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Capítulo 7

No iba a la iglesia cuando atravesaba percances de esta naturaleza. En realidad, nunca había entrado a una iglesia, excepto en su primera infancia, obligada por su madre, que era una mujer muy religiosa. Margarita había hecho bautizar a su hija cuando Evangelina contaba con tres meses, y también había organizado todo para su primera comunión, incluyendo un precioso vestido de encaje, con tul y perlas, que actualmente permanecía guardado en un cajón, poniéndose más amarillento con los años. Evangelina no había tomado la primera comunión. En las clases, se lo pasaba discutiendo con la catequista sobre la razón de que Dios fuese “padre” y no “madre” y negándose a aceptar que María fuese su madre espiritual. Hasta el cansancio repitió que su única madre era Margarita Devoto. Terminaron expulsándola. Aquello fue una vergüenza enorme para Margarita. Domingo, por el contrario, estuvo satisfecho, y festejó con sus amigos la capacidad de pensar por sí misma de su hija.

Margarita tampoco tuvo éxito con Celeste. Cuando su nieta nació, no pudo convencer a Evangelina de que la bautizara. Con el paso del tiempo, jamás logró interesar a la niña en cuestiones religiosas. Cuando en una ocasión prometió regalarle lo que más deseara a cambio de que abrazara el catolicismo, Evangelina tronó con que eso era chantaje, y terminó comprándoselo ella misma a cambio de nada.

Sin embargo, en momentos como éste, Evangelina envidiaba a su madre. A Margarita le bastaba con arrodillarse frente al altar, rezar un rosario y cruzar dos palabras protocolares con el cura, para tener la seguridad de que todo estaría bien; que Dios les haría el milagro de devolverles su vida, porque eran buenas personas que cumplían los mandamientos.

Evangelina había visto demasiada miseria a su alrededor para poder creer que las desgracias tuvieran que ver con el incumplimiento de los mandamientos. Como científica, su vida se regía por la ley de causa y efecto. Si uno se encontraba en el lugar y momento indicado jugando a la ruleta rusa, había grandes posibilidades de que sufriera determinada experiencia. Celeste y Arturo tenían la costumbre de volver por la avenida más transitada a la madrugada, cuando más pululaban los autos, a sabiendas de que la mayoría de los conductores estaban ebrios. Era claro que en cada nueva oportunidad multiplicaban las posibilidades de que algo les ocurriera.

“En el corazón siempre debemos esperar lo mejor, pero sin dejar de prepararnos para lo peor.” Aquel era un consejo que solía darle a quien atravesaba por un momento crucial como el suyo. No era el único. “Jamás edifiques tu mundo alrededor de otra persona, porque si por alguna razón desapareciera, te quedarías sin mundo.” Ese era especialmente para aquellas mujeres que se sepultaban debajo de su pareja e hijos, y cuando se enfrentaban a una separación o a la independencia de los chicos, caían en depresión porque no hallaban ya sentido a su vida.

Evangelina tenía varios mundos: Celeste, su profesión, amigos y colegas, en menor medida el resto de su familia… Sin embargo, de algunos podía prescindir sin verse mayormente afectada, mientras que la simple suposición de que le faltara otro la angustiaba a morir. Era el caso de su hija.

Celeste permaneció inconsciente dos días, después de los cuales despertó como si de una larga siesta se tratara. Tremenda impresión se llevó al verse donde estaba; gritó y protestó para que la sacaran de allí cuanto antes. No recordaba el accidente. Su memoria llegaba hasta la fiesta de año nuevo en casa de sus abuelos, hasta el momento cuando Arturo la pasó a buscar para ir a Corrientes. Pero sabía perfectamente quién era. Respondió rápidamente todas las preguntas que le hicieron y sin dudar. Su nombre, edad, dirección, la carrera que estudiaba, las materias que había aprobado en diciembre y las que dejó para marzo, las quejas más habituales de su madre hacia ella, los datos de su novio… La pasaron a un cuarto común por dos días más antes de darle el alta.

Más complicada era la condición de Arturo. Con un brazo y ambas piernas quebradas estaba totalmente imposibilitado de valerse por sí mismo. Evangelina les había avisado del accidente a sus padres, que revoloteaban por la clínica con la misma asiduidad que ella misma, pero eran personas mayores, sin muchas posibilidades de atenderlo como demandaría. Arturo tenía hermanos, pero todos estaban casados y con hijos y no se podía contar con ellos más que para salir del paso.

Celeste propuso llevarlo a la casa, para atenderlo ella misma cómodamente hasta que se repusiera, pero Arturo se negó. Sabía que la moda del concubinato dentro del hogar materno no iba con la filosofía de su suegra, y no quería que se viera presionada a decir que sí por lo complicado de su situación. Como contraoferta propuso que Celeste se mudara con él a su apartamento durante las primeras semanas. En caso de no resultar la experiencia, contrataría una enfermera.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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