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Capítulo 10

Mara Santos pasó a último plano en su lista de preocupaciones profesionales días después. Elvira Gómez, una de sus pacientes más antiguas, sufrió una tragedia personal que acaparó toda su atención y energía. Su hijo de diez años había muerto de un paro cardíaco mientras jugaba con unos amigos, en su casa. Aquello sólo era suficientemente terrible, pero la historia que había detrás lo convertía en un capítulo más de su dramática existencia.

Elvira era una mujer de escasos recursos, que vivía en las afueras de Resistencia. A pesar de eso, jamás había faltado a una sesión.

Con pacientes limitados en lo económico, la doctora Devoto resolvía la cuestión honoraria como el resto de sus colegas. De lo que fuera que hiciera la persona para subsistir, le pedía en especias el valor de la consulta. Elvira hacía dulces, mermeladas y viandas. Cuando la despensa de Evangelina se llenó y ya no le quedaron personas sin obsequiar, cambió el trato: que los vendiera, como hacía con el resto de su producción, y le llevara el efectivo. Era también una manera de motivarla y fortalecer su autoconfianza: que comprobara por sí misma cuán capaz era.

A pesar de su colección de desgracias, Elvira progresaba. Había perdido a su marido –hombre joven, aquejado de dolencias cardíacas– hacía ya varios años. Tuvo tres hijos de aquella unión: una mujercita y dos varones. El niño mayor no había sobrevivido al primer año de vida, debido a problemas cardíacos heredados del padre. La niña había tenido las mismas complicaciones toda la vida: ya había sido sometida a un par de cirugías de emergencia. Nadie se arriesgaba a estimar cuánto tiempo de vida le quedaba. Lógicamente, tenía puestas todas sus ilusiones en el más pequeño, de quien esperaba que fuese su única compañía cuando la mayor ya no estuviera. Perderlo de manera tan inesperada había sido superior a sus fuerzas.

Elvira había comenzado su terapia al enviudar. Hasta entonces, su esposo había sido su apoyo y contención en los malos momentos: cuando perdieron al bebé, cuando las cosas empezaron a complicarse con Camila… Tener que continuar por el sendero de la vida sin él le implicaba un esfuerzo sobrehumano. Pero lo logró. Tanto, que al cabo de un tiempo abandonó la terapia. La retomó años después, cuando la mala salud de su hija rozó lo insoportable. Anticipándose a los hechos, Elvira deseaba fortalecerse para poder aceptar y saber enfrentar lo que el destino le deparase.

Cuando Elvira entró a su consultorio luego del entierro, parecía haber envejecido diez años. Tenía la mirada perdida, el cabello encanecido y caminaba encorvada. Evangelina la comprendía muy bien. Perder un ser amado implicaba sufrimiento, indefectiblemente. En el caso de un anciano, el hecho solía estar coronado de un mayor sentido de aceptación, porque la persona tuvo la oportunidad de completar el ciclo de su vida. Sin embargo, la muerte de un hijo era totalmente antinatural, una inversión del ciclo biológico, racional y emocionalmente inadmisible. Se agravaba la situación en caso de muerte imprevista, cuando no hubo tiempo para programar ni anticipar el suceso luctuoso, lo cual provocaba un golpe enorme, dejando a todos sumidos en una sensación de irrealidad.

Lejos de dejarse vencer por la pena, la doctora Devoto recordó la imagen mental de su paciente en el fondo de un pozo y ella incorporada al borde, alcanzándole la mano para ayudarla a salir. Tenía que permanecer lúcida e imparcial a la situación, si quería salvarla de aquel infierno; de lo contrario, si se dejaba ganar por la lástima, iría a hacerle compañía. Claro que eso no implicaba la inexpresividad que aquejaba a la mayoría de sus colegas, capaces de preguntar en un momento así “¿Qué está sintiendo?” o “¿Qué piensa?” ¡Era madre, por Dios! En situaciones como ésta, su corazón se estremecía y no hacía más que preguntarle una y otra vez “¿Y si hubiera sido Celeste?” Sabía perfectamente lo que esta mujer debía de estar pensando y sintiendo. Ayudarla a sacar de su interior todo ese dolor, la impotencia, los miedos, era necesario, pero no de esa manera.

Elvira no podía hablar. Tan sólo se enjugaba las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas ininterrumpidamente. Era poco ortodoxo –ella misma nunca se había destacado por su ortodoxia–, pero sentía la necesidad de decir algo que la consolara, sin oírse tampoco como aquellos que se lo pasaban hablando de la resignación y la aceptación del destino, en tanto y cuanto no se vieran afectados directamente. Por escandaloso que pudiera parecerles a sus colegas, deseaba hablarle como una hermana, con cariño y respeto, pero, a la vez, con suficiente firmeza para poder atajarla en su caída.

―Jamás nos preparamos para perder un hijo –comenzó, suavemente–. Nos preparamos para perder a nuestros padres, quizás a los hermanos; nos hacemos medianamente a la idea de que quizás quedemos sin pareja... pero no podemos prepararnos para perder un hijo, ni siquiera cuando sabemos que tiene los días contados: siempre esperamos un milagro a último momento. Y quizás el milagro sea, justamente, haberlos tenido durante algún tiempo; que Dios haya confiado tanto en nosotros, como para entregarnos esa personita que nos cambió para siempre e hizo que la vida nunca volviera a ser lo que era antes de su llegada.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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