Brotherhood

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CAPÍTULO 3: PARAÍSO

Siete años habían pasado desde la llegada de los chicos a aquel remoto bosque en medio de lo que parecía ser un mundo desértico.

Nada sabían de la razón por la que un lugar como en el que estaban podía llegar a existir entre semejante cantidad de tierra muerta e infértil. Pero tampoco se lo habían preguntado mucho realmente. Lo que sí investigaron en profundidad a lo largo de los años fue el bosque y sus alrededores, comprobando así la inmensa extensión del mismo. Había también varias “cuevas” más a parte de la que descubrieron la primera vez.

De hecho, cada vez que comenzaba la estación del otoño, al ver las primeras hojas de los árboles caer, los chicos “migraban” a una cueva mucho más profunda y cálida. A diferencia de en la que estaban ahora, que no era tan profunda, ni retenía tan bien el calor. Esa resultaba perfecta para la estación cálida.

Los chicos crecieron bien en el bosque. Habían logrado sobrevivir todos, desde Raimon, con ahora catorce años, hasta Zahra, de ahora ocho. Todos crecieron sanos y en buenas condiciones, desprovistos de enfermedades, con buena condición física, y con buen alimento casi todos los días, gracias a la administración de Raimon cuidando a todos y enseñándoles siempre algún truco nuevo, y gracias a la libreta de las hermanas.

Durante su tiempo libre, Raimon aprovechaba para estudiar la libreta que en un principio, parecía tener no más que las anotaciones básicas respecto a la comida, los animales y otros consejos de supervivencia, pero con el correr de los años y el desarrollo de su cabeza, logró percibir que no era tan solo una libreta de supervivencia. Esta guardaba secretos, algunos de ellos aún no lograba comprenderlos, y tal vez no lo hiciera nunca. Pero, si no existía la necesidad, ¿para qué hacerlo? Estaban bien en el bosque, no les faltaba nada. Ni agua, ni comida, ni cobijo por las noches. Entonces, tal vez no fuera necesario. Tal vez…

Se reunieron todos en la entrada de la cueva al momento en el que el sol llegó a su punto más alto. Ese era su punto de encuentro siempre para almorzar.

—Por fin llegas— reprendió Regina a Leo, el último en regresar.

—¡Sí! ¡Pensamos que te había comido un pescado gigante!— se burló Álex, siempre con su resortera personalizada en mano.

—Esa es buena— rio el propio Leo, frotándose el cabello y hasta, según Zahra, algo avergonzado—. Es que la otra vez me perdí— explicó entre risas el joven de once años.

—¡Dios mío!— suspiró Iris, así como Carol y el resto de las chicas—. Es obvio que debiste darte algún golpe en estos años para que tu sentido de la orientación sea tan malo.

—¡Oye! Yo no soy el que…

—Shhh— calló Raimon, relajado—. Vamos, vamos. No se peleen, menos ahora que quiero almorzar— pacificó tranquilamente, tal y como hacía siempre que salía un tema de disputa, y no eran pocas las veces. Él no solo actuaba de cazador de las especies que no fueran ni peces ni aves, sino que también era el pacificador del grupo. Esto significaba que era el encargado de evitar cualquier disputa.

Dicho esto, todos agarraron un pescado cocinado en una buena y semiprofesional fogata. Carol se había encargado de la cocina con las enseñanzas de Raimon. Para él, esto significó un gran alivio, pues ya no tenía que concentrarse en esa tarea.

Al finalizar el sabroso almuerzo, Zahra se encargó de recoger las sobras y de llevarlas a una parte del bosque que usaban de “tacho de basura”. Ahí hacían un pequeño hueco donde guardaban la basura y los desperdicios. Era un lugar alejado de la cueva, pues no podían permitirse que el olor atrajera a algún animal y este se encontrara con siete niños desprevenidos viviendo ahí.

Al crecer en un bosque completamente solos, la habilidad de los chicos, en especial la de los cazadores, se había incrementado muchísimo.

Hacía siete años, poco podían correr sin que se cansaran y tuvieran que parar. Cosa que a los monos de la zona les venía al pelo pues, estos, mucho más rápidos, solían robar la fruta que ellos sacaban justamente de los árboles, obligando a los niños a pasar por la humillación de volver con las manos vacías.

Raimon, con ahora catorce años, era capaz de, no sólo alcanzar, sino también de superar a los pequeños peludos que durante gran parte de su infancia lo molestaron y usaron para robar fruta.

Y de hecho, eso hacía. Ahora mismo se hallaba caminando por el bosque cuando vio a un par andando.

—¡Oye, monito!— miró a uno con cara pícara. Le sacó la lengua y le tiró una ramita, sin fuerza, con la intención de molestar—. ¡Bobos! ¡Atrápenme si pueden!



Nico Wokker

Editado: 16.08.2019

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