Buenos Aires Bz

Tamaño de fuente: - +

CAPÍTULO 3 – “HISTORIAS”

Yolanda vivió siempre en Caballito, barrio emblemático de la ciudad de Buenos Aires. Cuarenta años atrás, de la mano de su Antonio, cruzaron el umbral del edificio que sería su hogar. Yolanda era una abuela ejemplar, recordaba el cumpleaños de cada uno de sus ocho nietos y sus dos biznietos. Nunca faltaba en su obligación de malcriarlos. Desde que su Antonio falleció, hace ya mas de siete años, Yolanda decidió que aquel departamento que la hizo tan feliz, sería todo su mundo. Como su jubilación no le alcanza para vivir, sus hijos la visitan todos los meses para llenar su heladera con todo lo indispensable para la vida diaria. Desde hace dos años, Yolanda necesita de un andador para poder movilizarse. Por lo tanto, la anciana se resignó a no abandonar el departamento y disfrutar de su hobbie favorito, mirar las vidas de los jóvenes que adornaban la avenida Rivadavia. De vez en cuando, recibía visitas, en especial de su amiga Olga la jubilada del departamento cuarto jota. Su amiga chismera le traía los últimos detalles minuciosos de la vida de sus otros vecinos. Carlitos, del segundo ce, llegó al anochecer junto a una rubia despampanante quien abandonó su domicilio de madrugada, no era su novia. Rubén, del primero a, contrajo un cáncer de pulmón, veneno de todo fumador empedernido, pensaba dejar un testamento solo a nombre del hijo de su segundo matrimonio. Chismes y chismes que hacían más llevaderos los solitarios días de Yolanda. Por la tarde, tenía la costumbre de llevar la vieja reposera de Antonio al balcón y sentarse despacio, con sus viejas piernas temblorosas, y un suspiro de alivio. En verano, prendía un ventilador de pie que le permitía soportar los calores de la vejez. Todas las tardes se servía media copa de vino y descasaba su vieja y dolorida espalda, mientras miraba hacia abajo imaginándose la vida de los transeúntes. “Ese pelado de corbata negra, seguro es maricón. Aquella chica de falda corta y roja, busca provocar a los chicos del barrio. Otra vez esa mujer de nariz respingada, siempre trae a su perro para que haga sus necesidades en la puerta del departamento”. Yolanda los miraba a todos ellos, sin que ellos repararan en ella, conocía las caras repetitivas e intentaba recordar las nuevas.

Aquella tarde de verano, mientras el sol brillaba en el cielo, Yolanda llenaba su medio vaso de vino y se disponía a cumplir su rutina. En la vereda de enfrente, circulaba el hombre medio pelado de corbata negra. Transpiraba y daba pasos lentos, arrastraba su pierna izquierda por el asfalto, tiesa como una roca. Yolanda abrió los ojos intuyendo una buena historia, saboreando un pequeño trago, se estiró hacia adelante ayudándose de la baranda del balcón, quería observarlo mejor.

El hombre dio otro paso tambaleante bajo el menguante sol de verano, y se acomodó los lentes sobre el puente de la nariz. Se detuvo un momento con la respiración agitada y al dar otro paso, se llevó la mano derecha al corazón. Cayó al suelo de costado intentando respirar. Un muchacho joven, que venía pedaleando por la bicicenda, se detuvo al ver que nadie reparaba en el pobre hombre y se acercó preocupado. El hombre medio pelado negó con la cabeza, pero al instante apretó con fuerza su pecho izquierdo. Dos personas mas se detuvieron para ver lo que pasaba. Una mujer con una cartera marrón al hombro, se agachó y le intentó dar un poco de alcohol en gel. El hombre negó con la cabeza mientras sus ojos se agrandaban y el color desaparecía de su rostro. Dos o tres personas sacaron sus teléfonos celulares para llamar al SAME, supuso Yolanda.

La anciana tomó otro trago de su vino espumante y saboreó sus labios con la lengua, estaba inmersa en los acontecimientos que sucedían en la vereda del frente. Esta vez, sería ella quien tendría el chisme perfecto para Olga. Al concentrar nuevamente su atención, el hombre medio pelado yacía inerte sobre el suelo, sus ojos miraban al cielo y la mano agarrotada aún apretaba su quieto pecho.

  • Madre mía y la santa virgen – exclamó Yolanda – ese pobre hombre está muerto.

Desde su ubicación en el palco perfecto, Yolanda se sirvió un segundo vaso de vino contradiciendo las recomendaciones del buen doctor. Recorrió la escena con los ojos ávidos de curiosidad, intentaba recordar cada detalle morboso de lo que sucedía. Una mujer joven se alejaba llorando, otro hombre charlaba compungido con el desconocido que tenía al lado, un perro pequeño, caniche supuso la anciana, ladraba y ladraba al cadáver mientras su dueña avergonzada intentaba alejarlo lo mas rápido posible. Al cabo de cinco minutos, una ambulancia estacionó doble fila sobre la avenida, iba seguida de un patrullero.

Un agente joven descendió del vehículo policial y comenzó a desviar el tránsito que se amontonaba. El morbo atraía las miradas de los conductores y el policía los despachaba con ademanes impacientes. Dos paramédicos descendieron de la ambulancia sosteniendo una camilla de mano, otro policía se apresuró a juntarse con ellos. Se acercaron rápidamente hacia el hombre que yacía muerto sobre la calzada. Mientras el agente de la ley pedía espacio a los gritos y alejaba a los morbosos, los enfermeros se agacharon junto al muerto para tomarle el pulso.



J.R.Ceros

#75 en Terror
#136 en Paranormal

En el texto hay: apocalipsis, zombis, sangre

Editado: 20.04.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar