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Capítulo 19

Tener a Mara sentada delante del sol que entraba a raudales por la ventana mientras le comentaba cualquier tontería era una buena manera de establecer un vínculo, pero jamás avanzaría con eso únicamente. A la par de chequeos médicos más específicos, que escaparon a la atención de Falcón, pensó en contactarse de nuevo con Josefina; esa muchacha guardaba un caudal de informaciones valiosas que la ayudarían a armar el perfil de su paciente y quizás hasta a dar en la tecla con lo que podría haberle ocurrido.

Aprovechó un día durante su sesión con Mara, porque no perdía la esperanza de vislumbrar alguna reacción en ella, por mínima que fuera, cuando mencionase el nombre, o quizás al escuchar su voz… Programó su aparato telefónico para que ambas pudieran oír a Josefina sin necesidad del tubo y marcó los números, mientras le contaba entusiasmada a su paciente a quién estaban por llamar. Como era habitual, no hubo ninguna señal de reconocimiento en Mara. Lo único que parecía interesarle era el pequeño paisaje del jardín que alcanzaba a verse desde la ventana. Evangelina ni siquiera podía asegurar que realmente estuviera viendo el jardín, o si en su mente habría creado un escenario completamente distinto, donde sumirse.

El teléfono sonó largo rato. Evangelina le echó un vistazo al reloj; era media mañana. Grandes posibilidades de que no hubiera nadie en la casa. Estarían todos trabajando, o tal vez se habían ido de vacaciones. Probó suerte una vez más. En esta oportunidad, alcanzaron a sonar tres timbrazos antes de que una jovial voz masculina la atendiera.

―Buenos días –saludó Evangelina, y pidió hablar con Josefina. Cuando le preguntaron de parte de quién, suspiró hondo y dio su nombre. La joven voz aulló el nombre de Josefina y después exclamó “¡Papá, la buscan a José, por teléfono!”. Luego añadió: “¡Una doctora!”

No fue la muchacha quien atendió a continuación, sino la misma voz masculina que había escuchado la primera vez que llamara a ese número. Así que éste era el padre de Josefina. Carlos Ferreira. Lo saludó cordialmente, pidió las disculpas del caso y le explicó que los importunaba porque necesitaba volver a conversar con su hija acerca de Mara Santos.

El hombre fue muy cortés. Expresó su pena por lo que había pasado con Mara y se puso a disposición de la doctora, en lo que pudiera ser útil. Con respecto a Josefina, hacia unos días había viajado a Buenos Aires, por las vacaciones, y no sabía exactamente cuánto tiempo se quedaría. Proponía –para que la doctora no tuviera que molestarse nuevamente– que ella le facilitara algún número telefónico para localizarla, así Josefina la llamaría en cuanto regresara y acordarían entre ambas lugar y hora de la entrevista.

Todo esto le sonaba a Evangelina como tremenda mentira, pero de momento no había nada que pudiera hacer, aparte de agradecerle su amabilidad y dictarle los números del consultorio y de su celular. Cuando Carlos Ferrerira terminó de anotarlos, repitió:

―¿Habrá algo que yo pueda hacer por ustedes, doctora?

Claro que había. No era menester conversar con Josefina; lo que necesitaba era que alguien que hubiera conocido a Mara le hablara de ella. Cualquiera. Como padre de su amiga quizás…

Carlos Ferreira se disculpó. Conocía a Mara, sí, pero no tanto como para poder ayudarla. Sucedía que Josefina era una de sus siete hijos, y Mara, una de los mil críos que los visitaban a diario. Desde que los niños habían crecido un poco, no había noche en que sus hijos estuvieran todos en casa; siempre alguno quedaba a pernoctar en casa de un compañero. Simultáneamente, no había día que no amaneciera en su hogar al menos un par de amigos de sus hijos. Mara nunca se había quedado; su padre no se lo permitía. Pero sí autorizaba que Josefina se quedara a dormir en su casa, de tanto en tanto.

En realidad, Josefina había sido la única amiga oficial de Mara. Al señor Santos le había gustado desde el primer momento, a pesar del apellido, porque era rubia. Era la más rubia de sus hijos; eso lo había heredado de su madre, hija de inmigrantes alemanes. Los niños rubios no eran frecuentes en Corrientes, de modo que la pobre Mara debía esconder las pocas amistades que conseguía o quedarse literalmente sola, para obedecer las chifladuras del padre.

Podía comentarle que era una niña muy bien educada –demasiado, para estos tiempos–; jamás la había escuchado decir malas palabras, era la mejor alumna del curso y por lo tanto una excelente influencia para Josefina, que invariablemente estrenaba el boletín de calificaciones con notas malas; era tímida, prefería que Josefina fuese a jugar a la tranquilidad de su casa que meterse en un sitio lleno de niños, juegos y ruidos. No había querido asistir a su recepción justamente por ese motivo.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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