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Capítulo 6

El año nuevo se celebró en la casa de sus padres. Evangelina no podía creer que tanta gente cupiera en tan reducido espacio. Tuvieron que sacar las mesas al patio y pedir sillas prestadas. Por fortuna, no todos pudieron asistir: la mayoría de los parientes maternos –con los que festejara la Navidad una semana atrás– había hecho compromiso con amigos u otros familiares. No obstante, la parentela por parte de Domingo Maidana era tan abundante como la de Margarita. Hubo que cocinar mucho y pedir a quienes estuvieran en buena situación económica que colaborasen con algún platillo o bebidas.

Se recibió el 2004 con un cálido brindis y un desafinado rasgar de guitarras, que no llegaba a ser tan desafinado como las voces que intentaban entonar los cánticos que los músicos interpretaban. El momento de los besos y abrazos fue interminable. Evangelina observó por el rabillo del ojo cómo Celeste se estrechaba con sus seres preferidos y luego, discretamente, se alejaba al interior de la casa para no tener que continuar el circo con aquellos que menos conocía. Regresó cuando las guitarras retomaron el ritmo, para sumarse al baile antes de que Arturo la pasara a buscar para la salida elegante de la noche.

En esta oportunidad los ánimos de Evangelina no acompañaron el espíritu festivo. Permaneció inamovible en el rincón más fresco del jardín, salvaguardada de mosquitos y hormigas, lejos de quienes siempre la aprovechaban para consultas insólitas y de los jóvenes que bailaban, gritaban y saltaban sobre la improvisada pista de baile. De tanto en tanto alguno de sus primos iba a hacerle compañía e interrumpía sus pensamientos. Divagaban entonces sobre medidas efectivas para terminar con la inseguridad en el país, con cuestiones inaplicables en la práctica, pero que servían para desahogar la impotencia que no podían dejar de sentir. Evangelina estaba acostumbrada por su profesión a oír las ideas más extremas sin que su rostro dejara traslucir ninguna expresión, pero cuando su primo se declaró amigo de las soluciones drásticas, como la de amputar la mano a los ladrones, o formar un escuadrón que fusilara delincuentes, se trenzó en una discusión asegurando que la violencia solamente servía para generar más violencia. Concluyeron con que difícilmente podrían cambiar al mundo si ni siquiera tenían control sobre sus propios hijos, y cambiaron de tema. La mafia de los médicos. Ahora el primo le recriminó que sus colegas hubieran puesto de moda la invención de dolencias inexistentes para calmar sus bolsillos con el susto de la gente. Exigiendo que no generalizara con tanta facilidad, y exaltando la humanidad de muchos que incluso eran capaces de atender gratuitamente, Evangelina le contó la miseria de los honorarios a través de la medicina prepaga. Que los médicos estaban en el mundo para acabar con el sufrimiento y no para lucrar con él, sentenció el primo. Que los médicos también tenían que comer y pagar impuestos, replicó Evangelina. Finalmente, se disculpó y optó por sumarse al baile. No tenía paciencia para discusiones estériles. Sin embargo, un par de horas después no le quedó más remedio que tragarse su orgullo, pues aquel primo era el único con vehículo que vivía en las cercanías de su barrio que se ofreció a llevarla hasta su casa. Lógicamente, en el trayecto continuaron la discusión.

El primer día del año la sorprendió concretando la peor de sus pesadillas. El timbre del teléfono la despertó al alba. Una voz femenina poco expresiva le notificó que su hija había tenido un accidente y se hallaba internada en una clínica céntrica.

A partir de ese instante Evangelina tuvo la sensación de sí misma haciéndolo todo en cámara lenta. Le pareció que transcurrió una eternidad hasta que terminó de vestirse, y ni siquiera estaba segura de lo que se había puesto. Apenas reconocía los colores; no diferenciaba una blusa de un pantalón.

Cuando introdujo su llave en la cerradura tuvo un pensamiento odioso pero real: eran las primeras horas del primer día del año; no habría ningún ómnibus circulando, tampoco remises. Tras un instante de opresión, en el cual se imaginó corriendo desenfrenadamente hasta el centro de la ciudad, recordó la bicicleta de Celeste. La rescató del balcón, cargó con ella hasta la vereda de la planta baja, y montó.

Luego de mucho pedalear y poco avanzar, notó que tenía la rueda trasera desinflada. ¡Celeste y su maldita costumbre…! Entonces, otro pensamiento la asaltó: no recordaba el momento cuando aseguró la puerta de su casa. Ni siquiera tenía las llaves en la mano… aunque por costumbre pudo haberlas echado dentro del bolso… Sin embargo, nada le importa ahora, exceptuando su hija.

 Cuando llegó a la clínica, ni siquiera se preocupó en asegurar la bicicleta con el candado: se precipitó hasta la ventanilla de informes y preguntó por Celeste Devoto. Debió aguardar un instante interminable a que se presentara el médico. Sus peores temores acosaban su corazón, que latía dolorosamente, quitándole el aliento. La expresión del profesional no contribuyó a tranquilizarla. Amablemente, la guió hasta su consultorio para explicarle la situación.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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