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Capítulo 31

Evangelina Maidana ya casi era médica. Había hecho una carrera brillante de algo que jamás la había motivado especialmente: su curiosidad científica se había agotado en la infancia; sin embargo, había desplazado todo en su vida a un oscuro segundo plano, impaciente por absorber los conocimientos exigidos para poder alcanzar el eslabón ansiado... Había tomado contacto con el peor ángulo de la miseria y el dolor humanos... siempre reconfortándose con la idea del premio que la estaría aguardando al final... Y ahora que había comenzado la cuenta regresiva, la embargaba una sensación extraña, de impaciencia por comenzar el estudio de la psiquiatría, a la vez que una angustia temerosa de no estar a la altura de sus propias aspiraciones. Estaba pronto a cerrarse un capítulo de su vida comenzado en su infancia, ante la imagen y las palabras de aquel hombre cubierto por sábanas anaranjadas…

Su madre rebosaba de orgullo. No podía creer tanta felicidad: su única hija, ¡doctora! Con gusto volvería a pasar por los peores trances de su vida, si éste fuera el premio final. Distintos eran los sentimientos de su padre; no había manera de quitarle la idea de que Evangelina había perdido un montón de años tras un sueño de infancia que carecía de fundamentos. Su maravillosa “casa de los tesoros” no figuraba en ninguna parte; era un mito inventado por aquel chiflado para robarle dinero a los crédulos. A él le preocupaban otras cosas, más reales. Su hija ya había cumplido veinticuatro años. Estaba pasando el tiempo de conseguir marido y formar su propia familia. El no pensaba sostenerla económicamente para siempre, y apostar a que se ganaría la vida curando locos le parecía una quimera.

Evangelina jamás se había planteado seriamente la posibilidad de formar una familia, porque consideraba que una vez que hallara aquel misterioso supraconsciente, su trabajo sería mucho más trascendente: curar a la humanidad, estar donde hubiera dolor y confusión para ser como una pequeña cálida luz de esperanza... en vez de pasárselo fregando, cocinando y renegando contra un inútil que volvería de mal humor por un pesado día de trabajo y una sarta de mocosos ruidosos y malagradecidos, que le serrucharían los nervios...

Muchas de sus amigas –la mayoría– ya se habían casado y tenían uno o dos niños. A algunas, la aventura de formar su familia les había costado sus estudios universitarios, que quedaron sin concluir debido a lo imposible que les resultó organizar su nueva vida. Otras, se amañaban como podían entre las exigencias intelectuales y las tareas domésticas, generalmente al precio de entregar la crianza de sus hijos a manos ajenas. También estaban las más castigadas por el destino: aquellas que –habiendo terminado sus carreras– debían renunciar al lugar que habían logrado, porque sus maridos no toleraban la idea de que su mujer se pasara el día metida entre otros hombres, aunque se debiera a cuestiones estrictamente profesionales.

Evangelina no estaba dispuesta a dar el brazo a torcer. Demasiado le había costado llegar hasta aquí. Los interminables viajes para ir y volver de Corrientes, a veces antes del amanecer o a altas horas de la noche; la cantidad de veces que había tenido que conformarse con llenar su quejoso estómago con un par de horribles mates amargos, pues el dinero no le alcanzaba para pagarse un almuerzo decente; la presión que ejercía sobre sí misma para aprobar –y con las mejores notas– pues necesitaba agradecer de manera concreta la ayuda económica que recibía de sus padres, gracias a la cual podía darse el lujo de estudiar lo que deseaba, sin necesidad de trabajar para mantenerse... No podía –no quería– luego de lo que le había costado llegar hasta la meta –porque llegaría, de eso podían estar todos seguros–, poner su profesión en segundo plano, en beneficio de un hombrecito y una sarta de niños que jamás comprenderían las dimensiones de su renunciación.

―Hija, los tiempos están cambiando. Hay hombres buenos, que le permiten a su mujer desarrollarse en su profesión, siempre que no descuide sus deberes hogareños. No te niegues la oportunidad de ser madre y de tener un marido que te proteja.

Su madre hablaba de su pobre experiencia solamente, de una época cuando lo único a que podían aspirar las mujeres era, justamente, a que un buen hombre las eligiera como esposas y las llenara de hijos. Además, Evangelina era su única hija, y a su madre le aterraba la idea de no tener nietos.

Detrás de su inquebrantable negativa estaba la triste convicción de que, si elegía formar una familia, su destino estaría lamentablemente marcado. Eran tales el odio que sentía hacia su padre y el desprecio hacia su propia madre por no haberse hecho respetar, aunque más no fuera para servirle de ejemplo, que sabía que ante cualquier indicio de lejana similitud, sus censores se activarían y tiraría a matar contra el infeliz que estuviera a su lado. Vería en él a su propio padre, y no se podría controlar...



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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