a Alton al salón de baile donde se conocieron de vista por primera vez, ahora ella portaba un hermoso vestido blanco, digno de una princesa. Lo invita a bailar con la repentina música de Waltz, todo era raro, repentino y misterioso, más Alton no se daba cuenta de nada.

Pensaba que todo era perfecto, solo porque ella así lo aparentaba.

Estaba muy ocupado mirando a su amada en como se movía, lo miraba y le invitaba a bailar, cosa que aceptó sin pero alguno, confiaba plenamente en ella. El baile terminó al igual que la música, Cecilia posaba en sus brazos mientras ella lo sostenía por la nuca para no caer al suelo, era la típica pose donde las personas siempre terminan besándose. Sus labios estaban a tan solo centímetros, ambos deseando comerse, pero cuando estuvieron a punto de besarse, la escena se volvió oscura.

Alton se vio perdido y buscaba a Cecilia con desespero.

— ¡Su alteza, le hemos traído el desayuno! —Alton despierta agitado, se hallaba sudando y un cosquilleo en sus labios estaba presente.

Era del pequeño roce de los labios de Cecilia en su sueño o eso quiso imaginar él. Sin comprender como sus sueños cada vez se sentían más reales, prefirió no pensar en ello, de esa forma no perdería de vista a esa mujer aun si en realidad no está presente.

— Adelante —indicó algo calmado mientras se tocaba los labios con la yema se sus dedos.

— ¿Se encuentra bien, señor? —pregunta su más fiel mayordomo, en quien podía confiar a ciegas y quien le daba los mejores consejos.

El príncipe mira a todos lados indicando con la mirada que quería hablar en privado, sentía la necesidad de platicar de su problema y sacar de su pecho todo lo que sentía. Sacó, el mayordomo, a todos de la habitación para que él hablara con tranquilidad.

Siempre le había gustado ayudar al príncipe sin cuestionar nada y sabía guardar sus secretos aun si los padres del mismo le intentaran comprar su lealtad con mucho dinero. Nunca lo había aceptado, nunca le había fallado a su príncipe a quien le había devoto su vida y a quien único serviría con fervor.

— Leo, creo que me estoy volviendo loco. —se sinceró algo frustrado pasando su mano derecha por su cabellera.

El mayordomo lo mira sorprendido y preocupado—. Señor, no diga es...—fue interrumpido.

— Loco de amor. —Leo sonríe aliviado.

— Señor, eso es algo bueno, ¿por qué está tan frustrado?—cuestionó confundido y Alton comienza a salir de la cama.

Se acerca a Leo preocupándolo un poco. El mayordomo sabía —por su rostro—, que su amo no estaba bien, lo conocía como la Palma de su mano, desde pequeños habían estado juntos.

— Porque no es de Gisela —el mayordomo lo mira sorprendido—. La veo en todos lados, ¡hasta en mis sueños! —sonríe por unos segundos antes de frustrarse nuevamente—. Siento que no puedo vivir si me llegase a faltar, tengo que buscar la manera de estar con ella —confesó mirándolo a los ojos.

— ¿Y qué hay con Gisela? Tus padres no lo permitirán y romper el trato con la familia de Gisela podría ocasionar una guerra entre los reinos.

— Y crees que no lo sé, ¿pero qué puedo hacer? La amo, no sé porque... pero la amo. No quiero perderla, ¿sabes?

Alton mira el suelo, luego su desayuno mientras trataba de reprimir sus sentimientos. Se había olvidado de las consecuencias que contraerá romper con Gisela, su corazón no era para ella y lo sentía profundamente.

Si tan solo Cecilia hubiese aparecido antes del trato. Si tan solo no fuera un príncipe –pensó alejándose de Leo.

— Quiero estar solo, que nadie me moleste. —ordenó deprimido y Leo le hace reverencia antes de dirigirse a la puerta.

— Como usted ordene, su alteza. Si necesita algo, llámame —con eso se fe y Alton se dirige al baño.

Gisela estaba enojada, no había visto a su prometido desde hace 3 días. Se había encerrado en su habitación y no dejaba que nadie entrase, solo su mayordomo Leo tenía ese privilegio. Cosa que a ella le enojaba más y poco a poco iba apagando el deseo del amor ilusionado que ella había formado desde que le impusieron la idea de casarse con un extraño.

Ella se había encargado de ir personalmente y todos los días, a la habitación de él sin avance alguno. Nadie sabía porque el príncipe comenzó a comportarse de esa manera y sus padres habían salido a una reunión importante al extranjero con otros reyes. Así que no tenían ni la menor idea de lo que estaba pasando en el palacio.

— ¡Alton, abre por favor! —pidió Gisela desesperada, dejando que su ira tomase control de sus acciones—. ¡Tienes que comer algo, al menos!

Golpeo la puerta con sus manos, se alejó y luego dio varias vueltas por todo el pasillo para tranquilizarse un poco. Pensando en lo malo que era Alton como prometido y futuro esposo, se fue a su habitación no sin antes llevarse enredada a una de las sirvientas que intentaba calmarla.

La sirvienta cae al suelo lastimando su muñeca al intentar detener la caída con sus manos y la princesa la mira furiosa sin percatarse de nada por la furia.

— ¡Mira por donde andas, escoria!

Justo en ese instante, las puertas de la habitación del príncipe se abrieron de par en par dejando ver a un Alton cabreado. Gisela lo mira sorprendido y algo atemorizada por todo el escándalo que había formado antes, más la expresión de él la hacía sentir culpable.

— No tienes ningún derecho de maltratar a mi personal —atacó mientras se acercaba a la sirvienta para ayudarla a levantar.

— Ah ahj... mi muñeca —se quejó adolorida y el príncipe opta por tomarla por el antebrazo para no lastimarla.

— Vayan a curarla —le ordenó a las otras sirvientas que estaban presentes, quienes se apresuraron en asistir a su compañera.

— Oh vamos, no seas exagerado. Cualquiera diría que en verdad te importa esta gentuza —comentó con ironía mientras sonreía, pero no duró mucho por la mirada fría que le brindaba Alton.



Bonet Laboy

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En el texto hay: tragedia, realeza, amor oculto

Editado: 18.10.2019

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