Buenos Aires is Rock

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SIGNOS

Al pasar las horas, después de haber llenado el estómago con el menú del día, me dirigí en un taxi al Terminal Terrestre Plaza Norte. Y llegando cerca del mediodía, acercándome a la ventana de atención de la agencia de viajes, pregunte por los pasajes a mí desconocido destino.

El boleto salía para mañana a las ocho de la mañana. Y sin pensarlo mucho, compre aquel pasaje. Lo compre como quien compra su ida a una aventura, lo compre mirando a los costados, como un fugitivo. Por qué sabía que en el fondo el dueño del alquiler me buscaría al pasar las horas y al no tener en las manos su dinero, se podría ir violentamente a mi persona, denigrando y bajándome la moral, como suele, ser el con sus inquilinos que no le pagan a tiempo el mes del piso. Lo compre porque ya no tenía na más que hacer en esta ciudad, que tan solo dejar por cada calle y cada recóndito pasadizo de luces vacías y de violencia al anochecer.

Salí del terminal con mi maleta y mi mochila en busca de algún alojamiento solo por esta noche. Y fui a transitar por la Avenida Túpac Amaru, mirando todo lo que me ofrecía esta ciudad, esta Lima gris, -como así lo llaman algunos-. Caminaba por aquella avenida de doble carril, hacha con las caderas de las prostitutas que salen al anochecer, muy recorrida por los transeúntes, donde los periodiqueros en sus kioscos a lo largo, ofreces sus matutinos y donde se ven a primera vista las desgracias de este país. Lleno de violadores y gente que mata o “enfría gente” -como dicen aquí-, sin el menor remordimiento.

Llegue a un hostal, donde el servicio de una noche incluía baño con agua caliente, ya eran casi las siete de la noche, ya el sol se había acostado por un lado de la ventana que daba al cuarto donde está alojado. Prendí la tv y entre a la ducha, sentí mi rudo cuerpo y sentí mis brazos que tantas veces me salvaron de algunas grescas con gente de los bares maltrechos de esta ciudad.

Después de arreglar todo para el día de mañana. Salí en busca de algún restaurante donde pudiera algo para poder cenar. Y al salir, la noche está en toda su esencia. Las limeñas bien vestidas, por este lugar -casi se puede ver cualquiera cosa-. Al fondo, se observan los cerros enventanados, las gentes de aquellos emigrantes –por así decirlo provinciano-, que se instalaron aquí, en busca de una vida mejor.

Gente, que, a base de su esfuerzo y lucha, construyeron su futuro muy lejos de la tierra que los vio nacer.

Paseando, me percate de lo enfermizo que se había vuelto la sociedad en esta parte de la capital. Y me refiero, a los antros, que despiertan a estas horas de la noche, de los casinos y de los hostales, donde en la entrada; mujeres muy jóvenes invitan a los transeúntes a alquilar una habitación con un servicio “extra”. Mujeres muy jóvenes, que, por unos cuantos soles, rentar amor a quien lo desee. Sin distinción, ni edad, ni raza.

La miseria humana y la necesidad caminan en carne viva, por esta avenida. Los niños abandonados, quienes limpian las ventanas de gente quien por pena dan algunas monedas, quienes ellos reciben con sus sucias manos.

Las luces de neón alumbran las veredas y mandan las señales a la gente de que la noche a empezado y es ya la hora de dejar llevarse por todo lo que ofrece la diversión y placer del cuerpo ajeno.

Yo entre en un lugar, donde se ofrecían cena, no era ningún restaurar, ni tampoco un chifa o algún guarique. Era más una casa, donde en algunos costados habían mesas y en otro costado un viejo mostrador donde solo yacían a la vista algunas gaseosas y algunas latas de cerveza.

Escogí este lugar, porque al pasar lo divisé desde la puerta, un poco austero y humilde. Y al verlo con ese semblante pobre, me adentre por la baja de precios en que ofrecían a los comensales la cena noctambula. Que entre ellas figuraban: Arroz Chaufa, Caldo de Gallina, Seco y Patasca.

En mi estómago se estaba organizado en desfile, el hambre de la mañana; del medio día y de las seis de la tarde. Como era desde siempre en que yo estaba acostumbrado.

Después de salir de aquel lugar, fui a transitar la ancha Avenida Atahualpa, y un inquietante sentimiento me empezó a embargar a ver la infelicidad en que está sumergida esta ciudad. Las sirenas de los autos policiales, el aturdidor sonido de los buses en pleno cuello de botella y la gente que marcha por las veredas entre la gente que deambula pidiendo algunas monedas para comer. En esos momentos de contemplación de la miseria humana uno piensa en todo aquello que llevó al hombre a ser tan miserablemente hipócrita con todo lo que lo rodea. Y ahí contemplando como esto que me rodeaba y que al final de verlo por última vez, me di cuenta que había perdido mucho estando en esta sociedad, que menosprecia el desarrollo cultural. Luego de eso, fui en busca de algunos víveres para mi viaje.

Entre en un supermercado y cargándome de todo lo que precisare en mi recorrido a esa otra parte de Suramérica iba yo a necesitar. Recordé un parte de mi infancia donde disfrutaba ser feliz.

Me vi con mi padre esperando la cola del supermercado. Y donde mi madre llegaba desde un lado a donde estábamos nosotros con una pequeña guitarra de madera que me hizo muy feliz en esos días de mi niñez.

De pronto ese sueño despierto fue interrumpido por la voz de la cajera quien me preguntaba si quería pagar con tarjeta o efectivo.



Mauricio Lozano

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En el texto hay: misterio drama y suspenso

Editado: 29.08.2019

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