Buenos Aires Bz

Tamaño de fuente: - +

CAPÍTULO INTERLUDIO 1 La Morgue

CAPÍTULO INTERLUDIO 1

La Morgue

1

               Era una aplastante tarde de verano, mientras el sol infatigable gobernaba el humor maleable de los porteños, la morgue judicial se vio invadida por reporteros de todos los canales de televisión conocidos. Acababa de llegar el cuerpo de José Benítez Toledo, el testigo principal del caso Martínez.

               Los periodistas se abalanzaron sobre los camilleros, los policías se esforzaban por mantener un perímetro de seguridad alrededor del fallecido. El traslado desde la ambulancia pareció dudar una eternidad, Mariano pensó que aquella turba descontrolada terminaría por engullirlo en un mar de preguntas.

               Una vez que las puertas dobles se cerraban a su espalda, miró a su compañero, casi tan pálido como el, y este le devolvió la mirada con los ojos preocupados. Este caso se estaba yendo de las manos, un fiscal muerto el día antes de declarar, parecía demasiado obvio.

               Mariano miró el cuerpo que reposaba en su sueño eterno y trató de distinguir las facciones que abultaban en la bolsa negra. ¿De verdad habían asesinado al testigo principal del caso Martínez? ¡Una locura!

               Un policía corpulento, cuya barriga lo presidía, les indicó con señas exasperantes que avanzaran por el pasillo. Mariano le dio una palmada a su compañero en el hombro para que despabilase y dejara de mirar la puerta por la que acababan de entrar. Este reaccionó poniéndose colorado y entre ambos empujaron la camilla siguiendo al trio de policías que custodiaba el cuerpo. A su lado dejaban miradas indiscretas y curiosas, parecía que aquel día se dejaba de trabajar en común acuerdo.

               Llegaron al ascensor y bajaron en completo silencio, el calor dentro del aparato se hacía sofocante y Mariano deseó un vaso de agua para calmar la aspereza de su lengua. No había tomado nada en varias horas, todo fue un correr de acá para allá, un día de locos. La sed atenazaba su garganta y no veía la hora de dejar el cuerpo y terminar con su turno. Pobre Walter, a él le quedaban un par de horas más.

               Mariano observó a su compañero, un tipo nervioso. El camillero miraba con disimulo a los uniformados y estos a su vez le devolvían la mirada con el ceño fruncido. Walter bajó el cabeza abochornado.

               Al abrirse las puertas, empujaron con ganas la camilla para terminar con aquello lo antes posible. Dos policías se quedaron custodiando la entrada del ascensor y el mismo policía gordo les indicó con el mismo gesto exasperante que continuaran.

               Abandonaron el pasillo que comunicaba con el área administrativa y bajaron por una rampa descendente que los dejaba directamente en el depósito de cadáveres. Ahí los esperaba un hombre vestido con bata blanca y anteojos de armazón dorado.

  • Vamos muchachos, entren el cuerpo al área tres, jota, que yo me ocupo. Señor, le agradezco la custodia, pero me temo que desde acá se hace innecesaria – el corpulento policía carraspeo incómodo.
  • Tengo ordenes de no quitar la vista del testigo, es estrictamente necesario que lo acompañe en todo el procedimiento –
  • No creo que le guste mucho, pero si insiste, agradezco la compañía. Este lugar suele ser bastante solitario, a pesar de ser tan poblado – el forense sonrió con una mueca retorcida y guiñó un ojo.

               El policía trago saliva y siguió al forense mientras los dos camilleros se disponían a abandonar el depósito de cadáveres.

  • Hay que retirar un último paquete, pregúntenle a Sofía que ella tiene toda la información que necesitan – dijo el forense, mientras se alejaba.

               Mariano observó a su compañero, cuya cara era toda una “o” de sorpresa.

  • Me está jodiendo el viejo este – refunfuñó Walter – estoy podrido de hacer horas extras. Aún no me pagan las del mes pasado –
  • Yo me estoy cagando de sed, primero me voy a tomar una coca bien helada. Después hablamos con Sofía, capaz que zafamos y lo deja para los muchachos de la noche –

               Walter y Mariano se alejaron hacia las máquinas expendedoras de gaseosa y con unas cuantas monedas sacaron dos bebidas bien frías que disfrutaron con voracidad. Se suponía que el aire acondicionado, “acondiciona” el ambiente, pero Mariano pensó que con el calor que hacía no había máquina que aguante.

  • Che Mariano, ¿qué pensás vos del tal Benito?
  • Lo bajaron boludo, no tuvo chance –
  • Que cagazo chabón, ¿mira se arma quilombo acá dentro? –
  • ¡Qué se va a armar quilombo acá dentro! Si está custodiado hasta los huevos, no seas cagón. –
  • ¿Es verdad que iba a botonear a la mafia de once? –
  • No solo iba a botonear, ya los botoneó, o eso es lo que dicen los noticieros. Hay toda una lista de nombres, los van a perseguir, pero viste que los meten en cana y salen a los dos días – Mariano terminó su bebida de un trago largo y arrojó la lata abollada al cesto para la basura.
  • Igual Walter, acá no se arma, no seas nabo. Vamos a ver a Sofía, es más que seguro que nos encajan el muerto a nosotros –



J.R.Ceros

#72 en Terror
#121 en Paranormal

En el texto hay: apocalipsis, zombis, sangre

Editado: 20.04.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar