Bufeos

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 4

Pasaron la Nochebuena en casa de tía Luli. Su madre telefoneó dos horas antes para avisar, justo cuando Celeste y ella se peleaban por ser la primera en entrar al baño. Eso era un contratiempo. Tía Luli vivía demasiado lejos de todo. El viaje se repartía en dos micros, y aún así tendrían que caminar unas cuantas cuadras. Eso por no mencionar el tiempo que perderían esperándolos… y la incomodidad de viajar apretujadas entre el gentío que apuraba su vuelta al hogar.

Margarita, la madre de Evangelina, propuso que el primo Esteban, quien vivía relativamente cerca, pasara a buscarlas. Evangelina, demasiado orgullosa e independiente, no estaba de acuerdo con molestar a otro por su comodidad, pero Celeste, que estaba aferrada del segundo teléfono que había en la casa, se puso a gritar que sí, que entonces la pasara a buscar a ella y que su mamá se fuera en micro, y terminó ganando la partida.

Fueron de los primeros en llegar. Evangelina saludó cariñosamente al pequeño grupo reunido, y se apresuró en ir hacia la cocina a colaborar en lo que hiciera falta. Celeste se despatarró al lado de un par de primas y se sumó al balance romántico e intelectual que estaban haciendo del año. Cuando Evangelina le sugirió que fuera a dar una mano con las ensaladas, se excusó con que temía mancharse el trajecito blanco, que debía estar impecable para el baile.

―Podrías ponerte un delantal –refunfuñó Evangelina, sin ganas de discutir. Era sabido por todos lo poco servicial que era Celeste.

Domingo, el padre de Evangelina, estaba de muy mal humor. Era lo habitual en él, pero cuando la familia se reunía era peor. El hombre sufría de diabetes. Era un tormento ver las fuentes repletas de comida rica y los postres, que a él le estaban negados. A veces Margarita cedía a sus quejas y le permitía darse algún gusto, pero entonces debía enfrentar los reproches de Evangelina, que no perdía ocasión de recordarle los riesgos.

A Evangelina poco le importaba el destino de su padre; lo que la sacaba de quicio era la posibilidad de que Celeste corriera la misma suerte. Se lo pasaba controlándola y no la dejaba en paz hasta que se hubiera hecho el chequeo anual de sangre y orina. Que se declarase la enfermedad no era una sentencia de muerte, pero Evangelina sospechaba que Celeste daría guerra hasta hacerse a la idea y empezar las dietas y los cuidados.

Poco después de las nueve, ya se encontraban todos reunidos. Demasiada gente, como cada año. Los cinco hermanos de su mamá, con sus respectivos cónyuges e hijos, que a su vez también habían formado pareja y tenían sus propios hijos, algunos de los cuales ya tenían también sus niños. Naturalmente, mucho de ellos habían ido a festejar a casa de otros parientes, pero de todas formas, el gentío que se había amontonado en casa de tía Luli era impresionante.

Era el tercer año consecutivo que celebraban allí la Nochebuena, porque tía Luli era una anciana de noventa años, maltrecha y con serios problemas cardíacos. Como todos estaban convencidos de que sería la última vez, querían darle la alegría de sentirse acompañada. Evangelina se preguntaba hasta qué punto sería realmente una alegría y no un tormento, ver su pulcro hogar invadido por casi desconocidos que se tomaban tantas atribuciones: cambiaban el dial de la radio para buscar música de moda y ponían un canal infantil en el televisor para entretener a los más pequeños y poder conversar tranquilamente entre ellos. Como casi no tenía dientes, tía Luli tenía su cena aparte, y sufría tanto como Domingo con el desfile de platillos que estaban más allá de sus posibilidades. En definitiva, tía Luli era quien menos se divertía con estas reuniones.

A Evangelina le entristecía su situación. La tía había enviudado cuando ella era una criatura; no alcanzó a tener hijos y nunca más volvió a casarse. Alegaba que era un castigo tener que atender a un hombre, pero en realidad nunca había podido superar la pérdida del amor de su vida.

En agradecimiento a lo mucho que la había ayudado en una de las peores épocas de su vida, Evangelina solía quedarse conversando con ella un rato, y renunciaba a la magnífica cena del montón para acompañarla en sus desabridos platos. Siempre encontraba algo bueno para decir de ellos, por lo que a la tía no le quedaba más remedio que reírse y sentirse mejor. Adoraba a Celeste y admiraba profundamente a Evangelina, porque representaba todo lo que ella hubiera querido y no pudo hacer de su vida. Tenía secretamente la intención de dejarles su casa en herencia; ya había comenzado los trámites. Pero no quería hacerlo público porque le parecía odioso mostrar de esa manera su preferencia.

Después del brindis de medianoche, los más jóvenes –en particular aquellos que aún no tenían la atadura de un hijo– se despidieron y se encaminaron hacia la discoteca. Algunos dejaron a las abuelas encargadas de los niños y huyeron a revivir los años de soltería. A Celeste la pasó a buscar Arturo, su actual novio, en su radiante auto último modelo. Un par de primos aprovecharon para pedirle que los acercara al centro. Con un rápido beso Celeste se despidió de su madre, de su abuela y de tía Luli; a los demás los saludó con una rápida sacudida de manos y besos al aire.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar