Bufeos

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Capítulo 1

Nada hacía prever la tempestad que se estaba gestando. El calor, a esta altura del año, era inevitable y alguna que otra tormenta, factible, pero nadie esperaba algo de tal magnitud.

Poco después de las siete de la mañana, una brisa sospechosa comenzó a agitar las copas de los árboles y las breves faldas de aquellas osadas que recién regresaban a casa luego de una noche de baile y tragos. El viento pronto se violentó con una fuerza inusitada. Muchos de los que aún esperaban impacientes en la parada del autobús, lo pensaron mejor y regresaron a la seguridad de su hogar.

No fue el caso de la doctora Devoto. Para cuando la brisa mutó en un vendaval arrollador, ya estaba en el interior de una unidad, apretujada contra el resto de los pasajeros como sardina en lata. Preocupada, pensó en su hija, Celeste, que en estos momentos estaba yendo en bicicleta hacia la facultad. Ya sería un contratiempo que lloviera, pues aquella zona quedaba totalmente inundada, pero estos vientos… eran de temer.

Mientras se equilibraba aferrándose al pasamano, chocando contra otros pasajeros a causa de las bruscas maniobras del chofer, alegró sus pensamientos con la expectativa de la cercana Navidad. ¡Solamente faltaban dos días! Ya tenía todos los obsequios, que por una cuestión de excesiva antelación ―y recordando lo desagradables que se tornaban las compras a última hora, con el calor y el gentío amontonándose en las tiendas― tenía escondidos en un cajón de su ropero desde hacía un mes.

Lo más probable era que nuevamente fueran todos en alegre manada donde la vieja tía Luli. En todo caso, a pesar del contento que implicaba volver a encontrarse, a Evangelina no la hacía demasiado feliz la perspectiva de compartir la velada con tanta gente. Tíos, primos, los hijos de los primos… En definitiva, podría saludarlos y verlos, pero difícilmente tendría una conversación profunda con alguno. Y durante el año estaban todos tan ocupados, que postergaban las visitas una y otra vez… hasta las fiestas de fin de año.

Un crujido fuerte seguido por una especie de temblor interrumpió sus pensamientos. Al observar a través de la ventanilla vio tumbado, atravesando la calle de vereda a vereda, exactamente donde acababa de pasar el ómnibus, un gigantesco chivato. Mientras ella permanecía aturdida, el resto de los pasajeros emitían exclamaciones de susto y asombro...

La verdadera dimensión de la catástrofe asomó desde el trayecto de la parada hasta su lugar de trabajo. En casi todas las cuadras había por lo menos un árbol caído. Algunos habían arrastrado consigo un lío de cables; los vecinos conversaban entre ellos, fastidiados ante la perspectiva de permanecer vaya a saberse cuánto tiempo sin energía eléctrica, línea telefónica o televisión por cable. La plaza central parecía un campo de guerra. Pero hasta donde se alcanzaba a ver, los daños eran solamente materiales. Hasta el momento no se había oído la sirena de la ambulancia.

Cuando faltaba apenas una cuadra para llegar a la clínica, empezó a diluviar. La doctora corrió aprovechando la comodidad de sus zapatillas. A medida que se acercaba, podía observar con mayor nitidez las palabras armadas con gruesas letras plateadas al frente de la construcción. “ANANDA. Centro de Atención Psiquiátrica con Internación”. Sonrió como cada vez que recordaba el momento cuando le sugirió el nombre al director de la nueva institución. Ananda significaba “felicidad”, explicó. Lo que omitió convenientemente, fue que en idioma hindú. Tampoco se lo preguntaron. Como estaba tan de moda usar palabras aborígenes, se dio por sentado que sería “felicidad” en alguna de esas lenguas.

Antes de ingresar, se sacudió el cabello y limpió la suela del calzado sobre el pasto. Le echó una rápida mirada a su reloj pulsera: Celeste debería haber llegado ya a destino; lo rogaba. Luego pensó que con semejante temporal lo más probable era que sus pacientes no asistieran. Aunque quizás esto fuera pura alharaca, y en un par de horas todo volvería a la normalidad.

En la recepción tenían encendida la radio, y todos se habían amontonado para escuchar las últimas noticias. La saludaron rápidamente, sin prestarle atención. El locutor estaba leyendo los informes sobre techos y carteles comerciales que habían volado debido a vientos huracanados que llegaron a los 125 kilómetros por hora, y la cantidad de árboles que cortaban el tránsito cada dos o tres cuadras ascendía a cada minuto de manera escalofriante. Algunos habían aplastado algún infortunado vehículo, pero hasta el momento no se registraban víctimas.

La doctora maldijo, entre dientes, el temporal. ¡Esto nada más faltaba! ¡No solamente se moriría de calor este verano; tampoco tendría el respiro de las frondosas sombras que la protegían de asarse viva bajo los hirientes rayos del sol! ¡Y hasta que alguien los reemplazara...!



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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