Broche Liberado

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Capítulo V: La Frialdad de la Soledad

Su sirviente se llamaba Nala, siempre había cuidado de Blanca desde que nació, puesto que su madre había muerto en el parto y no tenía ninguna figura femenina en la familia que la ayudase a comprender lo que es ser mujer. Por ello Blanca era la líder del ejército, no solo porque había nacido con poderes que mataron a su madre, sino porque también se había criado rodeada de hombres, quienes eran su padre y sus 5 hermanos mayores.

Aprendió a ser mujer entre los descaros de los hombres que le rodeaban y se había dado el lugar que merecía. Probar a su padre que era igual de ágil que sus hermanos era lo que más le importaba y haría todo lo que pudiera para conseguirlo.

— Le he traído una manta, señorita —indicó Nala extendiendo la manta para que Blanca la tomase.

La princesa, mira la manta con odio y cambia su mirada al horizonte como si estuviese buscando algo.

— No la necesito, úsala tú —ordenó debido a que estaba acostumbrada al frío que emanaba de su interior.

Con la mano en el puñal que tenía en la cintura, baja de la roca enorme que le proporcionaba una altura perfecta para poder ver el horizonte de antes, se acerca a Nala y le sonríe, luego se monta en su caballo para seguir la marcha.

— ¡Levantaos todos!¡No hay tiempo que perder, sigamos la marcha! —gritó espantando el sueño de muchos.

Los que tenían caballos se montaron en ellos y los que no, tomaron sus pertenencias y les siguieron a pie. Solo habían detenido su paso para comer algo y como ya habían terminado, no había razón por la cual quedarse más tiempo atrasando la jornada.

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Abriendo los ojos, se topa con la mirada de Cecilia, quien le sonríe tocando su cabello rubio como si le estuviese peinando. Habían pasado una noche maravillosa, llena de amor y pasión. Ambos habían declarado el amor que sentían el uno al otro, estaban dispuestos a todo lo que la vida les pusiera frente si estaban juntos.

El panorama se torna negro, la calidez de Cecilia ya no se hallaba presente, la soledad le cundió el pánico y el desespero por encontrarla se hizo cada vez mayor. Una luz cegadora, hace que la escena cambiara otra vez, ahora se veía frente a un altar donde dos mujeres vestidas de blanco le esperaban.

Alton reconocía a esas dos mujeres aún sin verlas de frente, sabía que una era Gisela y que la otra era Cecilia, ambas esperando su llegada. Cuando fue a dar el primer paso, se giran para enfrentarlo, aunque terminan mirándose la una con la otra con un tanto de odio. Portaban el mismo vestido de novia, las mismas prendas y hasta el mismo peinado, pero Anton solo tenía ojos para Cecilia. Pensaba que todo le quedaba mejor y no veía la hora de volverla hacer suya.

— Príncipe Alton —hablaron al unísono—. Ahora debe escoger con quien se casará, si conmigo o con...

— Cecilia —mencionó mirándola con odio.

— Gisela —dijo a la misma vez que la otra con aires de superioridad, un porte de realeza que no había visto en Gisela y acto que le dejó más maravillado.

Alton iba hacer su decisión, escogería a Cecilia por amor, pero cuando Gisela vio que miraba a su contrincante mientras se acercaba al altar, decidió hablar.

— Recuerda que el futuro se tu pueblo pende de un hilo y ese hilo lo sostengo yo. —anunció seria, confundiendo la mente de Alton.

Ya no podía ser egoísta, no podía pensar en él mismo siendo un príncipe y futuro rey, sino, se convertiría en un rey sin pueblo... un rey solitario que no tiene nada más que un título. Miró a Cecilia triste, quería recogerla a ella, más su deber no lo permitía.

— Tienes razón —aceptó la verdad cabizbajo sin poder mirar su verdadero amor.

Quebrando el corazón de Cecilia, siguió su camino a lo que sería el fin de su amor y una larga vida de amargura. Ella también comienza a caminar para alejarse del altar el cual ya no le pertenecía, le había quedado muy claro las acciones de Alton y quería salir de allí lo antes posible.

Cuando ambos estaban a punto de pasarse por el lado, Cecilia se detiene y Alton también lo hace quedando a su lado.

— Pensé que me amabas —susurró con la voz quebrada en señales de un futuro llanto.

— Y te amo, realmente te amo, pero no puedo casarme contigo. —anunció él tan herido como ella, pero ésta se vuelve vulnerable y deja salir unas cuantas lágrimas que terminaron de romper el alma de Alton.

A punto de decirle otras palabras, Cecilia sigue su camino directo al bosque donde ella lo había llevado la primera vez que hablaron. Él le sigue con la mirada y el remordimiento pudo más que cualquier deber como príncipe.

— Cecilia, espera —pidió girandose hacia ella para seguirla hasta que no pudo avanzar más—. Cecilia, por favor, espera —gritó al ver que ella seguía su camino y él no podía seguirle como si una pared invisible le impidiera el paso, intentó traspasar esa barrera sin excito—. ¡Cecilia, no te vayas! —la tristeza siguió inundando el panorama hasta que no pudo contener las lágrimas, ella también lloraba y le miró por lo que sería la última vez—. ¡Cecilia, regresa, por favor! —suplicó a gritos mientras Cecilia le miraba atacanda en llanto.

Al ver que ella se gira para seguir su camino al bosque, fue como si su corazón fuese arrancado de su pecho por el dolor inmenso que sentía.

— ¡Cecilia, de verdad que te amo!¡ Te amo!¡Cecilia!

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Leo entra a la habitación justo cuando Alton despertaba gritando el nombre de su amada y quedando sentado en la cama por el horrible sentimiento de abandono de ella. Cierra las puertas con pestillo y se apresura a llegar al príncipe con una cara de preocupación.

— ¿Señor, por qué llora? —preguntó al ver lágrimas correr por sus mejillas y Alton se apresura en secarlas antes de cubrir sus ojos llorosos.

— Nada, yo...—comienza a salir de la cama—. Yo solo tuve una pesadilla. —indicó tratando de ocultar su tristeza, cosa que no logró puesto que Leo ya le conocía bien.



Bonet Laboy

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En el texto hay: tragedia, realeza, amor oculto

Editado: 18.10.2019

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