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Capítulo 9

Mucho antes de saber que existía una ciencia que estudiaba la mente humana, cuando todavía era una criatura libre de las obligaciones escolares, la pequeña Evangelina Maidana sentía un profundo interés por el mundo interior de quienes la rodeaban. Le placía especialmente observar el interactuar de los demás en su cotidiano devenir, para descifrar las razones de sus conductas. Personas cercanas a su círculo de confianza e incluso perfectos desconocidos caían rendidas ante la intensidad de sus profundos ojos negros, rasgados, que parecían reflejar mudamente sus propios fantasmas. Evangelina desconocía entonces cualquier técnica de diván, pero los ametrallaba a preguntas. Necesitaba saber por qué estaban tristes y lloraban, o por qué no lloraban si estaban tristes; qué los hacía reír, por qué se preocupaban; o por qué no expresaban nunca nada...

No podía recordarlo de manera consciente, pero su afán por la felicidad de los demás era una necesidad que nacía de su corazón a raíz de su propia desolación. De alguna manera, Evangelina confiaba casi ciegamente en hallar su propio destino ayudando a cruzar el puente sobre el abismo a cuanta alma desamparada se atravesara en su camino.

Esto le creó innumerables problemas, pero le resultaba imposible desistir. La satisfacción que le deparaba tener en sus manos el remedio a la tristeza del mundo era una sensación que le envolvía el cuerpo, vibrante, cálida, tierna... y no pensaba renunciar a ella.

El primer indicio que tuvo acerca de la existencia de la Psicología vino de la mano de un extravagante hombre de piel morena y larga cabellera que viajaba por el mundo ofreciendo conferencias y breves demostraciones prácticas de una milenaria técnica de meditación y relajación oriunda de una lejana cultura... Evangelina era ya una niña de once años, que en aquella ocasión paseaba junto a un par de amigas de la misma edad y la madre de una de ellas, en busca de un hermoso regalo para la abuela que cumpliría noventa años. Finalmente, el regalo fue una chuchería barata, pues según la mujer –para tranquilizar las protestas infantiles, que imaginaban algo realmente deslumbrante– la gente de edad le daba mayor importancia al aspecto emocional que al precio del obsequio. De repente, dieron una vuelta que no figuraba en el itinerario y la mujer las condujo a un local alumbrado tenuemente, donde apenas distinguieron la imagen del hombre que hablaba, envuelto en sábanas anaranjadas, con un marcado acento extranjero.

La mujer estaba embelesada, pero indudablemente estaba haciendo algo prohibido –¡hasta los adultos tenían que hacer a veces las cosas a escondidas!– pues les mostró el puño cerrado y juró que les machucaría la cabeza si alguna llegaba a comentar esta visita.

Aburridas, y encima amenazadas, las niñas resoplaban discretamente y se hacían gestos cómplices a espaldas de la mujer, para desahogar su tedio. De pronto Evangelina oyó la palabra “felicidad”. En realidad, era la primera palabra que reconocía en más de media hora de monólogo y alguna pregunta esporádica. Inmediatamente después, el orador explicó que “el ser humano representaba una triple personalidad: consciente e inconsciente de la psicología académica se completaban con una supraconciencia”.

Alguien levantó la mano y preguntó cómo diablos era eso posible, y si aquello no complicaba aún más las cosas.

Sonriendo como un padre tolerante a su inexperto hijo, el disertante aclaró que “el supraconsciente” representaba la única región mental capaz de explicar las acciones altruistas y heroicas del hombre. La supraconciencia era el opuesto exacto del inconsciente de Freud, y la facultad que posibilitaba que el ser humano fuera realmente Humano y no tan sólo un animal superior. En su tierra lo llamaban “la casa de los tesoros”, y –en contraste con la psicología clásica, que centralizaba todas sus búsquedas en la inconsciencia de la naturaleza humana–, la filosofía de su tierra enfocaba su atención sobre esta casa de tesoros. Sólo quien llegara profundamente a ella lograría la verdadera felicidad y fuerza interior.”

Una mujer sentada en primera fila quiso saber por qué los grandes maestros siempre eran varones. En la historia de la humanidad jamás se destacaba las mujeres, exceptuando alguna mención en segundo lugar en una cruzada masculina, como si no existieran. Por el tono daba a entender que sentía que estaba de más en la conferencia; que todo ese rejunte de hermosas palabras no eran para ella, después de todo.

Pero el orador le prestó suma atención y asintió conforme cuando ella acabó.

―Esto es lamentable, pero cierto. Todo parte de una mala interpretación de los libros sagrados de las diferentes culturas, que durante milenios fueron, y en algunos pueblos siguen siendo en la actualidad, manipulados convenientemente por las clases dominantes para asustar y someter al pueblo en su propio beneficio. Sucede que en todos los libros sagrados se deja entrever una supuesta superioridad del hombre –era evidente que el hombre intentaba por todos los medios transmitir sus conocimientos sin ofender el ánimo de las presentes–, pero esta superioridad es simbólica y relativa: no sirve si se la toma textualmente. Cientos de mujeres brillantes, que hubieran podido aportar para mejorar el mundo, se han perdido de esta manera para la humanidad. Y seguramente esto seguirá siendo así en muchos lugares, porque el egoísmo y egocentrismo de los hombres es enorme, y no quieren compartir sus espacios y su gloria con las mujeres.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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