Bufeos

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 8

El accidente de Celeste no afectó su agenda, porque recién a partir de la segunda semana de enero retomaba sus entrevistas. Si en Ananda habían extrañado su presencia era algo que poco le importaba; hasta que su hija no estuviera de regreso en su casa –mejor dicho, en la de Arturo– sana y salva, sabía que no podría concentrarse en nada más.

El día que retomó su ritmo laboral se encontró con la sorpresa de que Mara Santos ya estaba internada en el Centro. Marcelo Falcón había cumplido su promesa al pie de la letra: la joven había ingresado el segundo día de enero, a última hora. Evangelina se preguntaba si estaría realmente tan interesado en la recuperación de la paciente, o si lo único que le preocupaba era sacarse el problema de encima.

Para él había sido fácil poner el parentesco de excusa; el dilema lo tendría ahora ella misma. Involucrar un juez era una medida extrema a la que, hasta ahora, nunca debió apelar. Por norma de trabajo, todos sus pacientes acudían a ella por propia elección, y exceptuando que se tratara de adolescentes, ni siquiera solía ser necesaria la intervención del resto de la familia. Era la primera vez en muchos años que le tocaba un caso de estas características.

La voz de Joaquina pidiendo autorización para pasar interrumpió sus pensamientos. Joaquina era la asistente terapéutica que Ananda había designado para Mara Santos. Era una mujer joven, de cuarenta y tantos años, simpática y alegre, que en algún momento podría desempeñar un papel maternal, si la situación lo requería.

Sonriente y saludándola a fuerte voz, Joaquina ingresó al consultorio llevando de la mano a una muchacha alta y delgada que Evangelina dedujo sería Mara Santos. Tenía la tez trigueña y el rostro alargado; largos cabellos castaños, oscuros, que brillaban bajo los rayos del sol, con tímidas ondas en las puntas; ojos rasgados, casi negros; manos delicadas, con uñas largas y prolijas. Joaquina le explicó que la persona que se ocupaba de Mara en Corrientes había tomado la costumbre de arreglarle el cabello y las manos, al tiempo que le cantaba. Aquello había sido tan inútil como todo lo demás, pero ella estaba convencida de que era una buena terapia estrechar lazos incluso con aquellos que aparentemente estaban ausentes, y no hubo manera de hacerla desistir. Es más: Joaquina coincidía con aquello y continuaba arreglando su aspecto. Lo que jamás haría sería cantar. No podía someter a la enferma –ni al resto del Centro– a tremendo martirio. En vez de eso, le hablaba. Bajó la voz y se alejó de la joven para confiarle a Evangelina que hablarle a una planta ofrecía mayores resultados a corto plazo, pero…

Evangelina cogió el informe que el doctor Falcón había enviado junto con la paciente y le echó una mirada. Él había observado un estado de mutismo y tentativamente sugirió un brote psicótico, pero luego algunas cosas no cuadraron con esa clasificación y se arriesgó a proponer una histeria grave, con la que finalmente tampoco estuvo de acuerdo, por la duración de los síntomas. Finalmente, ante la inminente derivación del caso, no se molestó en sugerir nada más.

Hizo a un lado los papeles y le pidió a Joaquina que le contara todo lo que pudo observar en la paciente durante los primeros días. Mientras la asistente se lo comentaba en detalle, examinó discretamente la conducta de Mara.

Apenas Joaquina la soltó de la mano, fue hacia la ventana. Nada en ella denotaba que tuviera algún problema, excepto la expresión vacía de su rostro y –esto lo apuntó largo rato después– su capacidad de permanecer inmóvil en la misma posición por el tiempo que fuera. Esto la llevó a acercársele y tomarla del brazo, para dejarlo suspendido en una posición bastante incómoda. Automáticamente, el miembro cayó inerte en su postura anterior. Eso descartaba la catatonía.

Evangelina hilvanó muchas ideas mientras escuchaba a Joaquina. Al igual que en Corrientes, la paciente había hallado su lugar en un rincón del jardín, donde permanecía todo el día, bajo los rayos ardientes del sol, hasta que Joaquina o alguien más la buscaba para cumplir con la rutina de Ananda, que era muy estricta en materia de horarios cuando de higiene, alimentación y descanso se trataba.

Se sentaba normalmente, no en posición fetal, como hubiera sido en el caso de una psicosis reactiva. Solía tener las piernas cruzadas y las manos sobre el regazo o a modo de almohada para su cabeza. Y los ojos abiertos. Casi no parpadeaba. Ni siquiera los cerró instintivamente cuando Evangelina hizo la mímica de abofetearla. Como si no la hubiera visto.

Con respecto a sus necesidades fisiológicas... Se había orinado encima la primera vez que sintió la necesidad, pero desde que Joaquina la acompañó hasta las instalaciones sanitarias para limpiarla, empezó a levantarse como un autómata cada vez que la asaltaba el deseo –muy esporádicamente, por cierto–, y se manejaba perfectamente sin la ayuda de nadie.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar