Brotherhood

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CAPÍTULO 12: TEMORES

—Veamos… primera prueba— susurró. Luego, se dirigió a los niños—. Digan sus nombres, de izquierda a derecha.

—Zahra.

—Leo.

—Álex.

<<No está mal— pensó Darvanda con cierto aire triunfal—. Nunca había probado mi hipnosis en unos niños, así que haré una segunda prueba>>

Desató a los chicos y ordenó que cada uno golpeara en la cara al otro. Así, Álex se vio forzado a golpear a Zahra. Zahra a Leo. Y Leo a Álex.

No había rastro de arrepentimiento ni ninguna facción de tristeza o resistencia en el rostro de los niños. La hipnosis resultaba ser más potente mientras más pequeño fuera el hipnotizado. Puesto que, cuando hizo el mismo experimento con adultos, estos demostraban serias expresiones de tristeza conforme obedecían.

<<No es conveniente que esos mocosos estén juntos…>>

—Tú, Leo— señaló al de la derecha.

—Soy Álex, señor Darvanda.

—¡No me importa! Tú irás a trabajar en la sección de agua. Tu trabajo será repartir una pequeña mínima a los habitantes que vengan a reclamar su porción diaria. Busca por la calle a cualquier hombre con ropas verdes y metálicas para que te indique los detalles y cómo llegar hasta allí.

—Sí, señor— Álex se fue de la habitación y regresó por donde había ido.

—Leo, tu deber será recorrer la ciudad incesantemente durante todo el día buscando a algún animal volador, pues eres muy débil para salir al desierto a buscar carne. Vuelve con al menos seis o siete aves cazadas. Pueden ser también lagartijas, pero te advierto, no es fácil cazar si no hay presas. Así que si encuentras el hogar de algunas lagartijas, toma solo algunas y deja a las demás para que se sigan reproduciendo.

—Sí, señor— Leo regresó por el mismo lado que su hermano mayor, sin ningún rasgo de vida.

En la habitación solo quedaban Darvanda y Zahra, que había perdido por completo su expresividad para convertirse en un mero títere sin voluntad.

—Tú me acompañaras, pequeña…

—Zahra— completó ella.

—Zahra, claro. Como soy el señor de esta ciudad, su héroe y el que se toma el sacrificio de evitar su extinción total, tengo una vida muy ocupada— presumió—. Y una asistente no me vendría mal. Aunque estaría mejor que tuvieras diez o quince años más, serías más útil.

—No puedo crecer tan rápido, señor.

—¡Ya sé que no!— los hipnotizados de pequeños son mucho menos capaces de razonar que los adultos, pensó Darvanda con desdén—. Pero tú tranquila, muñeca. Eventualmente te haré perfecta. Unas sesiones de hipnosis más y llegaremos a eso.

La hipnosis de Darvanda era potente. Sin embargo, no era infinita, llegaba a durar una semana entera manteniendo como un títere vacío a la víctima, y con cada hipnosis hecha la víctima tenía menos control sobre sí.

Los dos salieron por un pasillo que no habían recorrido antes, desembocando en una suerte de centro abandonado. Las casas de alrededor estaban destruidas, saqueadas, vacías. La desesperación de la gente debió ser tal, que tuvieron que verse envueltos en el robo para la subsistencia.

Donde una vez hubo una hermosa fuente de agua, ahora no había más que un triste recuerdo melancólico que exhalaba escasez. Zahra se había quedado mirando la fuente color gris apagado.

No había un alma a la vista.

—Vamos, Zahra. No es tiempo para desperdiciar en lo que sea que estés pensando— ordenó con cierta tristeza—. Estoy iniciando un proyecto para unificar a la ciudad. Como puedes ver, solo una de cada cinco casas está habitada, o tal vez menos. La mayoría está en proceso de demolición, pues no hay quien las reclame.

>>Mi idea era juntar a todas las personas cerca de la sección del agua, donde tendrían más acceso a reabastecerse y quizá a mejorar la calidad de vida. Es un proceso difícil porque requiero mucha mano de obra, y si bien soy fuerte, no puedo hacerlo solo.

—Ya veo, señor Darvanda— comentó Zahra, inexpresiva.

—No solo eso, sino que también tengo que reconstruir todas estas casas. Si te fijas bien, a lo lejos se puede ver a muchos de mis hombres trabajando en la reconstrucción.



Nico Wokker

Editado: 16.08.2019

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