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Capítulo 17

Todos notaron que algo le sucedía, pero la única que pudo acercarse a ella fue Aly, quizás porque al ser tan cercanas en edad, eran amigas y confidentes. Claro que contar esto no era fácil; ni siquiera a Aly. Francis estaba teniendo un atraso. Siempre había sido muy descuidada con las fechas; jamás las había anotado como su ginecóloga sugería, por lo que nunca estaba segura de cuándo había sido la última vez, pero en esta ocasión no había error posible: se estaba atrasando mucho… más de un mes.

Aly sospechaba que su hermana había pasado a mayores con Alex, pero no podía creer que fuese tan estúpida como para quedar embarazada tan rápido. ¡Si apenas hacían cuatro meses que estaban saliendo! Se ofreció a ser su intermediaria con la madre. Esa misma noche, absolutamente todos en su familia y la de Alex estaban al tanto del atraso.

Antes de adelantarse a los acontecimientos la llevaron a la ginecóloga, que confirmó un embarazo de seis semanas. Sus padres estallaron en furia. ¿Qué se suponía que harían ahora? Contrariamente a lo que le había pasado a un par de compañeras del colegio, cuyos padres recibieron con los brazos abiertos al nieto para criarlo como un hijo, para los progenitores de Francis este era un problema muy serio. Era un ser humano lo que estaba en juego. Un hijo era algo demasiado importante, demasiado trascendente, que no debía llegar al mundo por accidente ni por azar.

La primera de las opciones era, naturalmente, interrumpir el embarazo. Ambas familias, incluso Alex, estaban de acuerdo en eso, pero Francis se negó. Ella deseaba tener al bebé. Sentía que su vida entera cambiaría gracias a este niño. Alex la amaría más –no ahora, pero cuando tuviera su hijo en brazos, se daría cuenta de todo–; ella sería una mujer y su familia tendría la obligación de respetarla… Ya no tendría que ir a la escuela; Alex pronto terminaría la secundaria y podría conseguir algún trabajo para mantenerlos, sumado a la ayuda que recibirían de los abuelos… Eso por no hablar de la boda, que debería ser cuanto antes, porque Francis deseaba un vestido hermoso, que realzara su esbelta figura…

Uno a uno, sus sueños se derrumbaron bajo los hachazos de la realidad. No habría boda, en primer lugar. Ambos eran menores, y su pseudo relación, demasiado reciente. Dentro de un par de meses alguno se enamoraría perdidamente de otra persona y pediría el divorcio. En el poco probable caso de que la relación se sostuviera en el tiempo, podían casarse cuando cumplieran la mayoría de edad.

Los abuelos los ayudarían económicamente mientras terminaban sus estudios secundarios y en la universidad, porque siempre habían querido darle un buen futuro a sus hijos –mucho más ahora, que había un nieto en camino–, pero exigían resultados. Debían terminar la secundaria a término, y que ni se les ocurriera probar una y otra y otra carrera en la universidad, hasta hallar la que les gustara. Deberían recibirse rápidamente. Alex buscaría un empleo de medio tiempo para aportar en lo económico. Liberaban de eso a Francis el primer tiempo, porque debería cuidar y atender al bebé, pero en cuanto éste tuviera edad para entrar al jardín de infantes, tendría que ponerse a trabajar a la par de Alex.

Ya no habría mensualidad para sus gastos: ese dinero se destinaría al ajuar del bebé. A Alex no podían prohibirle que saliera a divertirse, pero Francis debería guardar reposo y obedecer las recomendaciones de la doctora. Cuando ella expresó su necesidad de alquilar una casita para poder vivir como un verdadero matrimonio, le respondieron que tendría su casa cuando entre ella y Alex la pudieran pagar. Mientras tanto, se quedarían cada uno en su hogar paterno, sujetos a las nuevas reglas.

Francis estaba furiosa de que siguieran tratándola como a una niña, pero no tanto como Alex, que no tenía ningún deseo de entrar al mundo adulto. Varias veces trató de persuadirla de que se provocara un aborto. Francis seguía convencida de que todo cambiaría cuando el bebé naciera; incluso las absurdas nuevas reglas de sus padres. Y para darles un escarmiento a todos, huyó un día, sin dejar rastros.

Si esperaba que la buscasen desesperadamente, se equivocó. Incluso le llegó el comentario de que Alex esperaba que algo le hubiese sucedido y hubiera perdido al bebé. De su familia supo que todos seguían tranquilamente con sus rutinas. Se sentía cada vez más frustrada y furiosa. A veces se aporreaba el vientre con los puños o lo golpeaba contra una pared descontroladamente, para castigar al pequeño ser que tantos contratiempos estaba trayendo a su vida. Su amiga en cuyo apartamento se escondía –la que conseguía los jugosos chismes– trataba de detenerla, pero además de no lograrlo siempre terminaba con algún moretón. Dejó de hacerlo tras sufrir unas pérdidas que no pasaron a mayores. Pero se negó a cumplir con las revisaciones y a seguir los primeros consejos que alcanzara a darle su doctora.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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