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Capítulo 18

A mediados de febrero, Evangelina comenzó a tratar una nueva paciente: una mujer de veinticinco años, llamada María Claudia Vernon. Tenía tez blanca, hermosos ojos marrones muy expresivos y cabello negro, cortado de modo masculino. Su cuerpo era tan delicado y perfecto, que Evangelina quedó impresionada. Aunque hiciera lo imposible por ocultarlo, era un poema paseando por las calles.

Claudia siempre había sido muy hermosa. Tuvo la desgracia de empezar a desarrollarse antes que la mayoría de sus amigas, lo que trajo por consecuencia que a los doce años la confundían con una moza de quince, y antes de que su madre se dignara a hablarle de lo que implicaba ser una mujercita ya tuvo que sufrir groserías y manoseos en el ir y venir de la escuela.

En la secundaria, sus compañeros se peleaban por conquistarla. Si bien al principio aquello la había enorgullecido al límite de aprovechar para sacar ventaja, al probar el desabrido sabor de esas relaciones –en las que salían con ella para engrupirse delante de otros, y ella aceptaba todo mansamente para dárselas de más con sus amigas, mientras luchaba por no terminar en la cama de alguien que apenas conocía y al que tampoco quería, y se aguantaba que la hubieran hecho mujer de muchachos cuyos nombres ignoraba―, terminó por encontrar más saludable la soledad. Tuvo la fortuna de descubrir que hay cualidades que trascienden a la belleza del cuerpo físico, y se dedicó a cultivarlas. Volvió a ser la buena estudiante y la amiga leal que todos conocieran en la infancia.

Sin embargo, al ver a sus amigas saliendo con los muchachos, haciendo sus primeras experiencias de pareja –especialmente en los albores de la adultez– se sintió en una encrucijada. Sufría mucho estando sola. No le gustaba ser la única del grupo sin novio. Que nadie se fijara en ella implicaba que algo andaba mal: ya no era bonita, o la creerían una buena para nada…

En el trabajo que consiguió para costearse los estudios terciarios, conoció un muchacho de su edad, galante y muy interesado en esta joven que se estaba haciendo de buenas armas para su porvenir. Empezaron a salir. Él era alegre, divertido, romántico y muy atento. Ninguno de sus novios adolescentes se le había parecido ni remotamente.

Tanta perfección no tardó en desmoronarse. Ella no se daba cuenta, pero seguía siendo muy hermosa y llamando la atención de todo el mundo. Frecuentemente debía soportar terribles escenas de celos por parte de Rolo, que además se la había llevado a vivir consigo para tenerla vigilada. Por darle el gusto, cambió su manera de vestir, dejó de maquillarse y usar perfumes, se cortó el cabello... Terminó pareciendo un muchachito. Pero a Rolo nada lo conformaba. Ella aceptaba la situación con resignación. Después de todo, todas las parejas tenían conflictos. Esto era preferible a estar sola.

Dos semanas atrás, unos amigos de Rolo los habían invitado a un asado. Claudia prefería quedarse en su casa, porque no soportaba ver como todos se emborrachaban y los líos que armaban, pero ante la insistencia de Rolo –que incluso sugirió que ella aprovecharía su ausencia para estar con alguien más– no le quedó más remedio que obedecer.

Rolo fue el primero en perder la sobriedad. Y a diferencia de otras veces, se echó en un rincón hasta que se le pasara la borrachera. Asustada, porque el clima se había cargado de algo siniestro repentinamente, Claudia trató de escabullirse, pero la descubrieron y entre dos la arrastraron hasta un cuarto lejano. La tumbaron en la cama, y, mientras uno le sujetaba los brazos, el otro le arrancó la ropa y la violó.

Sus gritos atrajeron a otro más, que en vez de defenderla se sumó a la masacre. Entre los jadeos y las embestidas, Claudia alcanzaba a escuchar “rápido, ahora yo”, “dejá de patalear, si te gusta. Rolo nos contó cuánto te gusta”, “¡no vamos a parar hasta reventarte!”.

Lo próximo que Claudia recordaba era estar duchándose en su casa. Su cuerpo temblaba de tal manera, que todo se le resbalaba de las manos, y no podía parar de llorar histéricamente. Cuando Rolo regresó –mucho más tarde, atacado por la resaca– no supo si contarle lo sucedido o callarlo para siempre. El miedo de lo que los amigotes pudieran inventar pudo más que la prudencia... y esperó a lo que consideró el mejor momento para decírselo.

Rolo montó en cólera, pero no contra ellos, sino contra su propia mujer, a quien acusó de haberlos seducido. Claudia no concebía lo sola e indefensa que se sentía. Aquello era insufrible: la víctima era ella, pero tenía que soportar a Rolo hecho una furia, humillado en su orgullo, ofendido, acusándola de ligera... y con sus recuerdos de la violación cada vez que apoyaba su cuerpo en la cama.

Una compañera del trabajo había hecho terapia con la doctora Devoto, y se la recomendó como excelente. Claudia nunca había sido partidaria del psicoanálisis, mucho menos ejercido por un psiquiatra, que había estudiado para atender locos. Creía que cada uno debía cargar su cruz haciendo lo correcto para sí mismo y los demás de manera tal que la conciencia no pesara, pero la cruz que le habían impuesto en este trecho de su vida era imposible de sobrellevar.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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