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Capítulo 16

Tuvo una asignatura denominada “Psicología” cuando cursaba los últimos años del colegio secundario. Ya había oído hablar de ella a sus conocidos de cursos superiores; cada vez que la mencionaban, una avalancha de palabras feas salía a borbotones por sus bocas. Nadie le encontraba sentido ni utilidad a semejante rejunte de tonterías. Y, realmente, estudiar la historia de la dichosa ciencia sumada a la vida y obra de sus gestores no era precisamente atractiva, en especial teniendo en cuenta que para historia y personajes ya tenían de sobra con las demás disciplinas.

Pero tuvo la buena estrella de contar con una profesora nueva, recién recibida, que llegó a la institución a suplir a otro, entrado en años, que se había jubilado el ciclo lectivo anterior. Si bien respetaba y cumplía el programa, esta mujer no veía nada de malo en enseñar el lado práctico de la Psicología, y para ello se adentró en su mismo corazón. Los tópicos freudianos se entremezclaban con los mecanismos de defensa y las patologías durante las largas charlas que tenían con la docente.

La mayoría de sus compañeros aprovechaban esas horas para catalogar y despellejar a familiares y amigos. Riendo burlonamente a carcajadas descubrían que alguna fulana era puro “Ello”, o que el zutano aquel estaba frito en su Superyo; no quedo Psicopatología sin un buen número de exponentes, y mejor no hablar de los mecanismos de defensa... En definitiva, el curso entero terminó convencido de que no había nadie en todo el mundo que no fuera un enfermo mental. “Neurótico” les recordaba la profesora, sonriendo satisfecha por la participación que obtenía del grupo. Todos aprobaron al finalizar el año con buenas notas.

Aquel año, Evangelina descubrió su futuro, al poder finalmente encuadrar las mágicas y ya casi por completo olvidadas palabras del misterioso hombre de su infancia en una ciencia concreta. Fue la única del curso que aprobó con notas sobresalientes. Estudiar esta materia no le había resultado difícil ni tedioso. Y mientras sus compañeros criticaban a voces a sus conocidos, ella reconoció –o creyó hacerlo– la raíz de sus problemas y de los de su gente querida.

Estudiaría Psicología, pero para ser psicóloga, no profesora. No le interesaba estar al frente de un montón de mocosos burlones que no aprovechaban el tesoro que se estaba poniendo en sus manos. Al contrario: deseaba –necesitaba– ayudar, pero solamente a quienes lo pidieran.

Surgió inmediatamente el primer problema: la carrera de Psicología no existía en la ciudad de Resistencia. Tampoco en Corrientes. Y la situación económica de su familia imposibilitaba la opción de enviarla a estudiar a otra provincia. Evangelina propuso irse de todas formas, darse un tiempo para conseguir un trabajo que le permitiera costear sus gastos básicos y la carrera... pero su padre puso el grito en el cielo. Ya sabía él lo que sucedía con esas jovencitas liberales que jugaban a vivir su propia vida. Regresaban preñadas en menos de dos años, con la marca de la patada que les había dado el fulano al enterarse de una paternidad indeseada. O recurrían a la solución fácil y se provocaban un aborto. En cualquiera de los casos, él no la recibiría nunca más en su casa. Al cabo de tantos años de haberlo sacrificado todo para que nunca le faltara nada, Evangelina le debía respeto. No se iría a ninguna parte. En Resistencia y Corrientes había carreras universitarias de sobra; que eligiera otra. O mejor aún: era tiempo de que pensara realmente en su futuro. Algún día se casaría y se llenaría de hijos. Le gustara o no, tendría que quedarse en su casa, para atender al marido y criar a los niños. ¿Para qué perder tiempo y dinero en un capricho momentáneo?

Evangelina se puso furiosa. No era un capricho. Tampoco del momento. Finalmente había hallado lo que toda la vida buscara, y renunciar a ello no entraba en sus planes. Con o sin su autorización, seguiría adelante. De todas formas, un marido e hijos no figuraban entre sus aspiraciones; no tenía deseos de acabar como su madre.

Quien montó entonces en cólera fue el hombre. ¿Qué tenía de malo la vida de su madre? Cuando tantas mujeres sufrían el abandono de sus maridos, o debían sacrificarse trabajando a la par de ellos para sostener el hogar, la madre de Evangelina lo había pasado muy cómodamente entre cuatro paredes, ocupándose tan solo de las tareas domésticas. ¡Cuántas quisieran para sí esa vida!

Una vida entera de habérselo pasado agachando la cabeza para cumplir voluntades ajenas, ¿qué clase de vida era? Pero antes de que la pelea pasara a mayores, su madre se la llevó para tranquilizarla y buscar alternativas.

Era un hecho que su padre no la dejaría ir, y aunque solamente pudiera retenerla hasta los veintiún años, habría perdido un tiempo precioso. Mientras Evangelina se devanaba los sesos tratando de encontrar una solución, fue su propia madre –una mujer inculta y dominada– quien se la puso en las manos. ¿Por qué no estudiaba Psiquiatría?



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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