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Capítulo 2

Martin Breck la llamó esa noche. La doctora tenía por costumbre darles a sus pacientes el número de su teléfono móvil, por si sufrían un percance fuera del horario de consultorio. Claro, no había sido el caso. Sucedió que el huracán había derribado cuatro árboles en la cuadra de su casa, que arrastraron consigo líneas eléctricas y telefónicas, y como se trataba de un barrio de la periferia seguramente tendrían para rato hasta que las arreglaran. Además, la lluvia los había dejado bajo agua. Ahora mismo, Martin la estaba llamando desde un locutorio céntrico. Estaba desesperado. Su hermano había salido de juerga la noche del domingo y todavía no había regresado; en caso de que algo le hubiera sucedido, no tendrían manera de saberlo...

Evangelina alejó el teléfono de su oreja con un gesto de aturdimiento: Martin hablaba precipitadamente y en tono lastimero. Respiró hondo y luego lo interrumpió. Había pensado en esperar que pasara la Navidad, pero en vista de lo mal que estaba, lo recibiría el día siguiente, a última hora de la mañana. Martin la colmó de besos a través del aparato, y ella se despidió brevemente.

―¡Maldita lluvia! ¡En toda la tarde, no escuché hablar de otra cosa! –rezongó luego, recordando que incluso Celeste no había tocado otro tema durante el almuerzo, quitando un breve “me parece que me fue bien en el final”.

―El tornado tumbó como cien árboles; incluso podrían llegar a ser más –le recordó Marcelo Falcón, mientras le hacía señas al mozo–. Es lógico que todo el mundo lo comente. Calles cortadas, techos volados, gente privada de los servicios básicos, autos aplastados... Escuché que la municipalidad declaró estado de emergencia hasta el 31, y que pidieron alrededor de cinco millones de pesos en calidad de aportes del tesoro nacional para afrontar los daños económicos. ¡Es increíble que hasta ahora no se hayan mencionado víctimas!

A pesar de haber vivido en Corrientes desde muy joven –concretamente, desde que comenzara con la carrera de medicina– Marcelo era en realidad chaqueño, nacido en Presidencia Roque Sáenz Peña. Los vaivenes de la vida misma, de los cuales el matrimonio no era el más importante, lo habían anclado en Corrientes. Aun así, jamás pudo cortar los lazos con su terruño. Tampoco perdía la ocasión de aseverar que algún día regresaría al Chaco. Mientras tanto, atormentaba a todo el mundo con su conocimiento cabal de todos los acontecimientos del otro lado del puente, en tanto que apenas le prestaba atención a los más notables del propio suelo que pisaba.

Marcelo Falcón era lo que Evangelina denominaba “otro maldito freudiano”, influida por un colega admirable de sus primeros tiempos, que consideraba al estudio de la mente como una ciencia viva. Nada de lo dicho anteriormente por los grandes referentes podía tomarse al pie de la letra, aseveraba aquel psiquiatra, pues cada uno había creado su teoría en base a su historia personal (en primer lugar) y en un tiempo y espacio que nada tenían que ver con los actuales, y esto era indefectible. Sí se podía –y se debía– utilizarlos como una firme plataforma que permitiera escalar a niveles más profundos, pero así como en su momento ellos habían espantado a la sociedad con sus descubrimientos sobre el funcionamiento de la mente (que ahora todos aceptaban como lo más lógico) ¿por qué no habrían de seguir investigando e innovando, en beneficio de sus pacientes?

Recién recibida, ella también había abrazado su irremediable destino de freudiana, hasta que la vida puso ese maestro en su camino. Con él aprendió los procesos universales de maduración de la mente. Se apasionó tanto en el estudio y la puesta en práctica de tales ideas, que durante mucho tiempo convivió con el mote de “doctora new age”, con el que sus colegas convencionales castigaban su aparente falta de seriedad. Sin embargo, más de veinte años de experiencia y ninguna mancha en su carrera avalaban su metodología.

Sus colegas ―incluso los mejores― tampoco se manejaban de la manera apropiada. La mayoría se asentaba cómodamente en la escuela que más le placía y forzaba a sus pacientes a adaptarse al método, cuando lo correcto hubiera sido ver qué necesitaba el paciente e ir adaptando la terapia a sus avances. Era, por ejemplo, el caso de Marcelo Falcón. Aunque quitando eso, Evangelina no tuviera nada más que criticarle.

Ordenaron la cena e hicieron los comentarios de rutina. Evangelina alardeó unos minutos de su hermosa e inteligente hija, que después de haber abandonado Veterinaria y Letras en el primer año, finalmente halló la vocación de su vida en Ciencias Económicas, carrera en la que avanzaba admirablemente. Marcelo mencionó que su primogénito, Adrián, médico cirujano, había sido aceptado en una prestigiosa clínica en la ciudad de Corrientes. De los pequeños Lautaro y Noelia ―frutos del segundo matrimonio― no había mucho para contar: habían pasado de grado con muy buenas notas.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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